•1. Introducción
- - No podemos desconocer las realidades, sobre todo la distancia que existe entre la realidad de ayer y el hoy, el propósito o plan y proyecto del Señor que siempre es de salvación. La primera gran reflexión es sobre la cultura de aquella época, es importante resaltar que la mujer no tenía ninguna importancia, o mejor la mujer vale como “objeto”, en cuanto puede tener hijos, como quien dice la mujer es tratada como un objeto sexual, por eso la desigualdad de derechos anta una ley como la de Moisés.
- - No podemos desconocer el papel de todo laico en relación al matrimonio, creo que a nadie se le obliga a hacer algo que no quiere, hoy mas que nunca, se habla del paso de una generación a otra, pasamos de ser hijos regañados, a ser regañados por las nuevas generaciones, pasamos de un “machismo-patriarcal” como autoridad exagerada, que muchas veces generó maltrato e incluso abuso de poder a un “feminismo-matriarcado” donde la mujer es “libre” de vivir con quien quiera…imagínense los efectos secundarios de planificación (¿tengo los hijos que quiera? ¿dónde está la presencia del Señor y la voluntad de Dios en los hijos, en el matrimonio?) que van en contra de la vida y la salud de las mujeres mismas.
- - La mujer, a diferencia de los animales, tomada de lo más íntimo de Adán, tiene la misma naturaleza que él: tal es la comprobación del hombre delante de la criatura que Dios le presenta. Además, Adán, respondiendo al designio divino de darle “una ayuda semejante a él” (2, 18), se reconoce en ella; al nombrarla se da un nombre a sí mismo: ante ella, él no es sencillamente Adán: él es ish, y ella, isshah. Hombre - Hembra, aunque la palabra hembra resulta ofensivo en algunas regiones, se ha usado aquí con la intención de reproducir el juego de palabras en el texto hebreo.
- - En el plano de la creación, la mujer completa al hombre, haciéndolo su esposo.
•2. Palabras claves
- 2.1.Actitud de los fariseos
El propósito de ellos es ponerle una trampa a Jesús, no les interesa conocer la verdad, porque ellos tiene su plan, es un plan cerrado, egoísta… a cuántos de nosotros no nos interesa como los fariseos el mensaje del Maestro, sino sorprenderlo a ver en que se equivoca el otro, mi hermano, mi amigo, mi pareja…
Lo que en últimas querían es ponerle una trampa para ver en que se equivoca o en que se contradice en relación con el A.T. para tener de que acusarlo, blasfemo o negar las tradiciones del pueblo, ofenderlos e ir en contra de la sana doctrina, cuántos de nosotros no queremos señalar, acusar e incluso ganar procesos, ganar e imponer así sea con mentiras y engaño, pero no la verdad.
Si la pregunta fuera amplia, se prestaría para varias interpretaciones, pero la pregunta que ellos hacen es restrictiva.
Jesús responde siempre un paso adelante, en este caso les dice que esas leyes no son solo particulares, no son cerradas, sino universales. Pareciera que
- 2.3. Unidad en la comunión
El propósito de Dios es crea al varón y la mujer para que estén juntos.
2.4 Misión: ser familia
En el proyecto del reino, Dios nos quiere a todos hermanos, unidos en el amor y desde el amor. Vale esto también para el matrimonio. Como proyecto ideal y feliz implica al varón y a la mujer. Esa unión ha de construirse entre ambos, en igualdad de condiciones. Dos personas, para hacer de dos vidas una vida sola, en amor y fidelidad. Si ese ideal se rompe, habrá siempre dos perdedores.
¿Cómo escuchar y acoger la Palabra de Dios que habla de la unidad entre el hombre y la mujer y del carácter inseparable del vínculo matrimonial cuando, en nuestro tiempo, la fidelidad y la indisolubilidad de la pareja parecen algo utópico y, lo que es más, son consideradas un valor cultural del pasado? ¿Cómo no relegar entre los mitos fantásticos el relato del libro del Génesis, insertando también las palabras de Jesús como un complemento de la fábula?
La Palabra de Dios, en su integridad, «es viva y eficaz»; es Palabra para este momento, para nosotros. La fatiga concreta que los hombres y las mujeres experimentan al vivir su unión de una manera estable, constructiva, fecunda, es iluminada y sostenida por la Palabra de Dios. Jesús sigue siendo siempre el hermano que ha experimentado el sufrimiento y la angustia del límite humano y de sus consecuencias; él, el Hijo de Dios. Y, vencedor del mal, acompaña a todos, a cada uno con su propia fatiga personal, al encuentro con el Padre, al abrazo de su misericordia.
Dios lo ha creado todo para la vida. La suya es una ley de vida que promueve al hombre, no una ley que le oprime. La unión indisoluble entre el hombre y la mujer es una verdad inscrita en el ser humano, una verdad que libera y hace auténtica su capacidad y su necesidad de amar y de ser amado. Es la celebración de la dignidad suprema del hombre y de la mujer, «imagen y semejanza» de Dios.
•3. Reflexión pastoral
Hoy hablamos de nuevos “tipos”, modelos de familia, pero realmente preguntémonos ¿Qué quiere Dios en el plan de la creación? Si no es vivir unidos, juntos, ser familia, realizarnos como personas, no seres fracasados, sino realizados en una familia.
•4. Evangelio para jóvenes
La novia y la novicia
por Mamerto Menapace, publicado en Cuentos Rodados, Editorial Patria Grande
Diez pretendientes tuvo Ruperta. Bueno, claro, no simultáneamente los diez. Pero siempre se dio el lujo de decirles que no. Cuando alguno se ponía más insistente, y buscaba oportunidad de entrar en su vida, decididamente cortaba con una negativa que lo alejaba sin explicaciones.
Cuando dijo el primer no, tenía clara conciencia de que aún le quedaban al menos nueve sí como posibles. Y como era joven y bonita, la seducía la idea de vivir de los posibles. Por ello el decir un no, la gratificaba asegurándola en su posición un tanto romántica de estar disponible para no sé qué futuro.
Pero era evidente que con decir simplemente que no, el futuro no se construía. Cada negativa la dejaba exactamente donde estaba, y cada vez un poco más cerrada sobre sí misma. A medida que crecía el número de sus no, se iban acortando proporcionalmente las posibilidades de sus sí.
Y pasaron los años. Cuando pegó la curva de los treinta y cinco, se dio cuenta de que su actitud conducía a nada. Apagó sus humos, reflexionó sobre su vida, y se abrió a los demás. Y aunque humanamente tuvo que renunciar a muchas de sus expectativas, por último corajió una de las posibilidades y comenzó su primer noviazgo a fondo. Lo defendió con uñas y dientes, sobre todo de sí misma y de sus ilusiones un tanto adolescentes. Y finalmente se dio cuenta de que valía la pena decir un sí a la vida y al amor.
La mañana que se casaron &endash; porque se casaron de mañana &endash; unas cuantas amigas la acompañaron en su ceremonia. Todas se emocionaron felicitándola por el paso que daba. Quizá las amigas no se daban cuenta que Ruperta al decir en esa mañana su sí, englobaba en él todos los no a las futuras posibilidades que se le pudieran presentar. Porque aquella aceptación incluía definitivamente la renuncia a todos los otros hombres que pudiera presentársele en su vida. Pero eran personas realistas. Por ello se alegraron sinceramente por su elección. Sabían que sólo a través del sí, ella se ponía en marcha hacia el futuro, hacia la vida. Nadie se preocupaba de las renuncias encerradas en aquella elección.
La sobrina de Ruperta tenía diecisiete años. Llena de vida y con todo el futuro que le sonreía a través de los sueños de sus viejos, y de las aspiraciones de sus amistades. Había terminado quinto y tenía que decidir. Varias carreras eran posibles. Tenía inteligencia ella, y dinero sus padres. Pero desde el retiro de setiembre, algo le andaba bullendo dentro de su corazón de muchacha. Sentía que Cristo le pedía un sí entero. Y a ella le entusiasmaba la idea de decirle que sí, aunque le asustaba un poco lo que podría encerrar para el futuro.
Cuando se supo que entraba al convento, se armó un bonito revuelo entre los parientes, sobre todo entre los y las que ya habían doblado la curva de los treinta y cinco. No les entraba en la cabeza que esta chica pudiera decir de golpe que no a tantas cosas que la vida le ofrecía como posibles, sin siquiera haberlas probado. Los tenía obsesionados la idea de que la chica al entrar al convento renunciaba a un futuro profesional, a una pareja feliz, a los hijos. Renunciar a tanto ¿pero qué necesidad había? ¿Quién le habría metido en al cabeza semejante idea? Se hablaron barbaridades y se dijeron estupideces sobre las monjas a cuyo colegio sus papis la habían mandado desde pequeña, porque era un colegio bien y daba status. Se criticó al cura que les había dado el retiro de setiembre a las chicas de quinto, y discretamente la andanada salpicó a los padres que inconscientemente le habían dado el permiso para hacerlo.
En fin lo curioso fue que muy poco realmente pensaron que lo que la muchacha estaba haciendo no era decir que no a nada. Simplemente decía que sí a Alguien. Era ese sí el que encerraba tantos no. No había ninguna necesidad de esperar a los treinta y cinco como hizo la Ruperta, que se dedicó a decirlos en cómodas cuotas mensuales durante veinte años, para aflojar recién a la fuerza un sí medio tibión empollado por una nidada de no anteriores.
La conozco a esta joven, que es hoy una gran religiosa. Conserva toda la frescura de un sí grandote dicho desde el principio.
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Guía de Trabajo Pastoral por Marcelo A. Murúa
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Cuento La novia y la novicia, de Mamerto Menapace.
Publicado en el libro Cuentos Rodados, Editorial Patria Grande.
Lectura
Realizar la lectura del cuento en grupo. Es importante que todos los presentes tengan una copia del texto. Se pueden ir turnando dos o tres personas para leer el cuento en voz alta.
Rumiando el relato
Al terminar la lectura entre todo el grupo se reconstruye el relato en forma oral (se lo vuelve a contar).
¿Qué sucede en el relato?
¿Quiénes son las protagonistas?
¿Qué actitudes tiene cada una de ellas?
¿Cómo reaccionan los familiares/amigos ante sus decisiones?
¿Qué sucede con los deseos?
¿Cómo termina la historia?
Descubriendo el mensaje
El cuento nos hace reflexionar sobre nuestras decisiones, sobre nuestra libertad, y sobre las opciones importantes que hacemos en la vida… las opciones por seguir a Jesús.
¿El cuento te recuerda o evoca alguna situación que hayas vivido? ¿Cuál? Compartirla con otros.
¿Cómo podrías caracterizar a cada una de las protagonistas? Compara el proceso de decisión que vive cada una de ellas. ¿Cómo es el sí de cada una? ¿Qué implica esa opción? ¿A qué dicen sí y no con sus decisiones?
¿Qué significa decidir, optar?
¿Has tenido que optar por Jesús a lo largo de tu vida? ¿Qué implicó esas decisiones?
La sobrina de Ruperta, que eligió ser religiosa, sabía que renunciaba a muchas cosas en la vida, para vivir otras, y vivió esa renuncia con alegría y coraje. ¿Cómo vives tú las renuncias que el Señor te va pidiendo en la vida?
¿Qué mensaje nos deja el cuento?
¿Cómo lo puedes aplicar a tu vida?
Compromiso para la vida
Sintetizar en una frase el mensaje del cuento para nuestra vida.
Para terminar: la oración en común
Leer entre todos la oración y luego poner en común las intenciones de cada uno.
Terminar con una canción.
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Ayúdame a decir sí
Ayúdame a decir sí,
para responder a tu llamado,
que siempre me regala
un desafío nuevo,
un crecimiento posible,
una huella que se abre…
Ayúdame a decir sí,
que es decir no a muchas cosas
para responder con la vida
a Alguien que me llama,
porque me ama
y quiere lo mejor para mi vida.
Ayúdame, Señor,
a decirte que Sí.
- Que así sea - |
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Estudios complementarios
”MUJERES EN LA BIBLIA”
Marcos Sánchez
“El Señor Dios formó una mujer“
(Gén 2, 22)
- & 1 ENCUENTRO: EVA, LA MUJER.
“Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer”
(Gén 1, 27)
- & Texto de estudio: Gén 1, 1-2, 25.
- & Texto de apoyo: Salmo 8.
- ü ¿Qué nos cuenta el relato?
- ü ¿Podemos descubrir variaciones en cuanto a la creación de la humanidad? ¿Cuáles?
- ü ¿Cómo fue creada la mujer en el primer relato? ¿Y en el segundo?
- ü ¿Qué nos dicen estos relatos sobre la mujer? ¿Qué enseñanzas sacamos de ellos?
- ü ¿Qué es la mujer según estos relatos? ¿Qué lugar ocupa en la creación?
- ü ¿La mujer está sobre el hombre o el hombre sobre la mujer? ¿Por qué?
- ü ¿Qué significa que fue creada desde una costilla de Adán? ¿Cómo lo explicaríamos a la mujer de hoy?
- ü ¿Qué opinión tiene nuestra sociedad sobre la mujer? ¿Coincide con la de estos relatos?
“La creación del hombre es en pareja: macho y hembra, varón y mujer. Esta condición de la vida humana le lleva a ser complementarios uno con el otro, dándose una unidad en la diversidad. Este complemento invita a la búsqueda, en el otro, de lo que falta en si mismo. El hombre necesita a la mujer y la mujer necesita al hombre. De allí la búsqueda del uno por el otro, la necesidad de hacer vida en común, el deseo de compartir cosas desde una mirada distinta que es plenamente enriquecedora. El amor entre ambos será la coronación de esa búsqueda incesante para hallar complemento, para encontrar ayuda mutua. Con ello tenemos la base de la sociedad: cada uno con sus dones ayuda al otro en sus necesidades, la reciprocidad constante mantendrá la unidad y el beneficio mutuo.”
“¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Se llamará Mujer, porque ha sido sacada del hombre“
(Gén 2, 23)
LECTURA COMPLEMENTARIA
El Señor Dios formó una mujer
Lo primero creado es el varón, incluso antes que Dios hiciera el huerto. Se nos dice que lo hizo de polvo del suelo y que le puso aliento para hacerlo un ser viviente. Hay un juego de palabras entre varón (`adam) y tierra (`adamah) que profundiza la relación ente el ser creado y la tierra misma. Estas dos características del varón son compartidas con el resto de los animales, aunque en este pasaje el aliento de vida lo reciba solo él. Su materia prima es la tierra, si signo vital es el aliento o soplo. Por este soplo se distinguía un cuerpo vivo de uno muerto. No hay razón en el texto para pensar que mientras el cuerpo es de polvo perecedero el aliento es de espíritu inmortal, como una lectura influida por el helenismo dio en interpretar. La imagen presentada es la de un ser en consonancia con el resto de los seres vivos aunque estos aún no fueron creados. Más bien la preeminencia del hombre está dada por la capacidad de labrar la tierra (2, 5) -es decir dominarla-, y luego de dar nombre a la creación, otro símbolo de poder sobre ella.
El hecho de que sea creado el varón en primer lugar indica que la narración está fuertemente marcada por la ideología de la sociedad patriarcal de aquel tiempo. El lugar social de la mujer era secundario y esto queda reflejado en la historia fundante que da sustento al modo de legalizar esta práctica y otorgarle la bendición de Dios. En este sentido debemos asumir estas limitaciones del texto -y tantas otras- como producto de la revelación contextual de Dios, las que por un lado en muchos casos fueron corregidas o matizadas en los textos mismos, o en otros es tarea del intérprete poner en su lugar histórico el pasaje y actualizarlo en base a una comprensión que tenga en cuenta la visión de otros textos bíblicos.
El texto presenta la creación de la mujer como respuesta a la necesidad de una ayuda para el hombre. Como viene sucediendo en este relato (2, 4-4, 26), este mito de origen describe la situación histórica dada y su sentido, y no una situación ideal a la cual se debe ajustar la conducta humana. En todo caso, eso puede valer para el Preámbulo (1, 1-2, 3), donde se presenta a Dios creando a su total arbitrio. Pero en este contexto la relación entre el texto y la experiencia histórica es más dinámica. Aquí encontramos que se describe el papel social accesorio al varón que la mujer tenía en aquella época. Si la mujer era un ser de segunda categoría esta es la explicación -y justificación- de tal situación, pero también se introducen ciertos elementos que van a matizar tal experiencia histórica.
La búsqueda de una ayuda comienza por los animales, los que son creados en forma veloz y casi sin atención: animales del campo y aves de una vez. Estos son llevados al varón para que los nombre y por lo tanto gobierne sobre ellos. Poner nombre es también conocerlos, darles un lugar en la historia y reconocerlos como parte de la creación de Dios. Ya notamos que son creados de la misma materia que el hombre (tierra, `adamah), pero en este caso no se dice que reciban el soplo vital característico del varón. Pero la intención última es la de encontrar una ayuda para él, y como esto no se lograba, entonces Dios duerme al varón y crea a la mujer de una costilla suya. Los símbolos presentes en este relato son profundos y por momentos contradictorios. Vamos a destacar tres elementos:
- a) La mujer es creada por Dios de la misma sustancia que Adán, de su misma carne. Si el texto confirmaba la ideología de que la mujer era un ser accesorio al varón, esta afirmación la relativiza al darle a ella el mismo valor creacional afirmando la igualdad de sustancia. La carne de la mujer es la misma que la del varón, y no era necesario que se diga en este caso que ella recibe el soplo de vida, pues lo tiene por extensión. En este sentido es claro para el texto que ella es de distinta factura que los animales recientemente creados.
- b) Adán la reconoce como de su misma carne y huesos. El texto entonces insiste en la diferencia con los animales presentados antes y entre los cuales no encontró uno que fuera de esta manera. Es claro que es Adán quien lo afirma, pero también la narración dice que fue Dios quien la creó independientemente de la voluntad de Adán, por lo cual no solo está implícito que este no podía desconocerla sino que la dignidad igualitaria es dada por la creación divina y no por decisión del varón.
- c) Adán le da nombre, como ya lo hizo con los animales, y la llama mujer. Pero el nombre que le da es todavía un genérico y corresponde al femenino de varón (literalmente sería varona). Esta denominación vuelve a insistir sobre el carácter especial y diferenciado de la mujer respecto de los animales, y del vínculo biológico y afectivo con el varón. Por un lado nombrarla es gobernar sobre ella, por otro el nombre que le da la coloca a su mismo nivel, no por debajo suyo.
Es probable que este texto leído hoy nos parezca sumamente patriarcal y en un sentido lo fue en cuanto dio sustento a la realidad del carácter secundario de la mujer en la sociedad de su tiempo. Pero también puede entenderse que justamente en ese contexto esta narración llevó un poderoso mensaje de dignificación de la mujer en los términos que para la época eran comprensibles. Colocó una semilla de contradicción entre el machismo imperante e irreductible de la sociedad antigua y esta concepción creacional por la cual la mujer tenía un origen propio junto al varón y un carácter singular que la hacía el vínculo obligatorio para él. El hombre no la elige entre otras criaturas, está allí al despertar y debe aceptarla.
LECTURA COMPLEMENTARIA
EVA: hecha a imagen de semejanza de dios.
Contexto histórico de los relatos:
Cualquier lector atento puede asumir el hecho de que existen dos relatos de “creación” del ser humano. Uno es el de Gén 1, 1-2, 4ª y el otro es el de 2, 4b-25. Vamos a situarnos en estos relatos de creación del hombre y la mujer y nos ubicaremos temporalmente en el contexto en el cual tuvieron origen.
El primero de los relatos tiene como origen la tradición sacerdotal (se utiliza la sigla P para nombrarla que resume el término alemán: priesterkodex: códice sacerdotal). Probablemente se escribió durante el cautiverio de Babilonia entre los años 580-538. Como vemos es un relato casi ritualizado que nos va llevando de modo ordenado desde el origen del universo (según las categorías mentales de la época, quien quiera hacer ciencia de investigación cosmológica o paleontológica con estos relatos caerá en un disparate. El autor inspirado explica con las categorías científicas de su época lo que nosotros explicaríamos con nuestras categorías científicas 2.500 años después). El relato es altamente optimista y nos lleva a ver al hombre como el “rey” de la creación. Un punto importante es que el relato muestra, en la distinción de cielo y tierra (v.1), a la “tierra” como “algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el soplo de Dios se cernía sobre las aguas” (v. 2), o sea, el origen del universo es acuático, por decirlo de algún modo.
En el primer relato, decíamos, es altamente optimista. Todo es “bueno” (Gén 1, 4. 10. 12. 18. 21. 25) y también “muy bueno” (Gén 1, 31). ¿Cuáles son las razones para este optimismo? ¿Será que el autor del relato no observa nada que sea malo, o torcido, en la creación? Es casi como que el autor Sacerdotal se negara a ver las contrariedades de la vida, se negara a detener su mirada sobre las cosas oscuras de la creación. Su relato exalta la acción de Dios mostrándola siempre como “buena” (6 veces) y al final, cuando crea a la humanidad, como “muy buena”. Nada más alejado de la realidad. El autor sacerdotal tiene muy presente el mal en el mundo y lo tiene tan presente que puede olerlo y hasta tocarlo. El autor sacerdotal está “desterrado” en babilonia, es cautivo de los babilonios con su amada patria destruida por las armas y el pillaje de los babilonios. La “situación de vida” es idéntica a la del autor del salmo 137 (136) que, motivado por los sentimientos de los que fueron deportados a Babilonia y ante la destrucción de su templo y de Jerusalén, dice:
1Junto a los ríos de Babilonia, nos sentábamos a llorar, acordándonos de Sión.
2En los sauces de las orillas teníamos colgadas nuestras cítaras.
3Allí nuestros carceleros nos pedían cantos, y nuestros opresores, alegría: “¡Canten para nosotros un canto de Sión!”.
4¿Cómo podíamos cantar un canto del Señor en tierra extranjera?
5Si me olvidara de ti, Jerusalén, que se paralice mi mano derecha;
6que la lengua se me pegue al paladar si no me acordara de ti, si no pusiera a Jerusalén por encima de todas mis alegrías.
7Recuerda, Señor, contra los edomitas, el día de Jerusalén, cuando ellos decían: “¡Arrásenla! ¡Arrasen hasta sus cimientos!”.
8¡Ciudad de Babilonia, la devastadora, feliz el que te devuelva el mal que nos hiciste!
9¡Feliz el que tome a tus hijos y los estrelle contra las rocas!
La tristeza invade el corazón de aquellos que sobreviven. Todo se vuelve negro. Las burlas de los carceleros (Sal 187, 3-4) los irritan y generan odio. No tienen motivos para alegrarse, solo esperan la revancha y sueñan con la destrucción de los babilonios (v. 8).
En este contexto nace el relato primero de la creación y su mirada positiva es una respuesta inspirada a las quejas y lamentos de los expatriados. El autor se anima a decirle al pueblo “levanten la cabeza que ustedes son imagen del Dios vivo”, anima, con su relato, a los deprimidos; fortalece con la esperanza a los defraudados; alienta a los desanimados. Este relato es una provocación para todos aquellos que ven solo lo negativo de la vida, es una expresión de fe y esperanza aunque la situación sea negativa y estresante. El relato nos enseña que estamos llamados a la vida y que esta siempre comienza por un designio del creador. Nosotros somos los elegidos para transmitirla.
Según Martín Noth[1]:
“De acuerdo con Jer 46, 2 el faraón egipcio Nekoh fue vencido por el “rey” Nabucodonosor de Babilonia en el cuarto año del reinado del rey Joaquim de Judá (605 a.C.) … en aquel tiempo Nabucodonosor no era todavía rey; Nabopolasar, su padre, se hallaba enfermo y le había confiado el mando del ejército babilónico. En su condición de príncipe real alcanzó la victoria sobre Nekoh, que tanta importancia había de tener para la consolidación del imperio neobabilónico. Después de su triunfo se vio obligado a regresar precipitadamente a Babilonia para suceder a su padre, cuya muerte debió producirse poco después (604 a. C). (…) Lo más importante en este caso es el hecho de que, gracias a esta victoria, el poder sobre Siria-Palestina pasó de manos egipcias a neobabilonias. Esto es lo que se explica concretamente en 2Re 24, 7: El rey de Egipto no volvió a salir de su país, porque el rey de Babilonia se había apoderado de todo lo que pertenecía al rey de Egipto, desde el Torrente de Egipto hasta el río Eufrates. Una vez más Siria-Palestina había cambiado de dueño, al parecer sin ningún incidente, y si hubo alguno, lo desconocemos. Los reinos que todavía existían en el país, especialmente en el sur, y entre ellos el de Judá, se vieron obligados a reconocer a Nabucodonosor por nuevo soberano. (El rey Joaquín) fue lo bastante imprudente para tratar de eludir la soberanía babilónica. Según 2Re 24, 1, sólo fue fiel a Nabucodonosor durante tres años, y cuando se reveló, este envió tropas babilónicas contra el país, al mismo tiempo que daba orden a los ejércitos de los estados vecinos de “Edom”, Moab y `Ammon para que actuasen contra Joaquín. De acuerdo con el período citado en 2Re 24, 1 debió ocurrir en el año 602 a. C. Es posible que Joaquín hubiese logrado resistir esta presión babilónica que no debió ser excesivamente enérgica, y cabe también que esta intervención le hubiese obligado a reconocer durante algún tiempo la soberanía babilónica, hasta transcurridos tres o cuatro años cuando se rebeló de nuevo. Sea lo que fuere, Nabucodonosor no se decidió a castigar severamente a Joaquín hasta el año 598 a. C., cuando asedió a Jerusalén. La verdad es que el castigo no afectó personalmente a Joaquín, que murió este mismo año, dejando a su hijo y sucesor Joaquín el reino de Judá y la capital de Jerusalén en una situación sumamente precaria. Joaquín solamente tenía entonces dieciocho años. Según 2Re 24, 8 sólo pudo reinar durante tres meses. Debió de subir al trono cuando Jerusalén estaba asediada, sin que pudiese sostenerse durante mucho tiempo. La ciudad fue tomada, y el rey, con su familia, su séquito y sus altos dignatarios fueron deportados a Babilonia. (…) Después de la conquista de Jerusalén, Nabucodonosor tuvo que ocuparse de la reorganización de Judá. Permitió que Judá subsistiese como estado vasallo regido por su propio rey, renunciando a convertirlo en una provincia babilónica. puso como rey a un tío de Joaquín, el hijo mas joven de Josías (cf. 1Cr 3, 15), llamado Mattanyah, cuyo nombre cambió por el de Sedecías (2Re 24, 17), quizás también para dejar sentado que tanto el monarca como el reino quedaban bajo su dominio. (…) en el reducido reino vasallo de Judá se hizo difícil adaptarse a la nueva situación; pero a pesar de las experiencias históricas que había sufrido durante cerca de un siglo y medio, todavía se elevaban voces entre ellos para anunciar un pronto restablecimiento de los beneficios que habían perdido (cf. Jer 28, 1-4). Estas voces tuvieron la virtud de hacerse oír, excitando al pueblo, y lograron influir sobre la indecisión y debilidad del rey Sedecías. (…) En cuanto al rey (…) finalmente se dejó influir por sus altos funcionarios y por la opinión pública, cometiendo la imprudencia de rebelarse contra el vasallaje de Nabucodonosor. En el noveno año de su reinado (589), un ejército babilónico hizo su aparición en el país (2Re 25, 1). (…) Todo hace suponer que Sedecías trató de establecer contacto con Egipto obteniendo, probablemente, una promesa de ayuda. En realidad, el reino de Judá tuvo que enfrentarse solo ante el ataque neo-babilonio, y de momento no recibió la menor ayuda de Egipto. (…) De hecho, en esta época se presentó en el país un ejercito egipcio que obligó a los babilonios a levantar por algún tiempo el asedio de Jerusalén (Jer 37, 5; cf. Jer 34, 21). En primer lugar, los babilonios tuvieron que responder al ataque egipcio, y todo hace suponer que lograron rechazarlo con cierta rapidez. Verdad es que el contingente egipcio no era muy considerable. (..) En 2Re cap. 25 se describe únicamente la suerte que corrió Jerusalén después de su caída, tomando como base a Jer cap. 39. De acuerdo con este texto, el asedio se prolongó desde el décimo día del décimo mes, del noveno año de Sedecías, hasta el noveno día del cuarto mes del onceavo año. La ciudad desafió al enemigo durante más de un año y medio, con un pequeño intervalo provocado por la intervención egipcia. Luego el hambre hizo su aparición el noveno día del mes cuarto, es decir, en agosto de 587 a. C., los atacantes lograron abrir una brecha en la muralla, introduciéndose en la ciudad. El rey Sedecías trató de escapar con su séquito huyendo hacia el este a través del “desierto de Judá”, para pasar a Transjordania; pero cuando iba a cruzar el valle del Jordán, junto a Jericó, fue detenido por los babilonios y llevado prisionero ante Nabucodonosor. (…) Fue en Riblah donde Sedecías compareció ante Nabucodonosor, obligándosele a soportar el horrible castigo de contemplar como sus hijos eran degollados, después de lo cual le fueron vaciados los ojos, siendo llevado a Babilonia cargado de cadenas, y muriendo poco después; nada más se volvió a saber de él. (…) Nabucodonosor había puesto fin a la independencia de Judá. (…) convirtió a Judá en provincia de su imperio, eliminando la monarquía davídica que había regido Jerusalén durante cerca de cuatro siglos. Siguiendo con la costumbre asiria, desterró del país a las clases dirigentes. (…) Y así como en el año 598 la clase aristocrática de Israel y la de Judá habían sido trasladadas, en esta ocasión se desterró de nuevo a toda la población de la ciudad, trasladándola probablemente a Babilonia.
El segundo de los relatos tiene como origen la tradición yavista (se utiliza la sigla J para nombrarla. Se llama así porque nombra a Dios como “Yahvé”. Aunque podría designársela también como “historia sagrada judía”). Se escribió en Jerusalén, probablemente en los años del reinado de Salomón (alrededor del 970-930 a. C.). El relato comienza mostrándonos una “tierra” que ya no es de agua, como en el anterior, sino que “aún no había ningún arbusto del campo sobre la tierra ni había brotado ninguna hierba, porque el Señor Dios no había hecho llover sobre la tierra” (2, 5), la “tierra” es de “polvo“.
El contexto en que se escribe es cuando Salomón es rey de Israel. Veamos lo que nos dice Martín Noth sobre esa época[2]:
“Después de la muerte de David, Salomón sucedió a su padre sin dificultad ni incidente alguno, probablemente gracias al hecho de que el propio David le había ungido como rey. Sin embargo, había alcanzado este resultado como candidato de un determinado partido de la corte, aun cuando había existido un partido contrario favorable a Adonías, que era entonces el hijo mayor. Uno de los primeros actos de gobierno de Salomón fue eliminar en la forma más brutal a los cabecillas de esta oposición y entre ellos al propio Adonias; así aparece en la narración de la sucesión al trono de David, en 1Re 2, 13-44. 46, que da por sentado que “el reino se afirmó en manos de Salomón” (1Re 2, 46) (…) En manos de Salomón había una gran herencia. El prestigio que el poderoso imperio davídico había adquirido en el mundo de Siria y Palestina, e incluso en el antiguo Oriente, se conservó casi intacto con Salomón, aun cuando no ampliase la herencia paterna. La tradición no nos da cuenta de ninguna acción bélica por parte de Salomón y seguramente no intervino en guerra alguna. (…) Mientras en ciertas provincias limítrofes del reino se producían acontecimientos peligrosos, a los cuales Salomón no creyó necesario poner fin mediante la fuerza, se consagraba al desarrollo interior del reino y muy especialmente a la construcción de grandes edificios reales que, de manera muy especial, habían de contribuir a dar esplendor a su reinado. (…) Salomón se ocupó ante todo de la ciudad de Jerusalén. (…) Poco después de su ascensión al trono, empezó a ampliar Jerusalén, agregándole una nueva franja de terreno, donde construyó sus amplios palacios. (…) Salomón construyó sus edificios al norte de la ciudad de David, dando a Jerusalén una forma extraordinariamente alargada de norte a sur, sobre una franja sumamente estrecha por el este y el oeste. Los palacios de Salomón, rodeados de murallas, dominaban completamente la ciudad. El rey se ocupó durante mucho tiempo en esta obra gigantesca. El templo real fue construido en medio del conjunto de edificios y se convirtió en una de las más famosas construcciones: el Templo de Salomón. El edificio fue construido conforme las costumbres locales, es decir, cananeas, en cuanto a templos. Un templo era un santuario urbano y las tribus israelitas habían adoptado la civilización urbana de las poblaciones cananeas que las precedieron. Salomón empleó, además, obreros fenicios en sus construcciones (1Re 5, 32; 7, 13 y sigs.).
La actividad constructora de Salomón se extendió a otras ciudades, especialmente a las antiguas cananeas que David había incorporado a los reinos de Israel y de Judá, en las cuales el monarca, sucesor de los viejos señores feudales, era dueño absoluto. Según 1Re 9, 19, Salomón hizo construir ciudades para sus carros de combate y sus caballos, y en las poblaciones que existían hizo habilitar dependencias para este uso. Salomón mantenía una fuerza considerable de carros que repartiría entre varias guarniciones, imitando a los monarcas orientales de su época. David había tenido un ejercito permanente, con contingentes de mercenarios, además de las milicias tribales; pero éstos combatían de a pie. A Salomón no le bastaron los elementos de la época de David. No hizo guerra alguna y no tuvo ocasión de alinear sus carros de combate; los utilizó únicamente para aumentar su esplendor real. Además de las “ciudades de carros y caballerías” (1Re 9, 19), se mencionan también las “ciudades almacenes”, construidas asimismo por Salomón. Se trataba de almacenes reales instalados en poblaciones que servían de depósito para los tributos en especies destinados a la corte.
Las construcciones de Salomón precisaban de una considerable mano de obra que el país se veía obligado a facilitar, sobre todo en una época en que todos los trabajos principales se hacían a base de hombres. Salomón desarrolló extraordinariamente el sistema de trabajos forzosos u obligatorios; ignoramos cómo se seleccionaban los grupos de trabajadores y cuál era la duración de sus obligaciones. La tradición salomónica contiene dos textos contradictorios sobre el reclutamiento de trabajadores forzados. Según 1Re 5, 27 se reunían en “todo Israel”; según 1Re 9, 15. 20-22 solamente se utilizaba la población no israelita de las antiguas ciudades estado cananeas incorporadas a Judá e Israel. Es muy probable que los datos de 1Re 9, 15. 20-22 correspondan a la realidad, y que 1Re 5, 27 sólo exprese un punto de vista muy limitado de las cosas, utilizando fórmulas no apropiadas, puesto que, si los hombres libres de las tribus se hallaban sometidos al servicio militar, es evidente que no podrían efectuar una prestación de trabajo, y hubiera constituido un evidente y monstruoso abuso de poder el obligarles a ello. En cambio, entre los cananeos, el rey podía hallar individuos que no gozasen de libertad, por haber sido esclavizados anteriormente por sus amos y entonces debieron pasar al servicio del rey de Jerusalén (las quejas de las tribus israelitas, después de la muerte de Salomón (1Re 12, 4), se refieren, mas que a las “prestaciones de trabajo” en sí, a las demás obligaciones, tributos, etc.).
Los edificios salomónicos de Jerusalén eran el marco de una vida cortesana brillante y dispendiosa, que naturalmente tenía que sufragar el país. En 1Re 5, 2-3 se detallan las necesidades cotidianas de la corte en cuanto a cereales y carne. La división del país en distritos, según detalla 1Re 4, 8-19, se hizo para reglamentar estas prestaciones. Es probable que Salomón ampliase las propiedades de la corona y organizase su administración. En todo caso, entre sus más altos funcionarios había un “mayordomo de palacio” (1Re 4, 6), cargo que no existía en época de David y que indudablemente debía ocuparse de la administración de las propiedades reales, que no se limitaban a los palacios de la capital, sino también a toda clase de propiedades rurales. Estos dominios comprendían el patrimonio hereditario de la familia real, así como las propiedades de diferente género que de derecho correspondían al rey, como era el caso con las de los criminales condenados a muerte (tenemos un ejemplo de ello, en un período posterior, en 1Re cap. 21. el rey toma automáticamente posesión del viñedo que tanto codiciaba, después de que su propietario es condenado a muerte mediante falsas acusaciones). Estaban diseminadas por todo el país y en su mayor parte se componían de viñedos y huertas, de donde la corte obtenía el vino y el aceite para sus necesidades, que, según 1Re 5, 2-3, no quedaban completamente atendidas con las prestaciones de la población.
Si se juzga por ello, la preocupación principal de Salomón fue el desarrollo de las propiedades y del prestigio real, y como heredero del imperio de David trató de emular a los grandes monarcas orientales de Egipto y Mesopotamia. Por esta causa, había enormes gastos que difícilmente podía atender el Estado, cuyo territorio no estaba especialmente favorecido por la naturaleza, y ello motivó que Salomón emprendiese diversas actividades lucrativas con objeto de amontonar tesoros en Jerusalén. La tradición describe admirablemente la extraordinaria fastuosidad de Salomón (1Re 10, 14-22), y la posteridad nos habla de sus enormes riquezas y su “magnificencia” ( Mt 6, 29; Lc 12, 27).
Así, pues, Salomón mantenía amplias relaciones con todo el antiguo Oriente y su prestigio debió ser considerable. De su padre había heredado un imperio poderoso, y el esplendor de su reinado le había conquistado la admiración y el respeto de numerosos pueblos. Para darse cuenta de ello, basta pensar en las numerosas extranjeras que había en su harén. En 1Re 11, 1 y sigs., el Deuteronomista se lo reprocharía, afirmando que fueron estas mujeres quienes le obligaron a separarse de Dios, empujándole a la idolatría. Esta apreciación es muy propia del Deuteronomista, pero, desde luego, es cierta la importancia y el carácter cosmopolita de su harén. Lo que llama particularmente la atención es el hecho de que entre ellas hubiese una princesa egipcia (1Re 3, 1; 9, 16). Se trataba de una hija del harén de uno de los insignificantes faraones del la XXI dinastía egipcia. Este hecho, solamente puede explicarse por las relaciones muy íntimas que en aquel entonces existían con la corte de Egipto, aun cuando no tuviera consecuencias políticas.
Es comprensible que el esplendor de la monarquía de Salomón despertase admiración y quizás también orgullo, pero es evidente que el pueblo gemía bajo el peso de los impuestos que le abrumaban. No obstante, la conducta profana y su actividad política fue lo que provocó la sorpresa y el escándalo de las tribus israelitas, y los sentimientos que habían empezado a manifestarse en tiempos de David fueron exaltándose bajo Salomón. No es de extrañar que la repulsa básica de la monarquía tuviera por origen la concepción creada por la actuación histórica del reinado de Salomón (cf. ante todo, la formulación de la “ley real” en 1Sam 8, 11-18, obra del Deuteronomista). Éste representa el prototipo de hijo de familia que, habiendo heredado una gran fortuna, la administraba con un gran esplendor externo, pero que, en realidad, la malgastaba por no disponer de la inteligencia ni de la energía necesarias para hacer fructificar lo que había recibido de sus padres.”
Con respecto a Gén 1, 1-2, 4ª; nos dicen Mauricio Flick y Zoltan Alszeghy[3]:
“durante el destierro se fue elaborando aquella teología de la creación, cuyo fruto es el texto actual de Gén 1, 1-2,4. este texto enseña la universalidad y la exclusividad de la acción divina en la producción del mundo; en efecto, esta intención didáctica es la que se deduce: a) del hecho de que los autores sagrados eliminan intencionalmente los elementos míticos, conocidos también el Israel, de una lucha creadora del demiurgo contra cierta personificación del caos; b) la acción divina se realiza mediante la palabra, esto es, de la manera más lejana a la idea de emanación o del uso de elementos primordiales; c) la descripción simétrica de la obra de los seis días enseña que Dios no solamente llena, sino además pone los tres espacios primordiales de la concepción semita del diverso (abismo, tierra, firmamento). Con esta idea de la eficiencia exclusiva y universal divina en orden a la producción del mundo es inconciliable la existencia de un elemento pre-existente, independiente de Dios. Por consiguiente, en los primeros capítulos del Génesis está revelada virtualmente la creación de “la nada”.
La descripción que hace el Génesis de la creación está desde el principio orientada hacia el hombre. Toda la cosmogénesis tiene la función de preparar la narración de la historia humana. Además, el hombre no es considerado como arrojado en un universo que le fuera extraño, sino más bien como el vértice del universo creado por Dios, al que están ordenadas todas las demás cosas. Por eso, esta narración tiende a hacernos comprender que no solamente el cielo y la tierra, sino también los mismos hombres son obra de las manos de Dios, y que por ello tienen que abandonarse con confiada obediencia a un Dios poderoso y benévolo, que los destina y los llama a una alianza con él.”
Notamos, entonces, que las miradas del sacerdotal y el yavista son diferentes porque nacen en épocas y contextos diferentes. El primero sufre una situación de destierro y dolor, por eso su relato es altamente positivo…. Tratará de animar y levantar al pueblo para que conserve su mirada religiosa en un Dios que es bueno y que hace todo bien. El segundo, nace en un contexto de gran riqueza material, pero donde el pueblo sufre la opresión del gobernante… Salomón se desviará hacia el paganismo por culpa de las mujeres extranjeras que forman parte de su harén. Esta mezcla explosiva, opresión y paganismo, llevarán al autor del segundo relato a mirar de manera negativa la realidad humana… ¿cómo explicar la situación que vivimos? La desobediencia al designio divino es el centro de la reflexión. Pero no nos adelantemos, por ahora nos basta descubrir quién es la mujer nombrada como Eva.
¿Qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides?
El libro del Génesis nos comienza hablado de la creación de todas las cosas (Gén 1-2). Nos dice que Dios es el autor de todo lo que existe, de todo lo que tiene realidad en el universo, sea espiritual o material. En medio de toda esa sobreabundancia de cosas creadas se distinguen, sobresalen, los seres humanos. El ser humano, el hombre, es una criatura hecha, realizada, confeccionada por Dios; pero que, desde su comienzo en la vida del universo, tiene algo diferente a toda la creación: está hecho a la imagen de Dios y tiene poder sobre la naturaleza, sobre todos los vivientes:
26Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza; y que le estén sometidos los peces del mar y las aves del cielo, el ganado, las fieras de la tierra, y todos los animales que se arrastran por el suelo”. 27Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer. 28Y los bendijo, diciéndoles: “Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar, a las aves del cielo y a todos los vivientes que se mueven sobre la tierra”. 29Y continuó diciendo: “Yo les doy todas las plantas que producen semilla sobre la tierra, y todos los árboles que dan frutos con semilla: ellos les servirán de alimento. (Gén 1, 26-29).
Notamos que la creación del hombre es en pareja: macho y hembra, varón y mujer. Esta condición de la vida humana le lleva a ser complementarios uno con el otro, dándose una unidad en la diversidad. Este complemento invita a la búsqueda, en el otro, de lo que falta en si mismo. El hombre necesita a la mujer y la mujer necesita al hombre. De allí la búsqueda del uno por el otro, la necesidad de hacer vida en común, el deseo de compartir cosas desde una mirada distinta que es plenamente enriquecedora. El amor entre ambos será la coronación de esa búsqueda incesante para hallar complemento, para encontrar ayuda mutua. Con ello tenemos la base de la sociedad: cada uno con sus dones ayuda al otro en sus necesidades, la reciprocidad constante mantendrá la unidad y el beneficio mutuo.
La intención divina se expresa con la frase “hagamos al hombre”, que recuerda la forma en que los dioses hablaban en sus asambleas. Según los testimonios literarios del Próximo Oriente antiguo, fueron los dioses quienes decidieron el destino de la humanidad. La Biblia acepta la imagen de la asamblea de los dioses, pero es únicamente Yahvé quien toma la decisión (Gn 11, 3.7; Dt 32, 8-9; 1Re 22, 19-22; Is 6; 40, 1-11; Job 1-2). El origen de los seres humanos no está en el agua o la tierra, como las plantas, los peces, las aves y los animales; su origen está en la decisión divina “a nuestra imagen, según nuestra semejanza”. El ser humano es una escultura de la divinidad, pero no estática, sino dinámica, cuya acción consistirá en dominar cuanto había sido creado (v. 26).[4]
Al ser escultura de la divinidad es un icono, una imagen que no solo debe representar a quien la realizó sino que también, y como consecuencia inmediata de esta representación, hacer lo que representa. Ser imagen de Dios trae efectos propios, no se trata de ser un cuadro, una pintura o una efigie de Dios, no es a eso a lo que se refiere el ser “imagen de semejanza”, se trata más bien de actuar como actúa Dios, de gobernar como el gobierna el mundo, de ser Dios en la tierra. Esa es la función del ser humano. El hecho de ser sexuado atestigua que desde el vamos que la humanidad fue creada para perdurar en la creación. “La diferencia sexual es la forma humana para continuar la vida“[5]. De lo que deducimos que desde su creación el individuo humano está destinado a morir, por lo menos en esta forma de vida, pero llamado a perdurar, como los miembros de todas las especies vivientes, a través del ejercicio de la sexualidad, como “humanidad”. El individuo muere, pero la especie se mantiene por la vida que fluye, ya en ese fluir de vida se hace sentir, en germen, la llamada a la eternidad, la sed de vida infinita y perenne. Con la llegada de Jesucristo ese deseo de los corazones humanos se verá satisfecho de modo definitivo. Por nos dice Pierre Grelot[6]:
“Entonces, por así decirlo, Dios se recoge (1, 26). Crea al hombre “a su imagen”, pero sexuado (1, 27), y le confía el gobierno del universo. El esfuerzo humano que pretende el conocimiento y el dominio de la tierra está inscrito exactamente en esta línea, con tal que se refiera al Dios creador que le ha confiado su cuidado a la humanidad. Y la sexualidad no es extraña a la imagen divina que la humanidad lleva consigo, con tal que se refiera a la palabra creadora y realice sus designios.”
Pues entonces, el hombre, por el conocimiento y el dominio de todo lo creado, será el icono de Dios en la tierra y al mismo tiempo, en el ejercicio de la sexualidad, se volverá palabra creadora que busca realizar, en el tiempo, los designios divinos.
En el planteo bíblico de qué es el hombre, se desarrolla también, y como corresponde, qué es la mujer. Sin duda la pregunta apunta a dilucidar la esencia más íntima de la naturaleza humana, que sexuada, se transforma en varón y mujer. Ante esa pregunta del salmo vamos a responder: el hombre es imagen de semejanza divina (Gén 1, 26-27). Pero ¿qué significa que fue creado a “imagen de semejanza” con Dios? Veamos:
1.- “El hombre está en la cima del mundo material“[7]. En efecto, la creación del hombre está colocada al final de la creación de mundo material; dado que las diversas etapas de la cosmogonía genesíaca presentan a seres cada vez más perfectos, el autor inspirado indica como imagen de Dios a lo que él considera como coronamiento de toda la obra creadora. Por eso mismo se cambia incluso la fórmula con la que Dios expresa su aprobación por las obras realizadas; el mundo, que antes de la aparición del hombre era solamente “bueno” (Gén 1, 25), inmediatamente después pasa a ser “muy bueno” (Gén 1, 31). La misma deliberación divina, que el autor pone como prólogo a la creación del hombre, sirve para subrayar la especial dignidad de la imagen de Dios (Gén 1, 26). En Gén 2 la superioridad del hombre se expresa con energía: Dios produce al hombre con una acción directa y especial: el soplo divino parece indicar una relación especial entre la vida divina y la humana (Gén 2, 7). La soledad del hombre entre los demás animales (Gén 2, 20=, que es superada por la formación de la mujer a partir del hombre (Gén 2, 21), demuestra igualmente la superioridad humana respecto a todas las demás criaturas corporales. La especial dignidad del hombre aparece además por la malicia especial del homicidio, que en Gén 9, 6 se deduce del hecho de que el hombre es imagen de Dios.
2.- en segundo lugar, el hombre es el único ser a quién Dios puede tratar de “tú”, darle preceptos, haciendo depender de su observancia la permanencia de la humanidad en el Edén, y cuya inobservancia es castigada. La imagen de Dios, por consiguiente, parece indicar a un ser capaz de dialogar con Dios, esto es, de entrar en relación “personal” con él, relación que supone escuchar una llamada y responder a ella por medio de un libre compromiso. Esto implica a su vez cierta constitución especial del hombre, relacionada con su modo de proceder de Dios. Lo mismo que Set fue engendrado según la imagen y semejanza de Adán, también Adán ha sido hecho a semejanza de Dios (Gén 5, 1-3). Algunos ven también el signo de una constitución dialogal del hombre en la vinculación de la imagen de Dios con la bisexualidad de la naturaleza humana (Gén 1, 27). (al ser la mujer tomada de Adán, esta también participa plenamente de la dignidad de la imagen de Dios. Sería imposible que Set mantuviera la imagen de Adán y la de Dios si su “madre” no fuera plenamente humana. Ambos textos, con formulaciones diferentes, el sacerdotal más claro y simple, el yavista más mítico y con cierto contenido “machista” -término propio de nuestra época pero que podría reemplazar al técnico “patriarcal”-, muestran a la mujer como perteneciente plenamente a la “imagen” de Dios aquí en la tierra. El primero de modo directo, macho y hembra, el segundo con una intermediación temporal y de acción… Dios crea a la mujer después de Adán, tomando como base su propia carne, haciéndola, en palabras del mismo Adán “carne de mi carne” es decir… semejante a él.
3.- finalmente, la imagen de Dios designa un papel especial de la humanidad en relación con el mundo material. El hombre ha sido colocado en el universo, como cooperador y lugarteniente de Dios. Todas las demás criaturas y los mismos astros (Gén 1, 14), están ordenados a él y sometidos a él (Gén 1, 28; cf. Gén 9, 1-7). El hombre tiene que trabajar, cooperando con Dios, para que la perfección del mundo se complete y sea custodiada (Gén 2, 4-6. 15). La entrega al hombre de la soberanía sobre las demás criaturas queda expresada con los medios estilísticos propios del mito, cuando se dice que Dios condujo a todos los animales hacia Adán para que les pusiera un nombre (Gén 2, 19).
Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer
En el día sexto de su creación, el relato sacerdotal nos muestra a Dios creando al ser humano… leamos en el comentario bíblico latinoamericano:
“este día continúa la creación de la pareja humana. Se anuncia la intención de crearla indicando que su función será la de dominar sobre los demás seres vivientes, tanto los peces como las aves y los animales hostiles del campo. El v. 26 comienza con un plural (”hagamos…”), una forma solemne también presente cuando habla Artajerjes en Esd 4, 18, o quizá un resabio del lenguaje afín al politeísmo propio de las religiones circundantes (cf. Is 6, 8). En todo eso, la forma aporta una diferencia sustancial al texto aunque el contexto literario parece preferir la primera interpretación. Luego se narra que Dios crea al ser humano indicando dos características: que lo hace “a imagen suya” y que lo crea sexuado, varón y mujer. La imagen de Dios impresa en toda persona es una novedad teológica y una afirmación revolucionaria del autor. Con raras excepciones en el antiguo Oriente la imagen de Dios era una cualidad exclusiva del monarca y no podía ser invocada por nadie más. A la vez es colocada como constitutiva del ser humano y no como algo que se adquiere o se recibe en forma transitoria. Tampoco es producto de una vida particularmente religiosa ni de una búsqueda interior, ni es privativa de los sanos y fuertes como tampoco lo es de ricos y poderosos. El texto afirma que toda criatura humana lleva la imagen de Dios en sí misma. La pregunta por el sentido de esta expresión nos envía a indagar la imagen de Dios presente en la narración, la que se nos dice está también impresa en el ser humano. Son varias las características, pero la que más resalta es el carácter creador de Dios, su vocación de moldear la materia para hacer con ella algo mejor. En esta línea, el ser humano imagen de Dios nos habla sobre la capacidad humana de crear y recrear la materia. Esto tiene dos consecuencias teológicas: la primera es que se pone en relieve la cultura humana. Lo que el ser humano hace en su desarrollo creativo, su curiosidad, su constante sed de conocimiento, su búsqueda de combinar las cosas para dar en cosas nuevas (en ciencias, arte, pensamiento, etc.) es parte de su vocación primera por ser imagen de Dios. Lo segundo es que esa fuerza creativa e innovadora es genuina cuando está al servicio del plan de Dios para la humanidad, no cuando se le opone. Es la condición expresada en la frase repetida “y vió Dios que era bueno” lo que debe estar presente en la acción humana para hacer justicia a la imagen divina que cada persona lleva en sí misma.
A continuación Dios bendice a la pareja humana y les da dos mandatos: que se reproduzcan y crezcan, y que sometan la tierra y gobiernen sobre los peces, aves y todo ser viviente. El primer mandato es común al de los animales y peces (v. 22), y nos recuerda lo cercana que es la relación biológica en todo este relato entre el ser human y los animales. Hay una identidad creacional que no puede ocultarse, pero a la vez hay una distinción: mientras la bendición a los animales es impersonal, en el caso de la humanidad se dirige a ellos en forma directa “…les dijo: sean fecundos…” (v. 28). También el segundo mandato establece la diferencia entre el ser humano y el resto de las criaturas: este es convocado para someter la tierra y mandar sobre los demás seres creados. La vida humana es valorada por encima de todas las demás.
Esta diferencia entre la vida animal y el ser humano está también presente en las dietas que se detallan para cada uno. Mientras que al ser humano le es dada toda hierba de semilla y los árboles frutales, a los animales se les da solo la hierba. Esta distinción es simbólica porque muchos animales comen frutos o son carnívoros, pero el interés del texto es colocar a la pareja humana por encima de los animales. El carácter vegetariano del ser humano señala que la relación entre este y los animales era de armonía. No podía suponerse una creación donde desde un comienzo la humanidad tuviera que matar a quienes habían sido creados con ella. Es a continuación del diluvio (9, 3) cuando ya en una etapa posterior de la creación y a la luz de sucesivas violencias Dios da a los animales como alimento para el ser humano.
El v.31 cierra la creación con un superlativo señalando que lo hecho estaba “muy bien”.
El Señor Dios formó una mujer
Lo primero creado es el varón, incluso antes que Dios hiciera el huerto. Se nos dice que lo hizo de polvo del suelo y que le puso aliento para hacerlo un ser viviente. Hay un juego de palabras entre varón (`adam) y tierra (`adamah) que profundiza la relación ente el ser creado y la tierra misma. Estas dos características del varón son compartidas con el resto de los animales, aunque en este pasaje el aliento de vida lo reciba solo él. Su materia prima es la tierra, si signo vital es el aliento o soplo. Por este soplo se distinguía un cuerpo vivo de uno muerto. No hay razón en el texto para pensar que mientras el cuerpo es de polvo perecedero el aliento es de espíritu inmortal, como una lectura influida por el helenismo dio en interpretar. La imagen presentada es la de un ser en consonancia con el resto de los seres vivos aunque estos aún no fueron creados. Más bien la preeminencia del hombre está dada por la capacidad de labrar la tierra (2, 5) -es decir dominarla-, y luego de dar nombre a la creación, otro símbolo de poder sobre ella.
El hecho de que sea creado el varón en primer lugar indica que la narración está fuertemente marcada por la ideología de la sociedad patriarcal de aquel tiempo. El lugar social de la mujer era secundario y esto queda reflejado en la historia fundante que da sustento al modo de legalizar esta práctica y otorgarle la bendición de Dios. En este sentido debemos asumir estas limitaciones del texto -y tantas otras- como producto de la revelación contextual de Dios, las que por un lado en muchos casos fueron corregidas o matizadas en los textos mismos, o en otros es tarea del intérprete poner en su lugar histórico el pasaje y actualizarlo en base a una comprensión que tenga en cuenta la visión de otros textos bíblicos.
El texto presenta la creación de la mujer como respuesta a la necesidad de una ayuda para el hombre. Como viene sucediendo en este relato (2, 4-4, 26), este mito de origen describe la situación histórica dada y su sentido, y no una situación ideal a la cual se debe ajustar la conducta humana. En todo caso, eso puede valer para el Preámbulo (1, 1-2, 3), donde se presenta a Dios creando a su total arbitrio. Pero en este contexto la relación entre el texto y la experiencia histórica es más dinámica. Aquí encontramos que se describe el papel social accesorio al varón que la mujer tenía en aquella época. Si la mujer era un ser de segunda categoría esta es la explicación -y justificación- de tal situación, pero también se introducen ciertos elementos que van a matizar tal experiencia histórica.
La búsqueda de una ayuda comienza por los animales, los que son creados en forma veloz y casi sin atención: animales del campo y aves de una vez. Estos son llevados al varón para que los nombre y por lo tanto gobierne sobre ellos. Poner nombre es también conocerlos, darles un lugar en la historia y reconocerlos como parte de la creación de Dios. Ya notamos que son creados de la misma materia que el hombre (tierra, `adamah), pero en este caso no se dice que reciban el soplo vital característico del varón. Pero la intención última es la de encontrar una ayuda para él, y como esto no se lograba, entonces Dios duerme al varón y crea a la mujer de una costilla suya. Los símbolos presentes en este relato son profundos y por momentos contradictorios. Vamos a destacar tres elementos:
- d) La mujer es creada por Dios de la misma sustancia que Adán, de su misma carne. Si el texto confirmaba la ideología de que la mujer era un ser accesorio al varón, esta afirmación la relativiza al darle a ella el mismo valor creacional afirmando la igualdad de sustancia. La carne de la mujer es la misma que la del varón, y no era necesario que se diga en este caso que ella recibe el soplo de vida, pues lo tiene por extensión. En este sentido es claro para el texto que ella es de distinta factura que los animales recientemente creados.
- e) Adán la reconoce como de su misma carne y huesos. El texto entonces insiste en la diferencia con los animales presentados antes y entre los cuales no encontró uno que fuera de esta manera. Es claro que es Adán quien lo afirma, pero también la narración dice que fue Dios quien la creó independientemente de la voluntad de Adán, por lo cual no solo está implícito que este no podía desconocerla sino que la dignidad igualitaria es dada por la creación divina y no por decisión del varón.
- f) Adán le da nombre, como ya lo hizo con los animales, y la llama mujer. Pero el nombre que le da es todavía un genérico y corresponde al femenino de varón (literalmente sería varona). Esta denominación vuelve a insistir sobre el carácter especial y diferenciado de la mujer respecto de los animales, y del vínculo biológico y afectivo con el varón. Por un lado nombrarla es gobernar sobre ella, por otro el nombre que le da la coloca a su mismo nivel, no por debajo suyo.
Es probable que este texto leído hoy nos parezca sumamente patriarcal y en un sentido lo fue en cuanto dio sustento a la realidad del carácter secundario de la mujer en la sociedad de su tiempo. Pero también puede entenderse que justamente en ese contexto esta narración llevó un poderoso mensaje de dignificación de la mujer en los términos que para la época eran comprensibles. Colocó una semilla de contradicción entre el machismo imperante e irreductible de la sociedad antigua y esta concepción creacional por la cual la mujer tenía un origen propio junto al varón y un carácter singular que la hacía el vínculo obligatorio para él. El hombre no la elige entre otras criaturas, está allí al despertar y debe aceptarla.
El v. 24 da cuenta de otra experiencia: que varón y mujer buscan unirse sexualmente y forman un nuevo hogar abandonando el propio. Lo dice del varón, aunque era más bien la mujer la que abandonaba su casa paterna (ver Sal 45, 11).
El v. 25 vuelve al estado primordial al señalar que estaban desnudos y no se avergonzaban de ello. Es un anticipo que prepara la explicación del origen de ir vestido ocultando los genitales y otras partes eróticas del cuerpo (3, 7) a partir de la vergüenza adquirida como consecuencia de transgredir la norma impuesta por Dios.
El mensaje subyacente tras la segunda creación humana es que los seres humanos necesitan la comunidad humana. Estar solo no es bueno para los seres humanos. Dios crea a los animales y permite que el hombre les dé nombre y con ello entre en una relación viva con ellos que incluye el gobierno sobre ellos. Pero ninguno es “adecuado” para él. Necesita una verdadera compañía, y para conseguírsela realiza Dios otro acto más de creación. Al sumir al hombre en un letargo, Dios asegura a la mujer la misma autonomía que al hombre -su ser depende directamente de Dios-. El presente relato puede proceder de un antiguo relato popular que juega con la costilla y su cercanía al corazón. En la mentalidad antigua, el corazón es la fuente tanto del intelecto como de la voluntad, y así Dios hace a Eva tan plenamente humana como a Adán. La descripción juega también con la atracción amorosa que arrastra de forma recíproca a hombres y mujeres desde el corazón. La adecuada identidad de las dos criaturas humanas se completa en el pequeño poema del v. 23 -son lo mismo porque él es `ish y ella `isha, juego de palabras que equivale a decir “hombre y mujer” en español.
“El Señor Dios formó una mujer“
(Gén 2, 22)
- & 2 ENCUENTRO: EVA, MUJER Y MADRE.
“Multiplicaré los sufrimientos de tus embarazos; darás a luz a tus hijos con dolor. Sentirás atracción por tu marido, y él te dominará”
(Gén 3, 16)
- & Texto de estudio: Gén 3, 1-24.
- ü ¿Qué nos cuenta el relato?
- ü ¿Cómo nos muestra a la serpiente, a la mujer y al hombre? ¿Cómo son cada uno de ellos?
- ü ¿Cuál es la maldición que le da a la serpiente? ¿Por qué?
- ü ¿Cómo es el castigo del hombre?
- ü ¿Y el de la mujer?
- ü Hoy en día: ¿Cuáles son las oportunidades y las amenazas que viven las mujeres? ¿Podríamos trazar un panorama real de la mujer en nuestro barrio o ciudad?
- ü ¿Qué mensaje le daríamos a la mujer actual desde este texto bíblico? ¿Podemos ayudarla en algo? ¿Por qué?
“La mujer no sólo da principio a la vida de sociedad; es también la madre de todos los vivientes. Al paso que numerosas religiones asimilan fácilmente la mujer a la tierra, la Biblia la identifica más bien con la vida: la mujer es, según el sentido de su nombre de naturaleza, Eva “la viviente” (3, 20). Si por causa del pecado no transmite la vida sino a través del sufrimiento (3, 16), sin embargo, triunfa de la muerte facilitando la perpetuidad de la raza; y para mantenerse en esta esperanza sabe que un día su posteridad aplastará la cabeza de la serpiente, que es el enemigo hereditario (3, 15)”
LECTURA COMPLEMENTARIA
Si tenemos presente que este relato se escribió en Jerusalén cerca del año 1000 a.C. y en aquella época reinaba el rey Salomón, veremos, con claridad, que el yavista no solo está en diálogo con las actitudes del rey, sino que también, su mirada negativa, se centra en la imagen que él tiene de las esposas de Salomón y de su influencia sobre su conducta religiosa. Las mujeres extranjeras desviaron el corazón de Salomón hacia sus dioses (1Re 11, 1-8; Eclo 47, 12-21).
Sobre esta base construye el relato el autor yavista: Salomón abandonó al Dios verdadero y se fue entregó a las prácticas religiosas que sus esposas extranjeras traían de su patria. Imaginemos lo que puede significar para un israelita piadoso encontrarse con que su rey rinde culto a divinidades paganas, no solo es una traición a la fe verdadera, sino que es una muestra de la falta de inteligencia del hombre poderoso que ahora es rey. Salomón es Adán, las mujeres de Salomón son Eva, y la serpiente representa a las imágenes de los dioses paganos que, en cultos de fertilidad -probablemente-, eran utilizadas por los sacerdotes y sacerdotisas extranjeras. Por eso el relato muestra a una mujer locuaz con la serpiente, y a un hombre que confiadamente se deja arrastrar hacia la perdición de obedecer a la serpiente. Se dejan de lado las normas y preceptos divinos para buscar la sabiduría “humana” (Salomón era un hombre “lleno de saber” según Eclo 47, 12). El hombre “sabio” se deja engañar por la astucia de los dioses paganos y la complicidad de la mujer. Tengamos cuidado que la mujer no es presentada como tonta o ingenua, sino al revés: es vista como totalmente consciente de las normas (vers 2-3) y capaz de discernir lo que es bueno para ella (vers 6). Aquí no se trata de “perder inocencia“, se trata de optar por “ser como dioses“. No es la imagen de una pareja inocente e ingenua, es la imagen de dos que deciden su propio camino conociendo plenamente los límites y optando por contradecirlos. Es decir, el autor muestra a la mujer como plenamente inteligente y consciente de lo que está por hacer. Las vestiduras indican la gran magnificencia que tenían las ropas en la corte salomónica. Ya decía Jesús: “Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos” (Mt 5, 28-29). Esas ropas, tan magnificas y notorias, son taparrabos en la mente del Yavista. Solo sirven para tapar la impudicia del rey y sus mujeres. Así logran ocultar la pequeñez de su corazón, lo corto de sus razonamientos, el deseo de ser como Dios. Ellos se ocultan y tapan porque están haciendo algo malo… sus taparrabos (ropas reales) son la muestra de que no todo lo que brilla es oro.
La presencia divina, mostrada antropomorficamente, revela que Dios sigue estando presente, actuante en el mundo. La imagen de un Dios que pasea para tomar aire puro nos devuelve la figura de Dios como padre venerable, no es el Dios de la ira, o del enojo, es Dios bueno que pasea y descansa con su amada criatura. La inocencia divina se contrapone a la incapacidad de mostrarse libremente de Adán y Eva. Dios no sabe que pecaron, Dios aparece “compartiendo” cuando ellos se esconden “mezquinando”. ¿Quiere decirnos esto que Salomón hacía las cosas de modo oculto? ¿Qué tenía dos caras? Tal vez quiere decirnos que cuando el ser humano se aparta del camino recto necesita ocultarse, entrar en sombras, seguir el camino del esconder… ya que su palabra dice una cosa pero sus actos otra. Adán y Eva empiezan a vivir una doble vida. Dios no busca castigar (todavía no “sabe” que Adán y Eva violaron sus reglas) sino que quiere compartir. “Busca” al que se deja encontrar… El Dios del yavista es un Dios confiable, cariñoso, que busca compartir con su criatura todo lo que hizo. La desobediencia al designio divino solo trae problemas de relación con el creador. Varón y mujer son ahora esclavos de su pecado y necesitan ocultarse para que no se note su incapacidad. Dios seguirá buscándonos, a pesar de nosotros mismos, a lo largo de toda la historia. Será Jesucristo el que vuelva a decirnos “¿Dónde estás?” vinculando a la divinidad con la humanidad para siempre. Ante la evidencia de su falta el hombre asume por vez primera una actitud responsable. Decide empezar a decir la verdad. “Esta es mi situación, por eso estoy escondido”. La desnudez humana, en la mentalidad del ser pecador, debe ocultarse… porque sino todos miran mis intenciones torcidas. No se trata del “pudor”, se trata de que los “taparrabos” (las vestiduras del rey Salomón), por más bien hechos que estén, no pueden nunca tapar la podredumbre interna. El hombre, aunque lo disimule, siempre está desnudo delante de Dios. Dios se da cuenta de todo. Ahora sabe muy bien que su ley ha sido violada. E que el hombre ya no es, ni volverá a ser el mismo que él ha creado. El conocimiento de las cosas y su utilización sin responsabilidad solo lleva a perder la identidad, a necesitar esconderse. Aquí comienza la cadena de “favores”. Del hombre a la mujer, de la mujer a la serpiente… la culpa se remonta rió arriba buscando alguien que se quede con ella… imaginemos a la serpiente mirando para ambos lados buscando a quién culpar y darse cuenta que, en la cadena, ya no queda nadie. El autor yavista muestra hasta que punto nuestra psicología no ha cambiado para nada.
Esta condenación a la serpiente es solo una búsqueda de explicar “etiológicamente” la situación actual del reptil. Muchos dicen que las serpientes tenían alas antes de la caída original (contrariando la evolución biológica: de nuevo hay que decirlo: el relato no puede concordarse con la ciencia… este relato es “religioso” y no “científico”). Maurice de Concagnac nos dice: “La antigua iconografía de Oriente revela la existencia de seres compuestos, que poseen un cuerpo de serpiente y están dotados de alas. (Cf. Is 6, 2)”. No es difícil de imaginar que entre tanta iconografía de serpientes aladas (en el actual México está la representación de quetzacoatl, una serpiente alada) el yavista observara que las imágenes mostraban no solo la representación de otras religiones, probablemente muchas de ellas traídas por las mujeres de Salomón, sino que también mostraban algo que no ocurría en la realidad: las serpientes no tienen alas. Entonces la pregunta: ¿si las religiones paganas dicen que las serpientes tiene alas por qué nunca vemos una serpiente con alas (salvo en sus esculturas)? La respuesta: Por el pecado en el origen de los tiempos las serpientes perdieron su capacidad de volar (que es lo mismo que decir que perdieron capacidad de relacionarse con las cosas altas y divinas) para ser solamente seres que se arrastran por el suelo. Vemos como se quita contenido “mitológico” a estos animales porque se nos sitúan, en primer lugar, como animales comunes y silvestres y, en segundo lugar, se los muestra como desposeídos de sus atributos espirituales. La lucha final es una constatación de la vida diaria: las serpientes muerden los talones de los desprevenidos caminantes y la gente, por miedo, las mata pegándoles e la cabeza. Esta parte final nos muestra, también, la situación de la mujer en la vida cotidiana de Israel… el autor no legitimiza que la mujer sea considerada como objeto, o sea dominada. Solamente constata esta realidad y la explica por esta falta original de los comienzos. “Son las consecuencias del pecado”, pareciera decir.
LECTURA COMPLEMENTARIA
Gén 3, 1-24
1La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que el Señor Dios había hecho, y dijo a la mujer: “¿Así que Dios les ordenó que no comieran de ningún árbol del jardín?”.
La serpiente es un animal simbólico que a veces expresa la vida -por su aspecto fálico- pero en otras representa la muerte debido a su mortal mordedura. En este relato nos inclinamos por lo segundo, ratificado en el v.15. Lo que propone la serpiente a la mujer es que serán como dioses al desobedecer a Dios.[8]
En gén 3, la serpiente simboliza al mal con el que ha de enfrentarse el hombre. En las mitologías del próximo oriente antiguo, la serpiente encerraba varios simbolismos diferentes. Por ejemplo: la representación de las fuerzas subterráneas a las que rendían culto los cananeos (algo de ello queda también en el caduceo -una especie de vara como un bastón corto- de los griegos, atributo de mercurio); el Uraeus egipcio, cobra que representa el fuego sobre las coronas divinas y reales; los monstruos creados por Tiamat en el mito babilónico de la creación; el animal raptor de la planta de la vida en la epopeya de Gilgamesh… símbolo de divinidades cananeas, de potencias malvadas entre los mesopotámicos: es fácil de comprender que la serpiente haya podido personificar en Gén 3 a una potencia mala, “astuta”, enemiga del hombre y, a través de él, hostil al plan de Dios.
El Apocalipsis recogerá este mismo símbolo: la humanidad nueva, madre de Jesucristo, está en el corazón de una lucha sobrehumana en la que Miguel y sus ángeles se enfrentarán con “la gran serpiente, la serpiente antigua, el llamado diablo y Satanás” (12, 9). Pero aquí hay otras imágenes que se sobreponen a las del Génesis: las de los Apocalipsis judíos. Los poetas de Israel utilizaban estas imágenes para presentar la creación como una victoria de Dios sobre los monstruos del caos (Sal 74, 13-14; 89, 11; Job 7, 12), o su victoria final al cabo de la historia (Is 27, 1; cf. 51, 9) . se puede hablar de una desmitización de estos símbolos, ya que no representan en esta ocasión a unas potencias divinas, sino solamente a unos seres inferiores cuya actividad se desarrolla en el interior de la creación y dentro de los límites compatibles con la omnipotencia del creador. Pero el modo de expresión empleado proviene del lenguaje mítico.
En tiempos de Jesús, la representación de las fuerzas del mal era muy diversa; Satanás (=el acusador), a quién Jesús llama “el príncipe de este mundo”, estaba rodeado de demonios en abundancia. Desde el punto de vista de las representaciones y del lenguaje, Jesús y sus apóstoles no modificaron en nada los hábitos de sus contemporáneos; no es allí donde se situaba el objeto de la revelación.
¿Se sigue de aquí que es posible “reducir” las figuras bíblicas de Satanás a una simple “forma de hablar”? Sería ir demasiado aprisa en este caso. Porque Jesús, cuya experiencia sigue siendo la regla de la nuestra, comprendió con el mayor realismo su combate contra las fuerzas del mal. El mal no es para él una abstracción, una simple manifestación de la finitud y de los límites del hombre. El vio en el mal una fuerza misteriosa con la que tenía que medirse para poner fin al dominio que ejerce en este mundo. El carácter imaginario de este “lenguaje mítico” es una cosa; el realismo de la experiencia interior que traduce es otra. La realidad del combate espiritual pertenece al terreno de nuestra experiencia cotidiana (cf. Ef 8, 10-13). Gén 3 abre la historia del plan de Dios evocando el comienzo de este enfrentamiento, que se lleva a cabo día tras día para todos nosotros, pero en el que Jesús ha introducido el principio de una victoria y de una liberación.[9]
2La mujer le respondió: “Podemos comer los frutos de todos los árboles del jardín. 3Pero respecto del árbol que está en medio del jardín, Dios nos ha dicho: “No coman de él ni lo toquen, porque de lo contrario quedarán sujetos a la muerte”». 4La serpiente dijo a la mujer: “No, no morirán. 5Dios sabe muy bien que cuando ustedes coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal”. 6Cuando la mujer vio que el árbol era apetitoso para comer, agradable a la vista y deseable para adquirir discernimiento, tomó de su fruto y comió; luego se lo dio a su marido, que estaba con ella, y él también comió. 7Entonces se abrieron los ojos de los dos y descubrieron que estaban desnudos. Por eso se hicieron unos taparrabos, entretejiendo hojas de higuera.
Estos versículos muestran que hay un Dios providente que cuida a los humanos pero que les impone sus propias normas. El ser humano como criatura hecha por Dios tiene límites, y esos límites, cuando se mantienen perfectamente permiten que la relación perdure. La humanidad debe “comer” para vivir, por eso pueden comer “de todos los árboles del jardín”. Hay uno de entre todos del cual no pueden comer: del “que está en medio”. ¿De qué se trata el fruto que tiene este árbol? En el versículo 22 nos dice: “El hombre ha llegado a ser como uno de nosotros en el conocimiento del bien y del mal”, con lo cual podemos concluir que el “árbol” de cual comieron sus frutos es un árbol que hace conocer lo que está bien o mal, o también un árbol que aporta sabiduría o, lo que es peor, el fruto del árbol “del bien y del mal” es una metáfora para explicarnos que ahora el ser humano puede decidir “qué está bien y qué está mal”. Los límites divinos quedan violados, ahora el hombre no solo conoce que es lo malo y lo bueno, sino que ahora él decide que es bueno y que es malo. El hombre se convierte en “hacedor” de leyes, sus decisiones son las que marcaran la esencia del bien o la esencia del mal.
La imagen mítica de la adquisición de conocimientos, una fruta, es bastante gestual porque nos muestra la toma de conciencia como algo que hay que digerir, algo que hay que “masticar”. No le pertenece al hombre de por sí, por ser tan material como los demás seres vivientes, pero la asimila, la “mastica”, la “come”, como adquisición casi alimentaria. La sabiduría no viene con el ser humano, de fábrica, se adquiere con el esfuerzo de “masticar” y “rumiar” la vida y sus enseñanzas.
La desmesura de Adán y Eva (3, 1-7)[10]
Esto significa que, en oposición a la creación del ser humano, quien recibe posibilidades pero también limitaciones propias de su condición, la tentación consiste en no estar atados a esas limitaciones humanas e ir en búsquedas de las propiedades reservadas solo a los dioses. Estas son el poder supremo sobre toda criatura, el dominio del tiempo, el de que los seres humanos trabajen para él, la ausencia de sufrimiento y dolor, la eternidad. Esto es clave para entender luego la reacción de Dios en 8-19. Es sorprendente que, siendo la mujer desvalorizada en el texto anterior, en este relato tenga un papel más activo e inteligente que el varón. Conversa con la serpiente, analiza, evalúa y decide comer. Luego le da al varón y este acepta sin más. A partir de allí saben que están desnudos y se visten, dando lugar al origen del acto de cubrirse el cuerpo por pudor. De hecho la propuesta de la serpiente se reveló falsa, pues no se transformaron en dioses sino que adquirieron vergüenza de ellos mismos, la que es expresada en sus cuerpos que representan todo lo que es la persona en su exterior e interior. Contra la interpretación tradicional y popular, es necesario enfatizar que no es la sexualidad lo que caracteriza esta primera trasgresión, sino la desmesura de querer ser como dioses rechazando el carácter humano dado por Dios a la pareja.
La historia del primer pecado[11]
Este drama breve es una lección fundamental acerca de la naturaleza del pecado humano. El núcleo del pecado es el intento de sustituir a Dios como definidor de la moralidad. La serpiente representa las fascinaciones y racionalizaciones torcidas y perniciosas que usamos al quebrantar los límites morales para obtener poder o fines deseables para nosotros mismos. En el pensamiento antiguo, las serpientes tenían muchas conexiones con los poderes misteriosos del mundo inferior y representan un símbolo adecuado del poder del mal en la vida humana -¡incluso en momentos de bendición!-. aunque la serpiente la engaña, Eva había entendido el mandato de Dios de forma suficientemente clara. Pero tanto ella como su marido desean ser como Dios y están de acuerdo en el pecado. Cuando se encuentran desnudos, se dan cuenta inmediatamente de su inocencia perdida y de la nueva fuerza de las pasiones sexuales de su vida. Ahora, en efecto, son más entendidos de lo que eran en 2, 25, pero lo son en el conocimiento “práctico” de los efectos del pecado y de su poder sobre las acciones humanas.
La serpiente y la mujer
La serpiente era para las antiguas tradiciones un ser misterioso. Este carácter sobrenatural puede convertirla en una divinidad o en un demonio. La serpiente, naga, es, en la India, un ser semidivino, mientras que la serpiente Dahaka es, en Persia, la encarnación de un espíritu malo.
Por estar dotada de veneno, la serpiente es maestra de los mismos. En nuestros días, los dos reptiles del caduceo enroscados en un bastón siguen siendo el emblema de los médicos, mientras que la serpiente erguida sobre una copa representa a los farmacéuticos.
De la serpiente del Génesis se dice que era “la más astuta”, porque parece conocer el efecto tóxico del fruto prohibido. Abre los ojos para hacer que el espíritu viaje a una región de una lucidez peligrosa. Al tentar a la mujer, instila en el corazón humano el otro veneno: el de la desobediencia. A Eva, que recuerda la prohibición divina de comer el fruto y la pena de muerte que le sigue, le responde la serpiente: “No, no morirán. Dios sabe muy bien que cuando ustedes coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal” (Gén 3, 4-5).
Los ojos del hombre y de la mujer se van a abrir para descubrir su desnudez, su radical fragilidad. Los sexos, puntos frágiles por excelencia, van a ser disimulados: la transparencia natural de la primera pareja queda ocultada por el miedo.
El castigo de la serpiente es completo. El Maligno será vencido: morderá el polvo eternamente (Mi 7, 17), humillado para siempre por aquella a quien arrastró hacia el camino de la muerte (Gén 3, 14-15)[12].
El presente relato en la mente del Yavista:
Si tenemos presente que este relato se escribió en Jerusalén cerca del año 1000 a.C. y en aquella época reinaba el rey Salomón[13], veremos, con claridad, que el yavista no solo está en diálogo con las actitudes del rey, sino que también, su mirada negativa, se centra en la imagen que él tiene de las esposas de Salomón y de su influencia sobre su conducta religiosa. Las mujeres extranjeras desviaron el corazón de Salomón hacia sus dioses:
“1El rey Salomón amó a muchas mujeres, además de la hija del Faraón: mujeres moabitas, amonitas, edomitas, sidonias e hititas, 2es decir, de esas naciones de las que el Señor había dicho a los israelitas: “No se unan a ellas, y que ellas no se unan a ustedes; seguramente les desviarán el corazón hacia otros dioses”. Pero Salomón se enamoró de ellas. 3Tuvo setecientas mujeres con rango de princesas y trescientas concubinas, y sus mujeres le pervirtieron el corazón. 4Así, en la vejez de Salomón, sus mujeres les desviaron el corazón hacia otros dioses, y su corazón ya no perteneció íntegramente al Señor, su Dios, como el de su padre David. 5Salomón fue detrás de Astarté, la diosa de los sidonios, y detrás de Milcóm, el abominable ídolo de los amonitas. 6El hizo lo que es malo a los ojos del Señor, y no siguió plenamente al Señor, como lo había hecho su padre David. 7Fue entonces cuando Salomón erigió, sobre la montaña que está al este de Jerusalén, un lugar alto dedicado a Quemós, el abominable ídolo de Moab, y a Milcóm, el ídolo de los amonitas. 8Y lo mismo hizo para todas sus mujeres extranjeras, que quemaban incienso y ofrecían sacrificios a sus dioses” (1Re 11, 1-8)
12Después de él surgió un hijo lleno de saber que, gracias a David, vivió desahogadamente. 13Salomón reinó en tiempos de paz y Dios le concedió tranquilidad en sus fronteras, a fin de que edificara una Casa a su Nombre y erigiera un Santuario eterno. 14¡Qué sabio eras en tu juventud, desbordabas de inteligencia como un río! 15Tu reputación cubrió la tierra, la llenaste de sentencias enigmáticas; 16tu renombre llegó hasta las costas lejanas y fuiste amado por haber afianzado la paz. 17Por tus cantos, tus proverbios y tus sentencias, y por tus interpretaciones, fuiste la admiración del mundo. 18En nombre del Señor Dios, de aquel que es llamado Dios de Israel, amontonaste el oro como estaño, y como plomo acumulaste la plata. 19Pero tuviste debilidad por las mujeres y dejaste que dominaran tu cuerpo. 20Pusiste una mancha sobre tu gloria y profanaste tu estirpe, atrayendo la ira sobre tus hijos, y haciéndoles deplorar tu locura: 21así la realeza se dividió en dos, y de Efraím surgió un reino rebelde. (Eclo 47, 12-21)
Sobre esta base construye el relato el autor yavista: Salomón abandonó al Dios verdadero y se fue entregó a las prácticas religiosas que sus esposas extranjeras traían de su patria. Imaginemos lo que puede significar para un israelita piadoso encontrarse con que su rey rinde culto a divinidades paganas, no solo es una traición a la fe verdadera, sino que es una muestra de la falta de inteligencia del hombre poderoso que ahora es rey. Salomón es Adán; las mujeres de Salomón son Eva y la serpiente representa a las imágenes de los dioses paganos que, incultos de fertilidad -probablemente-, eran utilizadas por los sacerdotes y sacerdotisas extranjeras. Por eso el relato muestra a una mujer locuaz con la serpiente, y a un hombre que confiada mente se deja arrastrar hacia la perdición de obedecer a la serpiente. Se dejan de lado las normas y preceptos divinos para buscar la sabiduría “humana” (Salomón era un hombre “lleno de saber” según Eclo 47, 12). El hombre “sabio” se deja engañar por la astucia de los dioses paganos y la complicidad de la mujer. Tengamos cuidado que la mujer no es presentada como tonta o ingenua, sino al revés: es vista como totalmente consciente de las normas (vers 2-3) y capaz de discernir lo que es bueno para ella (vers 6). Aquí no se trata de “perder inocencia”, se trata de optar por “ser como dioses”. No es la imagen de una pareja inocente e ingenua, es la imagen de dos que deciden su propio camino conociendo plenamente los límites y optando por contradecirlos. Es decir, el autor muestra a la mujer como plenamente inteligente y consciente de lo que está por hacer.
Las vestiduras indican la gran magnificencia que tenían las ropas en la corte salomónica. Ya decía Jesús: “Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos” (Mt 5, 28-29). Esas ropas, tan magnificas y notorias, son taparrabos en la mente del Yavista. Solo sirven para tapar la impudicia del rey y sus mujeres. Así logran ocultar la pequeñez de su corazón, lo corto de sus razonamientos, el deseo de ser como Dios. Ellos se ocultan y tapan porque están haciendo algo malo… sus taparrabos (ropas reales) son la muestra de que no todo lo que brilla es oro.
8Al oír la voz del Señor Dios que se paseaba por el jardín, a la hora en que sopla la brisa, se ocultaron de él, entre los árboles del jardín.
La presencia divina, mostrada antropomorficamente, revela que Dios sigue estando presente, actuante en el mundo. La imagen de un Dios que pasea para tomar aire puro nos devuelve la figura de Dios como padre venerable, no es el Dios de la ira, o del enojo, es Dios bueno que pasea y descansa con su amada criatura. La inocencia divina se contrapone a la incapacidad de mostrarse libremente de Adán y Eva. Dios no sabe que pecaron, Dios aparece “compartiendo” cuando ellos se esconden “mezquinando”. ¿Quiere decirnos esto que Salomón hacía las cosas de modo oculto? ¿Qué tenía dos caras? Tal lo que más quiere decirnos es que cuando el ser humano se aparta del camino recto necesita ocultarse, entrar en sombras, seguir el camino del esconder… ya que su palabra dice una cosa pero sus actos otra. Adán y Eva empiezan a querer vivir una doble vida.
9Pero el Señor Dios llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?”.
Dios no busca castigar (todavía no “sabe” que Adán y Eva violaron sus reglas) sino que quiere compartir. “Busca” al que se deja encontrar… El Dios del yavista es un Dios confiable, cariñoso, que busca compartir con su criatura todo lo que hizo. La desobediencia al designio divino solo trae problemas de relación con el creador. Varón y mujer son ahora esclavos de su pecado y necesitan ocultarse para que no se note su incapacidad. Dios seguirá buscándonos, a pesar de nosotros mismos, a lo largo de toda la historia. Será Jesucristo el que vuelva a decirnos “¿Dónde estás?” vinculando a la divinidad con la humanidad para siempre.
10“Oí tus pasos por el jardín, respondió él, y tuve miedo porque estaba desnudo. Por eso me escondí”.
Ante la evidencia de su falta el hombre asume por vez primera una actitud responsable. Decide empezar a decir la verdad. “Esta es mi situación, por eso estoy escondido”. La desnudez humana, en la mentalidad del ser pecador, debe ocultarse… porque sino todos miran mis intenciones torcidas. No se trata del “pudor”, se trata de que los “taparrabos” (las vestiduras del rey Salomón), por más bien hechos que estén, no pueden nunca tapar la podredumbre interna. El hombre, aunque lo disimule, siempre está desnudo delante de Dios.
11El replicó: “¿Y quién te dijo que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol que yo te prohibí?”.
Dios se da cuenta de todo. Ahora sabe muy bien que su ley ha sido violada. Es que el hombre ya no es, ni volverá a ser el mismo que él ha creado. El conocimiento de las cosas y su utilización sin responsabilidad solo lleva a perder la identidad, a necesitar escondernos.
12El hombre respondió: “La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él”. 13El Señor Dios dijo a la mujer: “¿Cómo hiciste semejante cosa?”. La mujer respondió: “La serpiente me sedujo y comí”.
Aquí comienza la cadena de “favores”. Cuando no hacemos las cosas bien empezamos a mirar para todos lados y así echarle la culpa a los demás. Si un joven tiene buena nota en un examen dice: “me saqué un diez”. Si tiene mala nota dice: “me pusieron un uno”. Cuando las cosas van bien somos nosotros, y nadie más que nosotros, los que hicimos correctamente todo. Cuando las cosas nos van mal, son los demás los culpables de esa maldad. Del hombre a la mujer, de la mujer a la serpiente… la culpa se remonta rió arriba buscando alguien que se quede con ella… imaginemos a la serpiente mirando para ambos lados buscando a quién culpar y darse cuenta que, en la cadena, ya no queda nadie. El autor yavista muestra hasta que punto nuestra psicología no ha cambiado para nada.
14Y el Señor Dios dijo a la serpiente: “Por haber hecho esto, maldita seas entre todos los animales domésticos y entre todos los animales del campo. Te arrastrarás sobre tu vientre, y comerás polvo todos los días de tu vida. 15Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. El te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón”.
Esta condenación a la serpiente es solo una búsqueda de explicar “etiológicamente” la situación actual del reptil. Muchos dicen que las serpientes tenían alas antes de la caída original (contrariando la evolución biológica: de nuevo hay que decirlo: el relato no puede concordarse con la ciencia… este relato es “religioso” y no “científico”). Maurice de Concagnac[14] nos dice:
La antigua iconografía de Oriente revela la existencia de seres compuestos, que poseen un cuerpo de serpiente y están dotados de alas. (Cf. Is 6, 2)
Un ejemplo en Egipto[15]:
No es difícil de imaginar que entre tanta iconografía de serpientes aladas (en el actual México está la representación de quetzacoatl, una serpiente alada) el yavista observara que las imágenes mostraban no solo la representación de otras religiones, probablemente muchas de ellas traídas por las mujeres de Salomón, sino que también mostraban algo que no ocurría en la realidad: las serpientes no tienen alas. Entonces la pregunta: ¿si las religiones paganas dicen que las serpientes tiene alas por qué nunca vemos una serpiente con alas (salvo en sus esculturas)? La respuesta: Por el pecado en el origen de los tiempos las serpientes perdieron su capacidad de volar (que es lo mismo que decir que perdieron capacidad de relacionarse con las cosas altas y divinas) para ser solamente seres que se arrastran por el suelo. Vemos como se quita contenido “mitológico” a estos animales porque se nos sitúan, en primer lugar, como animales comunes y silvestres y, en segundo lugar, se los muestra como desposeídos de sus atributos espirituales.
La lucha final es una constatación de la vida diaria: las serpientes muerden los talones de los desprevenidos caminantes y la gente, por miedo, las mata pegándoles e la cabeza.
16Y el Señor Dios dijo a la mujer: “Multiplicaré los sufrimientos de tus embarazos; darás a luz a tus hijos con dolor. Sentirás atracción por tu marido, y él te dominará”. 17Y dijo al hombre: “Porque hiciste caso a tu mujer y comiste del árbol que yo te prohibí, maldito sea el suelo por tu culpa. Con fatiga sacarás de él tu alimento todos los días de tu vida. 18El te producirá cardos y espinas y comerás la hierba del campo. 19Ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, de donde fuiste sacado. ¡Porque eres polvo y al polvo volverás!”. 20El hombre dio a su mujer el nombre de Eva, por ser ella la madre de todos los vivientes. 21El Señor Dios hizo al hombre y a su mujer unas túnicas de pieles y los vistió. 22Después el Señor Dios dijo: “El hombre ha llegado a ser como uno de nosotros en el conocimiento del bien y del mal. No vaya a ser que ahora extienda su mano, tome también del árbol de la vida, coma y viva para siempre”. 23Entonces expulsó al hombre del jardín de Edén, para que trabajara la tierra de la que había sido sacado. 24Y después de expulsar al hombre, puso al oriente del jardín de Edén a los querubines y la llama de la espada zigzagueante, para custodiar el acceso al árbol de la vida.
Esta parte final nos muestra, también, la situación de la mujer en la vida cotidiana de Israel… el autor no legitimiza que la mujer sea considerada como objeto, o sea dominada. Solamente constata esta realidad y la explica por esta falta original de los comienzos. “Son las consecuencias del pecado”, pareciera decir.
El Vocabulario de teología bíblica (Ed. X. Léon-Dufour), Herder, Barcelona 198513 nos habla de Eva, de la fecundidad en la mujer y de la imagen de la mujer en el AT, leamos:
Los tres primeros capítulos del Génesis constituyen como un prólogo al conjunto del Pentateuco. Pero no tienen una sola procedencia; fueron escritos en dos tiempos y por dos redactores sucesivos, el yahvista (Gén 2-3) y el sacerdotal (Gén 1). Por otra parte sorprende bastante comprobar que no dejaron la menor huella en la literatura hasta el siglo II antes de J.C. entonces, como causa de la muerte del hombre, el Eclesiástico denuncia a la mujer (Eclo 25, 24), y la Sabiduría, al diablo (Sap 2, 24). Sin embargo, estos mismos relatos condensan una experiencia secular, lentamente elaborada, algunos de cuyos elementos se pueden descubrir en la tradición profética y sapiencial. (Pág. 46).
En 1Cor 15, 54-49 opone Pablo vivamente los dos tipos según los cuales estamos constituidos; el primer hombre, Adán, fue hecho alma viva, terrena, psíquica; “el último Adán es un espíritu que da la vida”, pues es celestial, espiritual. Al cuadro de los orígenes corresponde el del fin de los tiempos, pero un abismo separa la segunda creación de la primera, lo espiritual de lo carnal, lo celestial de lo terrenal.
En Rm 5, 12-21, dice Pablo explícitamente que Adán era “la figura del que debía venir”. Apoyándose en la convicción de que el acto del primer Adán tuvo un efecto universal, la muerte (cf. 1Cor 15, 21s), afirma asimismo la acción redentora de Cristo, segundo Adán. Pero marca netamente las diferencias: en Adán, la desobediencia, la condenación y la muerte; en Jesucristo, la obediencia, la justificación y la vida. Además, por Adán entró el pecado en el mundo; por Cristo, sobreabundó la gracia, cuya fuente es él mismo.
Finalmente, la unión fecunda de Adán y Eva, anunciaba la unión de Cristo y de la Iglesia; ésta, a su vez, viene a ser el misterio en que se funda el matrimonio cristiano (Ef 5, 25-33; cf. 1Cor 6, 16). (Pág. 47).
II. LAS PERVERSIONES DEL DESEO. El deseo, por ser algo esencial y que no se puede desarraigar, puede ser para el hombre una tentación permanente y peligrosa. Si Eva pecó, fue por dejarse seducir por el árbol prohibido, que era “bueno para comerse, hermoso a la vista” (Gén 3, 6). La mujer, por haber así cedido a su deseo, en adelante será víctima del deseo que la impulsa hacia su marido y sufrirá la ley del hombre (3, 16). En la humanidad es el pecado como un deseo selvático pronto a saltar y que hay que tener a raya con la fuerza (4, 7). Este deseo desencadenado es la apetencia o concupiscencia, “concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, soberbia de la riqueza” (1Jn 2, 16; cf. Sant 1, 14s) y su reino en la humanidad es el mundo, reino de Satán.
La Biblia, historia del hombre, está llena de estos deseos que arrastran al hombre; como palabra de Dios describe sus funestas consecuencias. En el desierto, Israel, que sufría de hambre, en lugar de alimentarse de la fe en la Palabra de Dios (Dt 8, 1-5), no piensa sino en llorar por las carnes de Egipto y en echarse sobre las codornices, y los culpables perecen, víctimas de su concupiscencia (Núm 11, 4. 34). David, cediendo a su deseo, se apodera de Betsabé (2 Sam 11, 2ss), desencadenando una serie de ruinas y de pecados. Ajab, por haber seguido el consejo de Jezabel y cedido así a su deseo despojando a Nabot de su viña, condena a muerte a su dinastía (1 Re 21), los dos ancianos desean a Susana “hasta perder la cabeza” (Dan 13, 8. 20) y pagan con su vida este pecado.
La ley, todavía más categóricamente, apuntando al corazón, fuente de pecado, prohíbe el deseo culpable: “No codiciarás la casa… la mujer… de tu prójimo” (Éx 20, 17). Jesús no creará esta exigencia, sino que revelará su alcance (Mt 5, 28). (Pág 224-225)
FECUNDIDAD
Dios, cuya plenitud sobreabundante es fecundidad por encima de toda medida, creó a Adán a su imagen, a la imagen del Hijo único que por sí solo agota la fecundidad divina y eterna.
Para realizar este misterio el hombre, al transmitir la vida comunica al curso del tiempo su propia imagen, sobreviviendo así en las generaciones.
- I. EL LLAMAMIENTO A LA FECUNDIDAD. En el fondo de las edades resuena sin cesar el llamamiento de Dios: “¡Crezcan y multiplíquense!”, y la criatura va llenando la tierra.
- 1. La orden y la bendición. Dios, al llamar da la forma de responder. Tal es el sentido de la bendición que, después de haber invadido la tierra, las plantas y los animales, da a l hombre y a la mujer el encargo de “crear” seres a su propia imagen. Gozo de la fecundidad que se expresa por Eva, la madre de los vivientes, en el momento de su primer parto: “He obtenido un hijo de Yahvé” (Gén 4, 1). El libro del Génesis es la historia de las generaciones del hombre: genealogías, anécdotas, nacimientos deseados, difíciles, imposibles, proyectos de matrimonio, una verdadera carrera en la procreación. Es como una sinfonía desarrollando el acorde fundamental fijado por el Señor al alborear los tiempos… el Señor va marcando esta historia con bendiciones que, además de la tierra prometida, anuncian una “posteridad tan numerosa como las estrellas del cielo y como las arenas a orillas del mar” (Gén 22, 17). Lo mismo sucedería a la Jerusalén de después del exilio, que ve a sus hijos venir hacia ella desde lejos (Is 49, 21; 54, 1ss; 60,15; 62, 4). (Pág. 334-335)
MADRE
La madre, dando la vida, ocupa un puesto distinguido en la existencia ordinaria de los hombres y también en la historia de salvación.
I. LA MADRE DE LOS HUMANOS. La que da la vida debe ser amada, pero el amor que se le tiene debe también transfigurarse, a veces hasta el sacrificio, a ejemplo de Jesús.
1. El llamamiento a la fecundidad. Adán, al llamar a su mujer “Eva” significa su vocación de “madre de los vivientes” (Gén 3, 20). El Génesis narra cómo se realizó esta vocación a pesar de las más desfavorables circunstancias. Así Sara recurre a una estratagema (16, 1s), las hijas de Lot a un incesto (19, 30-38), Raquel a un chantaje: “Dame hijos, porque si no, me muero”, grita a su marido; pero Jacob confiesa que no puede ponerse en el puesto de Dios (30, 1s). En efecto, sólo Dios que puso en el corazón de la mujer el deseo imperioso de ser madre, es el que abre y cierra el seno materno: sólo él puede triunfar de la esterilidad (1Sa 1, 2-2, 5).
2. La madre en el hogar. La mujer, una vez madre, salta de júbilo. Así Eva en su primer parto: “Por Yahvé he adquirido un hombre” (Gén 4, 1), júbilo que se perpetuará en el nombre de Caín (de la raíz hebrea “adquirir”). Asimismo “Isaac” evoca la risa de Sara en la ocasión de este nacimiento (Gén 21, 6), y “José” la esperanza que abriga Raquel de tener todavía otro hijo (30, 24). Por su maternidad no sólo entra en la historia de la vida, sino que inspira a su esposo un afecto más estrecho (Gén 29, 34). Finalmente como lo proclama el decálogo, debe ser respetada por sus hijos al igual que el padre (Éx 20, 12): las faltas para con ella merecen el mismo castigo (Éx 21, 17; Lev 20, 9; Dt 21, 18-21). Los Sapienciales insisten a su vez en el deber del respeto para con la madre (Prov 19, 26; 20, 20; 23, 22; Ecllo 3, 1-16), añadiendo que se la debe escuchar y que se deben seguir sus instrucciones (Prov 1, 8).
3. La reina madre. Una misión particular parece incumbir a la madre del rey, única que, a diferencia de la esposa, goza de un honor particular cerca del príncipe reinante. Se la llama la “gran señora”: así a Betsabé (1Re 2, 19; cf. 1Re 15, 31; 2Par 15, 16) o Atalia (2Re 11, 1s). este uso podría esclarecer la aparición de la maternidad en el marco del mesianismo regio; no carece de interés señalar la misión de la madre de Jesús, que ha venido a ser para la piedad “nuestra Señora”.
4. El sentido profundo de la maternidad. Con la venida de Cristo no se suprime el deber de piedad filial, sino que se le da cumplimiento: la catequesis apostólica lo mantiene claramente (Col 3, 20s; Ef 6, 1-4); Jesús truena contra los fariseos que lo eluden con vanos pretextos culturales (Mt 15, 4-9p). sin embargo, desde ahora, por amor a Jesús hay que saber rebasar la piedad filial coronándola con la piedad para con Dios mismo. Cristo vino a “separar a la hija de la madre” (Mt 10, 35) y promete el céntuplo a quien deje por él a su padre o a su madre (Mt 19, 29). Para ser digno de él hay que ser capaz de “odiar a su padre y a su madre” (Lc 14, 26), es decir, de amar a Jesús más que a los propios padres (Mt 10, 37).
Jesús mismo dio ejemplo de este sacrificio de los vínculos maternos. De 12 años, en el templo, reivindica frente a su madre el derecho a entregarse a los asuntos de su Padre (Lc 2, 49s). en Caná si bien otorga finalmente lo que le pide su madre, le da, sin embargo, a entender que no tiene ya por qué intervenir cerca de él, sea porque no ha sonado todavía la hora de su ministerio público, sea porque no ha llegado aún la hora de la cruz (Jn 2, 4). Pero si Jesús se distancia así de su madre, no es porque desconozca su verdadera grandeza; por el contrario, la revela en la fe de María. “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”, y señala con la mano a sus discípulos (Mt 12, 48ss); a la mujer que admiraba la maternidad carnal de María le insinúa incluso que ella misma es la fiel por excelencia, escuchando la Palabra de Dios y poniéndola en práctica (Lc 11, 27s). Jesús extiende esta maternidad de orden espiritual a todos sus discípulos cuando desde lo alto de la cruz dice al discípulo amado: “He ahí a tu madre” (Jn 19, 26s).
II. LA MADRE EN LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN. Las características de la madre se descubren, traducidas metafóricamente, ya para expresar una actitud divina, ya en el orden mesiánico, o para expresar la fecundidad de la Iglesia.
1. Ternura y sabiduría divina. Hay en Dios tal plenitud de vida que Israel le da los nombres de padre y de madre. Para expresar la misericordiosa ternura de Dios, rahamim designa las entrañas maternas y evoca la emoción visceral que experimenta la madre para con sus hijos (Sal 25, 6; 116, 5). Dios nos consuela como una madre (Is 66, 13), y si una madre fuera capaz de olvidar al hijo de sus entrañas, él no olvidará jamás a Israel (49, 15): Así Jesús que quiere reunir a los hijos de Jerusalén (Lc 13, 34).
La sabiduría, que es la palabra de Dios encargada de realizar sus designios (Sab 18, 14s) saliendo de su misma boca (Eclo 24, 3), se dirige a sus hijos como una madre (Prov 8-9), recomendándoles sus instrucciones, alimentándolos con el pan de la inteligencia, dándoles a beber su agua (Eclo 15, 2s), reconociendo en Jesús al que desempeña su papel: “Quién viene a mí no tendrá jamás hambre, quién creyere en mí no tendrá jamás sed” (Jn 6, 35; cf. 8, 47).
2. La madre del Mesías. El protoevangelio anuncia ya que es madre la mujer cuya prosperidad aplantará la cabeza de la serpiente (Gén 3, 15). Luego, en los relatos de esterilidad hecha fecunda por Dios, las mujeres que dieron posteridad a los patriarcas prefiguran remotamente a la virgen madre. Esta concepción virginal se insinúa en las profecías del Emmanuel (Is 7, 14) y de la que debe dar a luz (Miq 5, 2); en todo caso los evangelistas reconocieron aquí la profecía cumplida en Jesucristo (Mt 1, 23; Lc 1, 35s).
3. La madre de los pueblos. Jerusalén es la ciudad madre por excelencia (cf. 2Sam 20, 19), de la que los habitantes obtiene alimento y protección. De ella sobre todo derivan la justicia y el conocimiento de Yahvé. Como Rebeca, a quién se desea se multiplique en miles de miríadas (Gén 24, 60), vendrá a ser madre de todos los pueblos: “A Sión dicen todos: ´Madre`, pues todos han nacido en ella” (Sal 87, 5), ya sean de Israel o de las naciones. Después del castigo que la ha alejado de su esposo la vemos de nuevo colmada: “Lanza gritos de alegría estéril, la sin hijos…, porque los hijos de la abandonada son más numerosos que los hijos de la que tiene esposo” (Is 54, 1; Gál 4, 22-30). Hacia ella se lanzan “como palomas hacia el palomar” todos los pueblos de la tierra (Is 2, 1-5; 60, 1-8).
Pero Jerusalén, replegándose sobre sí misa, desechando a Cristo, fue infiel a esa maternidad espiritual (Lc 19, 41-44), y sus hijos podrán volverse contra ella para reprochárselo (cf. Os 2, 4). Por eso será suplantada por otra Jerusalén, la de lo alto, que es verdaderamente nuestra madre (Gál 4, 26), que desciende del cielo, de junto a Dios (Ap 21, 2). Esta ciudad nueva es la Iglesia, que engendra a sus hijos para la vida de hijos de Dios; es también cada comunidad cristiana en particular (2Jn 1). Está destinada a dar a Cristo la plenitud de su cuerpo y a reunir a todos los pueblos en el Israel espiritual (Ef 4, 13).
Loa apóstoles, participando de esta maternidad, son instrumentos de esta fecundidad, gozosa a través del dolor (cf. Jn 16, 20ss). Pablo dice a sus queridos gálatas que los engendra hasta que Cristo esté formado en ellos (Gál 4, 19), y recuerda a los tesalonicenses que los ha rodeado de cuidados como una madre que alimenta a sus hijos (1Tes 2, 7s). pero esta maternidad no vale sino por la de la mujer que vive sin cesar en los dolores y en el gozo del parto, figura tras la cual se perfilan todas las madres desde Eva, madre de los vivientes, hasta la Iglesia, madre de los creyentes, pasando por la madre de Jesús, María, nuestra madre (Ap 12). (Pág. 497-99).
V. MARÍA Y LA IGLESIA. Los datos precedentes se pueden reunir y prolongar en una breve síntesis de teología bíblica.
1. La Virgen. María, creyente tipo, llamada a la salvación en la fe por la gracia de Dios, rescatada por el sacrificio de su hijo como todos los miembros de nuestra raza, ocupa, sin embargo, un puesto aparte en la Iglesia. En ella vemos el misterio de la Iglesia vivido en su plenitud por un alma que acoge la palabra divina con toda su fe. La Iglesia es la esposa de Cristo (Ef 5, 32), una esposa virgen (cf. Ap 21, 2, a la que Cristo mismo santificó purificándola (Ef 5, 25ss). Toda alma cristiana, participando en esta vocación, “se desposa con Cristo como una virgen pura” (2Cor 11, 2). Ahora bien, la fidelidad de la Iglesia a este llamamiento divino se transparenta primeramente en María., y esto en la forma más perfecta. Es todo el sentido de la virginidad, a la que Dios la ha invitado y que su maternidad no ha disminuido, sino consagrado. En ella se revela así al nivel de la historia, la existencia de esta Iglesia Virgen, que con su actitud adopta la posición opuesta a la de Eva (cf. 2Cor 11, 3).
2. La Madre. Además, respecto a Jesús se halla María en una situación especial que no pertenece a ningún otro miembro de la Iglesia. Es la madre; es el punto de la humanidad en que se realiza el parto del Hijo de Dios. Esta función es la que permite asimilarla a la hija de Sión (Sof 3, 14; Lc 1, 28), a la nueva Jerusalén, en su función materna. Si la nueva humanidad es comparable a la mujer, cuyo primogénito es Cristo cabeza (Ap 12, 5), ¿se podrá que tal misterio se cumplió concretamente en María, que esta mujer y esta madre no es un puro símbolo, sino que gracias a María ha tenido una existencia personal? Todavía en este punto, el nexo de María y de la Iglesia se afirma con tal fuerza que, tras la mujer arrebatada por Dios a los ataques de la serpiente (Ap 12, 13-16), contrapartida de Eva engañada por la misma serpiente (2Cor 11, 3; Gén 3, 13), se perfila María al mismo tiempo que la Iglesia, puesto que tal fue su misión en el designio de la salvación. Por eso la tradición ha visto con toda razón en María y en la Iglesia, conjuntamente, a la “nueva Eva”, así como Jesús es el “nuevo Adán”. (Pág 512-513).
MUJER
En los códigos de Israel, como en los del antiguo Oriente Medio, la condición de la mujer sigue siendo la de una menor de edad: su influencia queda vinculada a su función maternal. Pero Israel se distingue por su fe en Dios creador, que afirma la igualdad fundamental de los dos sexos. Sin embargo, la verdadera situación de la mujer sólo fue revelada con la venida de Cristo; en efecto, si según el orden de la nueva creación puede también realizarse por la virginidad.
AT. ESPOSA Y MADRE.
1. En el paraíso terrenal. Los sexos son un dato fundamental de la naturaleza humana: “el hombre fue creado como varón y hembra” (Gén 1, 27). Esta fórmula abreviada del redactor sacerdotal supone el relato yahvista, en el que se expone la doble misión de la mujer con relación al hombre.
La mujer, a diferencia de los animales, tomada de lo más íntimo de Adán, tiene la misma naturaleza que él: tal es la comprobación del hombre delante de la criatura que Dios le presenta. Además, Adán, respondiendo al designio divino de darle “una ayuda semejante a él” (2, 18), se reconoce en ella; al nombrarla se da un nombre a sí mismo: ante ella, él no es sencillamente Adán: él es ish, y ella, isshah. En el plano de la creación, la mujer completa al hombre, haciéndolo su esposo. Esta relación hubiera debido mantenerse perfectamente igual en la diferencia, pero el pecado la desnaturalizó sometiendo la esposa a su marido (3, 16).
La mujer no sólo da principio a la vida de sociedad; es también la madre de todos los vivientes. Al paso que numerosas religiones asimilan fácilmente la mujer a la tierra, la Biblia la identifica más bien con la vida: la mujer es, según el sentido de su nombre de naturaleza, Eva “la viviente” (3, 20). Si por causa del pecado no transmite la vida sino a través del sufrimiento (3, 16), sin embargo, triunfa de la muerte facilitando la perpetuidad de la raza; y para mantenerse en esta esperanza sabe que un día su posteridad aplastará la cabeza de la serpiente, que es el enemigo hereditario (3, 15).
2. En la historia sagrada. Mientras llega este día bendito, la misión de la mujer queda limitada. Desde luego, en casa sus derechos parecen igualar a los del hombre, por lo menos respecto a los hijos, a los que ella educa; pero la ley la mantiene en segundo rango. La mujer no participa oficialmente del culto; aunque también pueda regocijarse públicamente durante las fiestas (Éx 15, 20s; Dt 12, 12; Jue 21, 21; 2Sam 6), sin embargo, no ejerce función sacerdotal; las peregrinaciones prescritas sólo obligan a los hombres (Éx 23, 17); la esposa está incluso autorizada a dedicarse a las ocupaciones domésticas el día sábado (Éx 20, 10). Fuera del culto pone la ley mucho empeño en proteger a la mujer, sobre todo en su esfera propia, la vida; ¿no es ella misma la presencia de la vida fecunda acá abajo (p. e., Dt 25, 5-10? El hombre debe respetarla en su ritmo de existencia (Lev 20, 18); hasta tal punto la respeta que le exige un ideal de fidelidad en el matrimonio, al que él mismo no se sujeta.
En el transcurso de la historia de la alianza, ciertas mujeres desempeñaron una misión importante, tanto para el bien como para el mal. Las mujeres extranjeras desviaron el corazón de Salomón hacia sus dioses (1Re 11, 1-8; cf. Eclo 7, 26; Eclo 47, 19); Jezabel revela el poder de una mujer sobre la religión y la moral de su esposo (1Re 18, 13; 19, 1s; 21, 25s); se da el caso de niños que conocen la lengua de su madre y “ya no saben hablar judío” (Neh 13, 23s). la mujer parece disponer a su arbitrio de la vida religiosa que ella no ejerce oficialmente en el culto. Al revés al lado de estos ejemplos nos hallamos con las mujeres de los patriarcas que muestran su laudable entusiasmo por la fecundidad. Tenemos también a las heroínas: mientras les está vedado el acceso al culto, el espíritu de Yahvé invade a algunas de ellas, transformándolas al igual que a los hombres en profetisas, mostrando que sus exo no es un obstáculo para la irrupción del Espíritu: así Miriam (Éx 15, 20s), Débora y Yael (Jue 4, 4-5. 31), Hulda (2Re 22, 14-20).
3. En la reflexión de los sabios. Raras, pero no menos tiernas, son las máximas sobre las mujeres atribuidas a mujeres (Prov 31, 1-9); el retrato bíblico de la mujer está firmado por hombres; si no es siempre halagüeño, no se puede decir que sus autores sean misóginos. La severidad del hombre para con la mujer es el precio de la necesidad que tiene de ella. Así describe su sueño: “hallar una mujer es hallar la felicidad” (Prov 18, 22; cf. 5, 15-18), es tener “una ayuda semejante a sí mismo”, un apoyo sólido, una cerca para sus posesiones, un nido contra la invitación al extravío (Eclo 36, 24-27); es hallar, además de la fuerza masculina que le hace orgulloso, la gracia personificada (Prov 11, 16); pero ¿qué decir si tal mujer es además valiente (Prov 12, 4; 31, 10-31)? Basta recordar la descripción de la esposa en el Cantar de los cantares (Cant 4, 1-5; 7, 2-10).
Más el hombre que tiene experiencia teme la fragilidad esencial de su compañera. La belleza no basta (Prov 11, 22); es incluso peligrosa cuando se une con la astucia de una Dalila (Jue 14, 15ss; 16, 4-21), cuando seduce al hombre sencillo (Eclo 9, 1-9; cf. Gén 3, 6). Las hijas no dan pocas preocupaciones a sus padres (Eclo 42, 9ss); el hombre que se permite no pocas libertades fuera de la mujer de sus años jóvenes (cf. Prov 5, 15-20), teme la versatilidad de la mujer, su propensión al adulterio (Eclo 25, 13-26, 18); deplora que la mujer se muestre vanidosa (Is 3, 16-24), “loca” (Prov 9, 13-18; 19, 14; 11, 22), pendenciera, desapacible y mohína (Prov 19, 13; 21, 9. 19; 27, 15s).
No habría que limitar a estos cuadros de costumbre la inteligencia que los sabios tenían de la mujer. Ésta es, en efecto, figura de la sabiduría divina (Prov 8, 22-31); manifiesta además la fuerza de Dios, que se sirve de instrumentos débiles para procurar su gloria. Ya Ana magnificaba al Señor de los humildes (1Sam 2); Judit muestra, como profetisa en funciones, que todos pueden contar con la protección de Dios; su belleza, su prudencia, su habilidad, su valor y su castidad en la viudez hacen de ella un tipo cabal de la mujer según el designio de Dios en el AT. (Pág. 568-70).
(Para saber más sobre el pecado original)
Textos del Catecismo y del Papa Benedicto XVI sobre el pecado original:
Precisamente en la fiesta de la Inmaculada Concepción brota en nosotros la sospecha de que una persona que no peca para nada, en el fondo es aburrida; que le falta algo en su vida: la dimensión dramática de ser autónomos; que la libertad de decir no, el bajar a las tinieblas del pecado y querer actuar por sí mismos forma parte del verdadero hecho de ser hombres; que sólo entonces se puede disfrutar a fondo de toda la amplitud y la profundidad del hecho de ser hombres, de ser verdaderamente nosotros mismos; que debemos poner a prueba esta libertad, incluso contra Dios, para llegar a ser realmente nosotros mismos. En una palabra, pensamos que en el fondo el mal es bueno, que lo necesitamos, al menos un poco, para experimentar la plenitud del ser.
Pensamos que Mefistófeles -el tentador- tiene razón cuando dice que es la fuerza “que siempre quiere el mal y siempre obra el bien” (Johann Wolfgang von Goethe, Fausto I, 3). Pensamos que pactar un poco con el mal, reservarse un poco de libertad contra Dios, en el fondo está bien, e incluso que es necesario.
Pero al mirar el mundo que nos rodea, podemos ver que no es así, es decir, que el mal envenena siempre, no eleva al hombre, sino que lo envilece y lo humilla; no lo hace más grande, más puro y más rico, sino que lo daña y lo empequeñece. En el día de la Inmaculada debemos aprender más bien esto: el hombre que se abandona totalmente en las manos de Dios no se convierte en un títere de Dios, en una persona aburrida y conformista; no pierde su libertad. Sólo el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien. El hombre que se dirige hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, porque gracias a Dios y junto con él se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente él mismo. El hombre que se pone en manos de Dios no se aleja de los demás, retirándose a su salvación privada; al contrario, sólo entonces su corazón se despierta verdaderamente y él se transforma en una persona sensible y, por tanto, benévola y abierta.
Cuanto más cerca está el hombre de Dios, tanto más cerca está de los hombres. Lo vemos en María. El hecho de que está totalmente en Dios es la razón por la que está también tan cerca de los hombres. Por eso puede ser la Madre de todo consuelo y de toda ayuda, una Madre a la que todos, en cualquier necesidad, pueden osar dirigirse en su debilidad y en su pecado, porque ella lo comprende todo y es para todos la fuerza abierta de la bondad creativa.
En ella Dios graba su propia imagen, la imagen de Aquel que sigue la oveja perdida hasta las montañas y hasta los espinos y abrojos de los pecados de este mundo, dejándose herir por la corona de espinas de estos pecados, para tomar la oveja sobre sus hombros y llevarla a casa.
Como Madre que se compadece, María es la figura anticipada y el retrato permanente del Hijo. Y así vemos que también la imagen de la Dolorosa, de la Madre que comparte el sufrimiento y el amor, es una verdadera imagen de la Inmaculada. Su corazón, mediante el ser y el sentir con Dios, se ensanchó. En ella, la bondad de Dios se acercó y se acerca mucho a nosotros. Así, María está ante nosotros como signo de consuelo, de aliento y de esperanza. Se dirige a nosotros, diciendo: ”Ten la valentía de osar con Dios. Prueba. No tengas miedo de él. Ten la valentía de arriesgar con la fe. Ten la valentía de arriesgar con la bondad. Ten la valentía de arriesgar con el corazón puro. Comprométete con Dios; y entonces verás que precisamente así tu vida se ensancha y se ilumina, y no resulta aburrida, sino llena de infinitas sorpresas, porque la bondad infinita de Dios no se agota jamás”.
En este día de fiesta queremos dar gracias al Señor por el gran signo de su bondad que nos dio en María, su Madre y Madre de la Iglesia. Queremos implorarle que ponga a María en nuestro camino como luz que nos ayude a convertirnos también nosotros en luz y a llevar esta luz en las noches de la historia. Amén.[16]
Catecismo de la Iglesia Católica:
385 Dios es infinitamente bueno y todas sus obras son buenas. Sin embargo, nadie escapa a la experiencia del sufrimiento, de los males en la naturaleza -que aparecen como ligados a los límites propios de las criaturas-, y sobre todo a la cuestión del mal moral. ¿De dónde viene el mal? “Quaerebam unde malum et non erat exitus” (”Buscaba el origen del mal y no encontraba solución”) dice S. Agustín (conf. 7,7.11), y su propia búsqueda dolorosa sólo encontrará salida en su conversión al Dios vivo. Porque “el misterio de la iniquidad” (2 Ts 2,7) sólo se esclarece a la luz del “Misterio de la piedad” (1 Tm 3,16). La revelación del amor divino en Cristo ha manifestado a la vez la extensión del mal y la sobreabundancia de la gracia (cf. Rm 5,20). Debemos, por tanto, examinar la cuestión del origen del mal fijando la mirada de nuestra fe en el que es su único Vencedor (cf. Lc 11,21-22; Jn 16,11; 1 Jn 3,8).
I Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia
La realidad del pecado
386 El pecado está presente en la historia del hombre: sería vano intentar ignorarlo o dar a esta oscura realidad otros nombres. Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios, aunque continúe pesando sobre la vida del hombre y sobre la historia.
387 La realidad del pecado, y más particularmente del pecado de los orígenes, sólo se esclarece a la luz de la Revelación divina. Sin el conocimiento que ésta nos da de Dios no se puede reconocer claramente el pecado, y se siente la tentación de explicarlo únicamente como un defecto de crecimiento, como una debilidad sicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, etc. Sólo en el conocimiento del designio de Dios sobre el hombre se comprende que el pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente.
El pecado original: una verdad esencial de la fe
388 Con el desarrollo de la Revelación se va iluminando también la realidad del pecado. Aunque el Pueblo de Dios del Antiguo Testamento conoció de alguna manera la condición humana a la luz de la historia de la caída narrada en el Génesis, no podía alcanzar el significado último de esta historia que sólo se manifiesta a la luz de la Muerte y de la Resurrección de Jesucristo (cf. Rm 5,12-21). Es preciso conocer a Cristo como fuente de la gracia para conocer a Adán como fuente del pecado. El Espíritu-Paráclito, enviado por Cristo resucitado, es quien vino “a convencer al mundo en lo referente al pecado” (Jn 16,8) revelando al que es su Redentor.
389 La doctrina del pecado original es, por así decirlo, “el reverso” de la Buena Nueva de que Jesús es el Salvador de todos los hombres, que todos necesitan salvación y que la salvación es ofrecida a todos gracias a Cristo. La Iglesia, que tiene el sentido de Cristo (cf. 1 Cor 2,16) sabe bien que no se puede lesionar la revelación del pecado original sin atentar contra el Misterio de Cristo.
Para leer el relato de la caída
390 El relato de la caída (Gn 3) utiliza un lenguaje hecho de imágenes, pero afirma un acontecimiento primordial, un hecho que tuvo lugar al comienzo de la historia del hombre (cf. GS 13,1). La Revelación nos da la certeza de fe de que toda la historia humana está marcada por el pecado original libremente cometido por nuestros primeros padres (cf. Cc. de Trento: DS 1513; Pío XII: DS 3897; Pablo VI, discurso 11 Julio 1966).
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