Lectio Divina del 29 de Junio de la Solemnidad de Pedro y Pablo, Apóstoles
June 25th, 2008 No CommentsLectio Divina del 29 de Junio de la Solemnidad de Pedro y Pablo, Apóstoles
Hechos de los apóstoles 12, 1-11; Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 ; san Pablo a Timoteo 4, 6-8. 17-18;
Mateo 16, 13-19: Un testimonio firmado con la propia sangre.
“Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…
Dichoso tu, Simón hijo de Juan por que no te ha revelado esto la carne.
Ni la sangre, sino mi Padre que esta en los cielos”
“Donde está Pedro,
allí está la Iglesia”
(San Ambrosio)
Pedro y Pablo, dos columnas de la Iglesia, maestros inseparables de fe y de inspiración cristiana por su autoridad, son sinónimo de todo el colegio apostólico. A Simón Pedro, pescador de Betsaida (cf. Le 5,3; Jn 1,44), Jesús le llamó Kefas-Piedra y le dio el encargo de guiar y confirmar a los hermanos, a pesar de su frágil temperamento. Su característica distintiva es la confesión de la fe. Es uno de los primeros testigos del Jesús resucitado y, como testigo del Evangelio, toma conciencia de la necesidad de abrir la Iglesia a los gentiles (Hch 10-11).
Pablo de Tarso, perseguidor de la Iglesia y convertido en el camino de Damasco, es un hombre de espíritu vivaz y brillante formación, que recibió de los mejores maestros. Animado por una gran pasión por Cristo, recorrió con su dinamismo el Mediterráneo anunciando el Evangelio de la salvación.
Ambos recibieron en Roma la palma del martirio y la unidad en la caridad, convirtiéndose en ejemplo de diálogo entre institución y carisma.
Oración inicial
Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz , que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Tí, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.
Una clave para comprender las lecturas del día
Hechos de los apóstoles 12, 1-11
Estamos en tiempos de la persecución contra la Iglesia por obra de Herodes Agripa, en los años Pedro, como Jesús, fue arrestado durante los días pascua judía y encarcelado (cf. Lc 22,7). Lucas hace comprender la suerte que habría correspondido a Pedro si el Señor no hubiera intervenido con un milagro (vv. 1-4). Éste tiene lugar con la liberación de la cierta por medio de un ángel. El evangelista pone relieve, a continuación, la grandeza de la liberación de Pedro, toda ella obra de Dios, hasta tal punto que los cristianos no podían dar crédito a sus ojos. Dios manifiesta así su benevolencia con los primero un modo extraordinario.
El relato de la liberación del apóstol se partes. La primera nos cuenta lo que sucede en la prisión, donde duerme Pedro encerrado, y el procedimiento de su liberación por medio del ángel (vv. 7 y ss). En la segunda parte se describe cómo el ángel y Pedro recorren los caminos de la ciudad, mientras las puertas se abren fácilmente a su paso. Después de esto desaparece el ángel liberador (w. 9ss). Una vez salvado, dice Pedro: “Ahora me doy cuenta de que el Señor ha enviado a su ángel para librarme de Herodes y de sus maquinaciones que los judíos habían tramado contra mí”. Se reúne con su Iglesia, que estaba orando por él. Para Lucas, ésta es la pascua de Pedro, esto es, la liberación definitiva del mundo judío, y la liberación del cabeza de los apóstoles se convierte en un signo concreto de la salvación que deben llevar a los gentiles.
San Pablo a Timoteo 4, 6-8. 17-18
El fragmento nos presenta el testamento de Pablo, que siente ahora próxima su muerte. Tras hacer algunas recomendaciones a Timoteo, el apóstol nos hace conocer su estado de ánimo: se siente solo y abandonado por los hermanos, pero no víctima, tiene la conciencia tranquila y el Señor está con él. Ha conservado la fe y la vocación misionera, en fidelidad al mandato recibido. Es consciente de que ha «combatido el buen combate, [ha] concluido [su] carrera» (v. 7).
Se compara, entonces, con la «libación» que se de derramaba sobre las víctimas en los sacrificios antiguos: quiere morir como un verdadero luchador, tal como ha vivido, consciente de haberse entregado por completo a Dios y a los hermanos. Es consciente de que ahora le espera la victoria prometida al siervo fiel y también a todos los que “esperan con amor su venida gloriosa” (v. 8).
La conclusión del fragmento subraya los sentimientos personales del apóstol de los gentiles, su amor por la causa del Evangelio, su imitación de la persona de Cristo, y su conciencia de haber llevado a cabo la obra de salvación con los gentiles, a la que había sido llamado por el Señor (v. 17).
Sentido de la Solemnidad
“Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él”. La persecución no es un fantasma de gente paranoica. Es una bienaventuranza anunciada por el mismo Jesús. Pero, ¿qué hay de agradable en sentirse perseguido? Nos conviene recordar que las alegrías de Dios no coinciden “necesariamente” con la de los hombres. Los primeros cristianos sentían que sus cabezas estaban pendientes de un hilo. Y la manía del rey Herodes (y esto sí que era paranoia), por dar caza a los seguidores de Jesús, no era algo gratuito, sino que entraba dentro de los planes de Dios. Jesús no murió en la Cruz esbozando una sonrisa, pero sí que dijo: “Todo está cumplido”. Y, ¿qué era lo que le daba la fuerza necesaria para llevar hasta el extremo ese querer de Dios?: la oración.
Toda bienaventuranza, que supone escándalo para tantos, no es otra cosa sino un signo de contradicción para los que no saben (o no quieren) orar. Si llegáramos siquiera a percibir lo que supone un acto de amor de Dios, hecho desde la oración más sincera, los cimientos de este mundo temblarían. Pues bien, supongamos que en vez de ser una oración solitaria, se trata de toda la Iglesia orando incesantemente. Entonces, nada ni nadie podría contra los hijos de Dios. ¿Es que no se reza?, ¿es que se reza mal?… Estoy plenamente convencido de que si las cosas no van a peor es por la oración de tantos, en especial de aquellos, que han entregado sus vidas para interceder ante Dios por los hombres, mediante su existencia contemplativa.
“Date prisa, levántate”. La oración no tiene como finalidad permanecer pasivos ante las dificultades. Le sigue la acción. Es como el que pretende batir el record de los 100 metros lisos, pero sin preparación. Después de meses de entrenamientos, sacrificios y concentración, uno puede empezar a tener esperanzas de hacer algo digno en una carrera olímpica. La oración es ese tiempo constante y necesario (lleno también de sacrificios y renuncias personales), que nos habilita para poner a Dios en medio de nuestras actividades. El secreto de la oración es la perseverancia.
“El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo”. San Pedro y san Pablo, a quienes honramos especialmente hoy, estaban unidos mediante la oración. ¡Qué bien suenan estas palabras de san Pablo! No es una seguridad que provenga de una vida ganada a pulso por un mero esfuerzo personal (¡qué lejos está el Evangelio del voluntarismo!), sino que, mediante la oración, nuestros queridos apóstoles, aún reconociendo sus múltiples debilidades, trazaron la mayor de las verticales hasta el cielo. Traspasados por el amor de Dios, no cabía en ellos otra cosa sino el Espíritu Santo.
“Tú eres Pedro”. Hemos de dar gracias a Dios por tener un Papa, en donde la oración ocupa un lugar fundamental. Me emociono viendo al Santo Padre recogido en oración, y la cantidad de anécdotas que nos hablan de cómo cuida su trato personal con Dios. No tengamos apuro, la Iglesia está en buenas manos. Y ahora falta nuestra correspondencia. Al terminar de leer estas líneas te aconsejo que reces por las intenciones del Papa.
Leamos el Evangelio del día
13 Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?” 14 Ellos dijeron: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas.” 15 Díceles él: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?” 16 Simón Pedro contestó: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.” 17 Replicando Jesús le dijo: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. 18 Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. 19 A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.” 20 Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo. 21 Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día. 22 Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: “¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!” 23 Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: “¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!
Introducción
Mateo nos narra hoy la profesión de fe de Pedro con más detalles que los otros sinópticos, en lo que se refiere a la Persona de Jesús y al discípulo que acoge su misterio.
El lugar concreto donde Jesús es reconocido por los suyos es precisamente Cesarea de Filipo, el lugar quizás más alejado de Jerusalén y reconocido abiertamente como región pagana.
Siguiendo el ritmo del Evangelio de Mateo nos colocamos hoy ante la experiencia de fe más alta y más clara. Después (1) del cuadro negativo de los paisanos de Nazareth, (2) de las interpretaciones erradas del rey Herodes, (3) de la fe en progreso del mismo Pedro y (4) del grito de ayuda reconocido como auténtica expresión de fe la mujer cananea, nos colocamos hoy (5) ante la confesión de fe de Simón Pedro.
El contexto del texto
El contexto inmediatamente anterior es importante. Esta quinta escena se presenta en contraluz con dos relatos previos en los que los fariseos y saduceos:
(1) Son reprendidos por Jesús por pedir un signo para creer (Mt 16,1-4), y de hecho Él no les da un signo diferentes de los de su misión (explorar los signos de los tiempos);
(2) Son puestos como ejemplo de la actitud y de la doctrina que no hay que seguir (Mt 16,5-12).
El evangelista también está suponiendo que conocemos todo el itinerario de Jesús que ha venido narrando y que comprendemos que éste es el punto de llegada de su actividad precedente.
Curiosamente Jesús nunca les pidió a sus discípulos que le dieran una opinión sobre sus discursos o sobre las obras de poder que realizaba sino únicamente sobre su propia persona. Para Jesús esto es importante: ¿qué están comprendiendo acerca de su identidad? Es de esta manera que los quiere conducir hacia un conocimiento claro y profundo, del cual brota una confesión de fe sin equívocos. Pues bien, en el centro del evangelio no está tanto su anuncio sino la mismísima persona de Jesús.
Cuando Jesús pregunta qué opina la gente acerca de él, le responden: “Unos que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas” (16,14). La gente tiene a Jesús en una alta consideración, pero no pasa de una figura profética similar a la de los grandes profetas portavoces de Dios. Si esto es así, sería uno de tantos ya que muchos han venido antes y otros vendrán después. Con esta clasificación se deja entender que ya hay una gran valoración de Jesús pero que corre el peligro de no ir más allá de rotulaciones ya conocidas; por tanto la opinión pública no ha llegado todavía a lo que realmente importa: al descubrimiento de la relación inédita, única y particular, que Jesús tiene con Dios.
Cuando Jesús le solicita a los discípulos su propia opinión, Simón Pedro responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (16,16). El apóstol reconoce la doble relacionalidad que caracteriza de manera inequívoca a Jesús:
· Para el pueblo es el “Cristo” (Mesías): el único, el último y definitivo rey y pastor del pueblo de Israel, enviado por Dios para darle a este pueblo y a toda la humanidad la plenitud de vida (como ya se vio en la multiplicación de los panes y en los otros milagros).
· Para Dios es su “Hijo”: vive en una relación única, singular con Dios, caracterizada por el conocimiento recíproco, la igualdad y la comunión de amor entre el Padre entre ellos (ver 11,27).
Aquí no se habla de un Dios abstracto ni genérico, se trata del Dios viviente, el único verdadero y real, que es vida en sí mismo, que ha creado todo lo que es vida y con su inmenso poder vence la muerte. Jesús es el rey y pastor que en cuanto Hijo del Señor de la Vida se compromete con la vida de su pueblo, es el Mesías que profundamente ligado al poder vital mismo, al Dios viviente. Y el don de la vida será comunicado mediante la donación de la suya propia en el camino de la cruz.
El culmen del camino de la fe no es la confesión de boca sino la confesión con la vida. En la ruta de la cruz tomará cuerpo este tipo confesión de fe que precisaba, en primer lugar, pasar por los labios.
Habrá entonces que comenzar a caminar en esta segunda etapa con una apertura de mente y de corazón total ante el proyecto de Dios: la plenitud de vida que brota del misterio del dolor vivido en íntima comunión con el crucificado, donde toma sentido toda vida, todo proyecto, toda realización.
El ejemplo de Pedro puede ser muy ilustrativo para nosotros. Un buen día él permitió que el Maestro subiera a su barca para predicar desde ella. Le dejó de este modo, entrar en su vida.
Pedro aprendió cómo sus talentos, sus aspiraciones, sus logros no valían nada, si no los ponía a disposición de Jesucristo. Se dio cuenta de que si prescindía del Maestro, se quedaría sólo y con las redes de su vida vacías.
Pedro nos enseña que sólo si aceptamos que el Señor gobierne nuestras vidas podremos salir delante de todas las tempestades y tormentas de la vida. Dejemos que Dios gobierne nuestra barca, naveguemos siempre con Él, echemos en su Nombre, las redes de nuestros proyectos.
Por último consideremos que el diálogo entre Jesús y Pedro hay que trasladarlo a la vida de cada uno de nosotros. La pregunta de “¿Quién dices que soy yo?” se dirige a cada cristiano, porque el cristianismo no es un conjunto de doctrinas o de prácticas sino que es una respuesta personal e íntima a Cristo. Es una relación de amistad personal con el Señor.
Aprendamos de Pedro a creer firmemente en Jesús y a amarlo con todo nuestro corazón. Una manifestación auténtica de esta fe y amor a Cristo será nuestra fidelidad al Magisterio del Papa, sucesor de Pedro.
Un alto en el camino
Hasta este momento en el Evangelio, han sido los otros quienes continuamente se han puesto interrogantes sobre la Persona de Jesús: “¿Quién es éste a quien el viento y la mar obedecen?” (Mateo 8,27), “¿Quién es este que hasta perdona pecados?” (Marcos 2,7; ver Mateo 9,3).
Pero ahora es Jesús mismo quien interroga sobre sí a los discípulos, para hacer brotar la respuesta de la fe. La fe comienza justamente cuando dejamos de cuestionar al Señor y permitimos que sea el quien nos cuestione, nuestra respuesta será entonces la expresión viva de nuestra fe.
I. Dos misterios: del Maestro y del Discípulo
1. Entrando en el misterio del Maestro
Jesús interroga a los discípulos, pedagógicamente, en dos momentos sucesivos.
Primera pregunta: “¿Quién dice la gente que es el hijo del hombre?” (16,13).
“Hijo del hombre” es el titulo que más frecuentemente Jesús se aplica a sí mismo. Jesús prefiere siempre este titulo al de Mesías, porque está más relacionado con el del “siervo de Yahvé” que será rechazado y humillado, pero finalmente triunfará.
Con esta pregunta indirecta Jesús da a sus discípulos la oportunidad de expresar todo lo que han oído sobre el en el hablar común, dándole aquella respuesta genérica que no les compromete. “Ellos le dijeron: unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o algunos de los profetas” (7,14).
Las actitudes de Jesús acompañadas por signos, sus denuncias ante las autoridades religiosas y el rechazo a su Persona y a su mensaje, han dado motivos suficientes para que la gente lo considere como un profeta.
Jesús que parece no prestar atención a esta respuesta, va directamente al grano:
Segunda pregunta: “Y ustedes, ¿quien dicen que soy yo?” (16,15).
Con estas palabras Jesús se aplica a sí mismo el título de Hijo del hombre y los interpela directamente “Pero ustedes”, ustedes que escuchan mi palabra, ustedes que han creído en mi, que viven conmigo, ustedes que son mi comunidad, ¿qué dicen de mi?
Pedro, responde en nombre de todos. “Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo” (16).
La profesión de fe de Pedro es la profesión de nuestra fe cristiana. Jesús es el Cristo, el único Cristo, el Hijo de Dios, el Hijo amado del Padre, enviado al mundo para que en el tengamos la vida (ver Juan 3,16). Pedro ha sido, en este momento, admitido a participar en el secreto de Dios.
2. Entrando en el misterio del discípulo
Después de la respuesta de Pedro, Jesús hace caer en cuenta que ésta no proviene de la lógica o de la compresión humana; es una respuesta sugerida en el corazón por el Padre: “Dichoso tu, Simón hijo de Juan por que no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que esta en los cielos” (16,17).
Pedro ha sido el primero en recibir la revelación del misterio escondido a los sabios y a los inteligentes (11, 25-27), si bien después tendrá que reconocer que Jesús no era el Cristo que él pensaba y tendrá que aceptar, a pesar de su resistencia, que Él se revela como tal, justamente, en lo que el menos el esperaba: la muerte y muerte de cruz.
En esto podemos comprender porque Jesús pidió a sus discípulos que no le dijeran a nadie que Él era Cristo.
Esta Palabra tan cuestionante, nos ayuda a verificar hondamente la calidad de nuestra relación con Jesús, nuestra acogida de su Misterio y nuestra respuesta.
II. la solemnidad de Pedro y Pablo
La de hoy es una solemnidad que nos invita a reposar en la Palabra. El martirio de los apóstoles Pedro y Pablo nos da la ocasión para que nos pongamos de cara al misterio de la Iglesia.
1. Pedro y Pablo: dos caminos y un mismo destino
Una antigua y muy respetable tradición asocia a Pedro y Pablo. Partiendo de Jerusalén, cada uno de ellos llegó por sus propios medios a la capital del Imperio Romano -en ese momento “centro del mundo”- para animar las comunidades daban testimonio de Cristo en este lugar clave. Allí evangelizaron hasta que sellaron su ministerio apostólico en el martirio, hasta que firmaron su testimonio de Jesús predicado con su propia sangre.
Como cuenta el historiador Eusebio de Cesarea:
“Por último de sus iniquidades, el emperador Nerón declaró la primera persecución contra los cristianos cuando los santísimos Apóstoles, Pedro y Pablo fueron coronados en el combate por Cristo con la corona del martirio”.
Y también Sulpicio Severo:
“Por leyes se prohibió la religión y por edicto se declaró no ser lícito el cristianismo. Entonces fueron condenados a muerte Pedro y Pablo. A Pablo le cortaron a espada el cuello, a Pedro lo levantaron en una cruz”.
Dos martirios grabados en la memoria de la Iglesia
Cuando uno se pasea por las catacumbas romanas como humilde peregrino, uno no puede evitar el estremecimiento al ver los nombres de los dos apóstoles gravados el uno al lado del otro en los grafittis de los pasadizos subterráneos. También dos basílicas mayores en Roma llevan sus nombres. Uno los ve a los dos juntos, llevando en sus manos los instrumentos de su martirio: Pedro, la cruz invertida, porque según la tradición se declaró indigno morir de manera idéntica a su Maestro; Pablo, la espada con la que fue decapitado, probablemente en un sitio conocido como “Tres Fuentes”. Estas imágenes las vemos con frecuencia en los capiteles, vitrales, iconos y retablos.
Por esto no nos extraña que también en el calendario litúrgico de la Iglesia los encontremos asociados en la misma fiesta. Como dijo san Agustín: “Se celebra el mismo día la pasión de los dos apóstoles, pero los dos no hacen más que uno”.
Dos tipos distintos
Pero, ¿qué hay de común entre el humilde pescador de Galilea y el gran intelectual salido de la academia de Tarso y de la prestigiosa escuela de Gamaliel?
Pedro anduvo con Jesús de Nazareth por los caminos de Galilea, siguiéndolo con generosidad, tomando el liderazgo entre sus compañeros, sufriendo las consecuencias de la terquedad de su noble corazón. Él acompañó al Maestro hasta el fin, o mejor, casi hasta el fin, cuando su debilidad lo llevó a negarlo; pero su fidelidad fue finalmente la del amor primero de Jesús, porque la mirada misericordiosa del Señor le llegó bien hondo y lo llamó de nuevo.
Pablo no caminó con el Jesús terreno, ni escuchó sus parábolas, ni compartió con él la cena. Más bien -a pesar de que escuchó hablar de él- lo que hizo fue combatir a los cristianos que propagaban su memoria y afirmaban su resurrección. También él experimentó la misericordia del Resucitado, quien lo llamó en el camino de Damasco e hizo de él el intrépido apóstol que abrió tantos caminos al evangelio y formó muchas de las comunidades que todavía hoy siguen inspirando las nuestras.
Un camino de comunión
Pedro y Pablo, dos hombres bien diferentes en sus orígenes, formación y temperamento que, a pesar de sus resistencias, fueron ambos llamados y moldeados por las palabras y el Espíritu de Jesús. Pero el mismo Señor hizo que sus ministerios fueran complementarios y los constituyó en pilares de la Iglesia naciente.
Hay que destacar que el entendimiento entre ellos no fue fácil. Ambos tuvieron que aprender los caminos de la “comunión”, núcleo del evangelio. Por ejemplo, en Gálatas 2,9, Pablo cuenta con alegría como en la visita a Jerusalén Pedro, Santiago y Juan “nos tendieron la mano en señal de comunión”, pero también como luego tuvo que reprenderlo: “al ver que no procedía con rectitud, según la verdad del Evangelio, lo acusó de arrastrar a otros a “actuar la misma comedia” (ver 2,11-14).
La complementariedad entre los dos apóstoles es necesaria. En materia de “comunión”, la Iglesia no nació “sabida”, ella tuvo que aprender. Es bonito ver eso: a pesar de contar con las “memoria” de la palabras y dichos de Jesús, entre los primeros cristianos nadie sabía de una vez por todas lo que había que hacer en todas las circunstancias de la vida. Por eso, cuando tenían un problema, dialogaban entre ellos y, si era el caso, no tenían reparo en debatir algunos temas polémicos que iban surgiendo. Lo importante era que (1) lo hacían con una fidelidad total al Señor, sin apartar la mirada de Jesús; y (2) se dejaban orientar por los apóstoles. Así, la Iglesia primitiva, fue un verdadero volcán de amor, abierta dócilmente a la guía del Espíritu Santo, pronta para el servicio de la Palabra. Esta era la raíz de la comunión eclesial que fue animada por los apóstoles.
Hoy son motivo de fiesta
Dice una antigua antífona de la liturgia armena: “La Iglesia, hoy se regocija. Es la solemnidad de los Apóstoles que la adornaron con joyas sin precio, en la Gloria del Verbo hecho carne”.
La memoria de los apóstoles Pedro y Pablo no es de ninguna manera secundaria. Cada uno de ellos, con su propio carisma, de Jerusalén a Roma, siguieron el camino de la Palabra, para que la Buena Noticia de Jesús muerto y resucitado pudiera ser escuchada por todos, y para que con su enseñanza la vida en Jesús resucitado tomara forma en los nuevos ambientes en los que penetraba el Evangelio. Su ministerio amasó el pan de la Iglesia con la levadura del Evangelio.
Veinte siglos después de su muerte, nosotros seguimos en esa misma ruta, dejándonos impactar por el ímpetu de su testimonio e intentando aprender siempre de nuevo una vida de “comunión” en todos los niveles de la Iglesia.
2. La “Roca” de la Iglesia
El evangelio se centra en la persona de Pedro, el discípulo que Jesús ha venido educando progresivamente en la fe (ver Mateo 14,31).
La revelación de la filiación divina de Jesús (“el Hijo de Dios vivo”), que hace de Pablo un apóstol (ver Gálatas 1,16), constituye a Simón Pedro en la roca sobre la cual Jesús construirá su Iglesia, una roca que ni aún las fuerzas del mal conseguirán abatir. Su confesión de fe expresa el sentir de la Iglesia entera, su fe es clara e inequívoca
Esta escena se presenta en contraluz con dos relatos previos en los que los fariseos y saduceos: (1) son reprendidos por Jesús por pedir un signo para creer (Mateo 16,1-4; y él no les da un signo distinto a su persona); (2) son puestos como ejemplo de la actitud y de la doctrina que no hay que seguir (16,5-12).
2.1. Simón le dice a Jesús: “Tú eres…”
Después que le hacen el repaso de las diversas opiniones que la gente tiene acerca de él (16,13-14), Jesús les pregunta a los discípulos qué opinión tienen de Él. Entonces Simón Pedro responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (16,16).
En esta confesión de fe, el apóstol reconoce la doble relacionalidad que caracteriza de manera inequívoca a Jesús:
(1) Con relación al pueblo, Jesús es el Cristo (Mesías): el único, el último y definitivo rey y pastor del pueblo de Israel, enviado por Dios para darle a este pueblo y a toda la humanidad la plenitud de vida (como se vio en la multiplicación de los panes y los otros milagros).
(2) Con relación a Dios, Jesús es su Hijo: vive en una relación única, singular con Dios, caracterizada por el conocimiento recíproco, la igualdad y la comunión de amor entre el Padre y entre ellos (ver Mt 11,27).
El Dios que revela Jesús es calificado como “Dios viviente”. Con esto se quiere decir que se trata del único Dios, el verdadero y real, que es vida en sí mismo, que ha creado todo, que su inmenso poder vence la muerte.
Pero esto que Pedro dice de Dios tiene que ver directamente con Jesús. Jesús es el único Mesías que, profundamente ligado al poder vital mismo, al Dios viviente, está en capacidad concederle a la humanidad el bienestar verdadero, el crecimiento integral y armónico, y la plenitud de la existencia. Este don de la vida Jesús lo comunicará mediante su donación en el camino de la cruz.
2.2. Jesús le dice a Simón: “Tú eres…”
Una vez que Pedro confiesa la fe, Jesús se detiene en un bellísimo discurso dirigido a él. Notemos:
(1) Jesús se dirige a él con nombre propio y con su patronímico (nombre del papá) para indicar:
· Su plena realidad humana: “Simón”.
· Su origen y su historia: “Hijo de Jonás”.
(2) Jesús le revela el don extraordinario que hizo posible esta confesión: el Padre celestial le dio este conocimiento (ver 11,27; 17,5) que no se puede alcanzar únicamente por medios humanos. Simón no sólo ha sido llamado por Jesús sino que también ha sido privilegiado por el Padre, por eso tiene todos los motivos para ser “Bienaventurado”, es decir, “¡Feliz!”.
(3) Jesús le pone un nuevo nombre. Al “Tú eres” dicho por Simón a Jesús, Jesús le responde con otro “Tú eres” y le declara su nueva identidad: “Tú eres Pedro”, es decir “Roca”. Este término no aparecía antes en ninguna parte como nombre de persona, es una nueva creación de Jesús. Para Simón comienza una nueva vida.
(4) Jesús le da una nueva tarea. Con la nueva existencia Jesús le da una nueva responsabilidad (como sucede en Gn 17,5.15; Nm 13,16; 2 Re 24,17). Con tres imágenes Jesús describe la nueva tarea del apóstol:
· La Roca: una roca sobre la que Jesús edificará su Iglesia. La Iglesia es presentada como la comunidad de los que expresan la misma confesión de fe de Pedro. Pedro debe darle consistencia y firmeza a esta comunidad de fe. Por su parte Jesús le promete a la comunidad –la casa edificada sobre ella- una duración perenne y una gran solidez (ver la profecía de 2ª Samuel 7,1-17).
· Las Llaves: no significan que Pedro sea nombrado portero del cielo sino el administrador que representa al dueño de la casa ante los demás y que actúa por delegación suya. La imagen está tomada de Isaías 22,15-25, donde se describe el nombramiento de Eliakim como primer ministro del rey Ezequías de Judá. La imagen refuerza que Jesús sigue siendo el “Señor de la Iglesia”.
· El Atar y Desatar: es una imagen que indica la autoridad de su enseñanza (ver lo contrario en Mt 16,12). Pedro debe decir qué se permite y qué no en la comunidad; él tiene la tarea de acoger o excluir de ella. El punto de referencia de su enseñanza es la misma doctrina de Jesús; por ejemplo, en el Sermón de la Montaña Jesús ya ha establecido cuál es el comportamiento necesario para entrar en el cielo (ver 5,20; 7,21). Por esto, aunque su referencia constante es la Palabra de Jesús, la enseñanza de Pedro tiene valor vinculante.
Con sus palabras a Pedro, Jesús se declara una vez más como el Señor de la Iglesia. Jesús es su pastor y nunca la abandona sino que le da una guía con autoridad. En la Iglesia todo proviene de Jesús y apunta a Él. Es cierto que quien edifica la Iglesia es Jesús, Él es el fundamento, la piedra angular. Pedro debe hacer visible este fundamento y esta piedra siendo signo de unidad y de comunión entre todos los discípulos que confiesan la misma fe. Con razón decía San Ambrosio: “Ubi Petrus, Ibi Ecclesia”, es decir, “donde está Pedro, allí está la Iglesia”.
3. Saber decir: “Mi Iglesia”
¿Cómo resuenan en nuestros oídos las palabras del Maestro: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”?
Jesús dice “mi Iglesia”, en singular, no “mis Iglesias”. Él ha pensado y deseado una sola Iglesia, no una multiplicidad de Iglesias independientes, o peor, en conflicto entre ellas.
“Mía”, además de ser singular, es también un adjetivo posesivo. Jesús reconoce, por tanto, la Iglesia como “suya”, dice “mi Iglesia” como si un hombre dijera “mi esposa” o “mi cuerpo”. Se identifica con ella, no se avergüenza de ella. Sobre los labios de Jesús, la expresión “mi Iglesia” suena de manera idéntica.
En las palabras de Jesús, notamos un fuerte llamado a todos los discípulos de Jesús a reconciliarse con la Iglesia. Renegar de la Iglesia es como renegar de la propia madre.
“No puede tener a Dios por Padre”, decía san Cipriano, “quien no tiene a las Iglesia por Madre”. Un buen fruto de esta fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo sería que aprendiéramos a decir también nosotros los miembros de la Iglesia católica a la cual pertenecemos: “¡Mi Iglesia!”.
En síntesis..
La confesión de Pedro es un texto de gran importancia para la vida del cristianismo y se compone de dos partes: la respuesta de Pedro sobre el mesiaszgo de Jesús, Hijo de Dios (w. 13-16), y la promesa del primado que Jesús confiere a Pedro (w. 17-19). Por lo que respecta a la pregunta que dirige Jesús a sus discípulos, podemos subrayar dos puntos de vista: el de los hombres (v. 13: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»), con su apreciación humana, y el de Dios (v. 15: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?», con el correspondiente conocimiento sobrenatural.
La opinión de la gente del tiempo de Jesús reconocía en él a un profeta y a una personalidad extraordinaria (v. 14). La opinión de los Doce, en cambio, es la expresada por la confesión de fe de Pedro: Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios (cf. v. 16). Ahora bien, esa revelación es fruto exclusivo de la acción del Espíritu Santo, «porque eso no te lo ha revelado ningún mortal, sino mi Padre, que está en los cielos» (v. 17).
A causa de esta confesión, Pedro será la roca sobre la que edificará Jesús su Iglesia. A Pedro y a sus sucesores les ha sido confiada una misión única en la Iglesia: son el fundamento visible de esa realidad invisible que es Cristo resucitado. Ambos constituyen la garantía de la indefectibilidad de la Iglesia a lo largo de los siglos. Por otra parte, el poder especial otorgado por Jesús a Pedro, expresado por las metáforas de las llaves, del «atar» y del «desatar» (v. 19), indica que tendrá autoridad para prohibir y permitir en la Iglesia.
La Iglesia celebra a través de estos dos apóstoles su fundamento apostólico, mediante el cual se apoya directamente en la piedra angular que es Cristo (cf. Ef 2,19). Pedro y Pablo son los «fundadores» de nuestra fe; a partir de ellos se entabla el diálogo entre institución y carisma, a fin de hacer progresar el camino de la vida Cristiana.
El pescador de Galilea empezó su extraordinaria aventura siguiendo al Maestro de Nazaret, primero, en Judea y, a continuación, tras su muerte, hasta Roma. Y aquí se quedó no sólo con su tumba, sino con su mandato, es decir, en aquellos que han subido a la “cátedra de Pedro”. Pedro continúa siendo, en los obispos de Roma, la «roca» y el centro de unidad sobre el que Cristo edifica su Iglesia.
Pablo de Tarso, el apóstol de los gentiles, se convirtió de perseguidor de Cristo en celoso misionero de su Evangelio. Cogido por el amor al Señor, Cristo llegó a ser para él su mayor pasión (2 Cor 5,14), hasta el punto de decir: “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). Su martirio revelará la sustancia de su fe.
La evangelización de estas dos columnas de la Iglesia no se apoya en un mensaje intelectual, sino en una praxis profunda, sufrida y atestiguada con la palabra de Jesús.
Sigamos meditando su palabra en lo profundo del corazón
¿Cuáles son los dos momentos sucesivos en los cuales Jesús interroga a sus discípulos?
¿En el grupo al cual pertenezco cómo es considerada la figura de Jesús? ¿Qué hacemos para conocerlo cada vez más?
¿En qué forma comparto con los demás el paso de Jesús por mi vida?
¿Cómo expreso mi fe en Jesús, con qué términos? ¿Las palabras de Pedro expresan lo que personalmente estoy viviendo de Jesús?
¿Qué podría hacer para la persona de Jesús esté siempre en el centro de mi vida?
¿Qué rol tiene Pedro en la Iglesia de Jesús? ¿Qué actitudes debe tomar la comunidad con él?
¿Qué me dice a mí el texto? ¿Qué me ayuda a descubrir en mi vida de “creyente” en el Cristo e Hijo de Dios viviente?
¿Qué lección me da la complementariedad de ministerios de Pedro y Pablo, para seguir promoviendo la “comunión en la Iglesia”?
oremos..
“Dios omnipotente y eterno,
que con inefable sacramento
quisiste poner en la sede de Roma
la potestad del principado apostólico,
para que a través de ella la verdad evangélica
se difundiera por todos los reinos del mundo,
concede que lo que se ha difundido
por su predicación en todo el orbe
sea seguido por toda la devoción cristiana”
(Sacramentarium Veronense, Ed. L.C. Mohlberg, Roma, 1978, n 292)
Entremos en sintonía con Dios en esta solemnidad entrando en el espíritu de los apóstoles Pedro y Pablo, orando juntos:
“Me has dicho: ‘Anda y enseña a todas las naciones’ (Mt 28,19).
Creí y por eso hablé (Sal 116,10; 2 Cor 4,13)
Me prohibieron enseñar en tu Nombre (Hch 5,28),
pero yo obedecí a Dios antes que a los hombres (Hch 5,29).
Fui extremadamente humillado (Sal 116,3),
pero estoy feliz de haber sido considerado digno
de padecer ultrajes por el Nombre de Jesús (Hch 5,41).
Y cada día, en el Templo y en las casas,
no dejé de anunciar, oh Jesús, que Tú eres el Cristo (Hch 5,42).
Apacenté el rebaño que me confiaste,
lo cuidé de buena gana, apacible con todos (1 Pe 5,2).
Los que odiaban la paz me atacaron sin motivo (Sl 12).
Me regocijé por tener parte en tus sufrimientos.
Me alegraré cuando se manifieste tu Gloria.
Fui ultrajado por tu Nombre, pero de eso me regocijé,
pues tu Espíritu, oh Dios, reposó en mí.
Padecí como cristiano y no tuve vergüenza.
Glorifiqué a Dios por el Nombre de cristiano (1 Pe 4,14).
Y tú, rompiste mis lazos (Sl 116,16).
Reconocí verdaderamente que Tú mandaste a tu Ángel
y me libraste de la expectación del pueblo (Hch 12,1-19).
A ti me ofrezco en hostia de alabanza,
y tu Nombre aún lo invoco (Sl 116,4).
Cumplo mi promesa a la faz de todo el pueblo,
en los atrios de tu Templo Santo, en medio de Jerusalén (Sl 116,18-19),
no dejaré de anunciar que Tú eres el Cristo”.
(Oración compuesta con base en el Salmo 116, pasajes de los Hechos de los Apóstoles y 1ªPedro 4 y 5; Preparada por el Monasterio Apostólico Piedra Blanca)
Signos y símbolos del Evangelio de san Mateo 16, 13-19
No es suficiente haber bellísimas confesiones de fe de boca, como hemos visto en este pasaje de hoy. El discipulado es moldear la vida entera en la dinámica del seguimiento del que fue camino a la Cruz para recibir allí, del Padre, la vida resucitada. De esta manera el discípulo reconoce y asume el destino de su Maestro en el propio. El discipulado es un camino de vida, una verdadera vida que vale la pena descubrir. Y es para todos, no sólo para los apóstoles.
* Ser Piedra: Pedro debe ser la piedra, a saber, debe ser el fundamento firme para la Iglesia, de modo que pueda resistir contra los asaltos de las puertas del infierno. Con estas palabras de Jesús a Pedro, Mateo animaba a las comunidades de la Siria o de la Palestina, que sufrían y eran perseguidas y que veían en Pedro el jefe que las había sellado desde los orígenes. A pesar de ser débiles y perseguidas, ellas tenían un fundamento sólido, garantizado por la palabra de Jesús. En aquel tiempo, las comunidades cultivaban una estrecha relación afectiva muy fuerte con los jefes que habían dado origen a la comunidad. Así las comunidades de la Siria y Palestina cultivaban su relación con la persona de Pedro. La de la Grecia con la persona de Pablo. Algunas comunidades de Asia con la persona del Discípulo amado y otras con la persona de Juan el del Apocalipsis. Una identificación con estos jefes de sus orígenes les ayudaba a cultivar mejor la propia identidad y espiritualidad. Pero podía ser también motivo de conflicto, como en el caso de la comunidad de Corinto (1Cor 1,11-12). Ser piedra como fundamento de la fe evoca la palabra de Dios al pueblo en el destierro de Babilonia “Oídme vosotros, los que seguís la justicia, los que buscáis a Yahvé. Considerad la roca de la que habéis sido tallados y la cantera de la que habéis sido sacados. Mirad a Abrahán, vuestro padre y a Sara que os dio a luz; porque sólo a él lo llamé yo, lo bendije y lo multipliqué.” (Is 51,1-2). Aplicada a Pedro, esta cualidad de piedra-fundamento, indica un nuevo comienzo del pueblo de Dios.
* Las llaves del Reino: Pedro recibe las llaves del Reino para atar y desatar, o sea, para reconciliar entre ellos y con Dios . El mismo poder de atar y desatar se les ha sido dado a las comunidades (Mt 18,8) y a los discípulos (Jn 20,23). Uno de los puntos en el que el Evangelio de Mateo insiste más, es el de la reconciliación y el perdón. (Mt 5,7.23-24.38-42.44-48; 6,14-15; 18,15-35). El hecho es que en los años 80 y 90, allá en la Siria existían muchas tensiones en las comunidades y divisiones en las familias por causa de la fe en Jesús. Algunos lo aceptaban como Mesías y otros no, y esto era fuente de muchos desavenencias y conflictos. Mateo insiste sobre la reconciliación. La reconciliación era y sigue siendo uno de los más importantes deberes de los coordinadores de las comunidades. Imitando a Pedro, deben atar y desatar, esto es, trabajar para que haya reconciliación, aceptación mutua, construcción de la verdadera fraternidad.
* La Iglesia: La palabra Iglesia, en griego ekklesia, aparece 105 veces en el Nuevo Testamento, casi exclusivamente en las Actas de los Apóstoles y en las Cartas. Solamente tres veces en los Evangelios, y sólo en Mateo. La palabra significa” asamblea convocada” o ” asamblea elegida”. Ésta indica el pueblo que se reúne convocado por la Palabra de Dios, y trata de vivir el mensaje del Reino que Jesús nos ha traído. La Iglesia o la comunidad no es el Reino, sino un instrumento y una señal del Reino. El Reino es más grande. En la Iglesia, en la comunidad, debe o debería aparecer a los ojos de todos, lo que sucede cuando un grupo humano deja a Dios reinar y tomar posesión de su vida.
Aplicación a la vida
Dios no ha querido cerrar el cielo, no ha querido esconder las llaves o dejarlas en algún lugar inalcanzable, no, ha querido dejar las llaves al alcance de cualquiera «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo. » Le deja las llaves a un pescador, a alguien que le negará y mirará los planes de Dios sólo desde lo humano. Pero ese alguien sabe que Jesús, el Hijo de Dios, le ama y le puede decir, desde su debilidad, “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero.” Y esas llaves que recibió Pedro han ido traspasándose hasta Benedicto XVI. Ha habido Papas santos, pecadores, inteligentes, guerreros, lujuriosos, ambiciosos, humildes y sonrientes, de todo tipo; pero todos sabían que no eran los dueños del cielo, sólo tenían las llaves. Y esa es una responsabilidad muy grande, más grande de la que ningún ser humano por sus propias fuerzas puede soportar, y por eso Pedro puede exhortarnos: “ Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño.” Muchas veces estamos acostumbrados a leer opiniones sobre el Papa en términos políticos, como si fuese un dictador o buscase favorecer a “los suyos.” Puedo comprender, aunque no compartir, que un político busque su beneficio personal y situarse cómodamente en la sociedad. Le darán igual las críticas, ya habrá quien haga las cosas peor o preocuparan otros asuntos. Pero el Papa sabe que quien le pedirá cuentas será el mismo Dios, en quien cree firmemente, y se juega la eternidad. Por eso necesita una especial Gracia de Dios y exige (no me he equivocado de palabra), exige la oración de todos los católicos del mundo. Ni “progres”, ni “carcas,” ni los de la fe del carbonero ni los teólogos pueden permitirse el lujo de no rezar por el que tiene que llevar el peso de la Iglesia en cada momento. A lo mejor tiene que ser un pobrecillo de Asís el que ayude a levantar la Iglesia, o una Catalina de Siena la que le regañe, pero lo hará junto al Papa, nunca contra él.
Hoy se nos invita a mirar a las dos columnas de la Iglesia: Pedro y Pablo, quienes apenas se encontraron (dos veces, que nos conste)… Pero los cabellos les olían a viento, al viento de Pentecostés. Edificaron la Iglesia en la calle, en las plazas, en las azoteas… En el martirio. La iglesia no es un Banco, ni una multinacional; la Iglesia se edifica con santos, la Iglesia se edifica en la calle. Su piedra angular, Jesucristo, no tenía dónde reclinar la cabeza, y pasó su vida al raso. Madre de la Iglesia, Reina de los apóstoles: danos santos, danos mártires, y, por favor… no permitas entrar al carpintero que quiere reparar aquella puerta que Pedro rompió en Pentecostés.
La Virgen debe ver en el rostro de cada Papa el reguero dejado por las lágrimas de Pedro y seguro que los ampara de manera especial. Pidámosle a ella por nuestro Papa, el de cada momento, el de la Iglesia, el que tiene las llaves de la misericordia de Dios.
Oración final
Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.
Referencias
P. Fidel Oñoro, Cjm
Zevini Giorgio y Giordano Pier, Lectio Divina para cada día del año, Vol 16, Propio de los santos I (enero-junio), Ed Verbo Divino, Estella, 2004.
ANEXO 1
Homilía de SS Benedicto XVI
Queridos hermanos y hermanas:
La fiesta de San Pedro y San Pablo, apóstoles, es una grata memoria de los grandes testigos de Jesucristo y, a la vez, una solemne confesión de fe en la Iglesia una, santa, católica y apostólica.
Ante todo es una fiesta de la catolicidad. El signo de Pentecostés ―la nueva comunidad que habla en todas las lenguas y une a todos los pueblos en un único pueblo, en una familia de Dios― se ha hecho realidad. Nuestra asamblea litúrgica, en la que se encuentran reunidos obispos procedentes de todas las partes del mundo, personas de numerosas culturas y naciones, es una imagen de la familia de la Iglesia extendida por toda la tierra. Los extranjeros se han convertido en amigos; superando todos los confines, nos reconocemos hermanos. Así se ha cumplido la misión de san Pablo, que estaba convencido de ser “ministro de Cristo Jesús para con los gentiles, ejerciendo el sagrado oficio del Evangelio de Dios, para que la ofrenda de los gentiles, consagrada por el Espíritu Santo, agrade a Dios” (Rm 15, 16).
La finalidad de la misión es una humanidad transformada en una glorificación viva de Dios, el culto verdadero que Dios espera: este es el sentido más profundo de la catolicidad, una catolicidad que ya nos ha sido donada y hacia la cual, sin embargo, debemos avanzar siempre de nuevo. Catolicidad no sólo expresa una dimensión horizontal, la reunión de muchas personas en la unidad; también entraña una dimensión vertical: sólo dirigiendo nuestra mirada a Dios, sólo abriéndonos a él, podemos llegar a ser realmente uno. Como san Pablo, también san Pedro vino a Roma, a la ciudad a donde confluían todos los pueblos y que, precisamente por eso, podía convertirse, antes que cualquier otra, en manifestación de la universalidad del Evangelio. Al emprender el viaje de Jerusalén a Roma, ciertamente sabía que lo guiaban las palabras de los profetas, la fe y la oración de Israel.
En efecto, la misión hacia todo el mundo también forma parte del anuncio de la antigua alianza: el pueblo de Israel estaba destinado a ser luz de las naciones. El gran salmo de la Pasión, el salmo 21, cuyo primer versículo “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” pronunció Jesús en la cruz, terminaba con la visión: “Volverán al Señor de todos los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos” (Sal 21, 28). Cuando san Pedro y san Pablo vinieron a Roma, el Señor, que había iniciado ese salmo en la cruz, había resucitado; ahora se debía anunciar a todos los pueblos esa victoria de Dios, cumpliendo así la promesa con la que concluía el Salmo.
Catolicidad significa universalidad, multiplicidad que se transforma en unidad; unidad que, a pesar de todo, sigue siendo multiplicidad. Las palabras de san Pablo sobre la universalidad de la Iglesia nos han explicado que de esta unidad forma parte la capacidad de los pueblos de superarse a sí mismos para mirar hacia el único Dios.
El fundador de la teología católica, san Ireneo de Lyon, en el siglo II, expresó de un modo muy hermoso este vínculo entre catolicidad y unidad: “la Iglesia recibió esta predicación y esta fe, y, extendida por toda la tierra, con esmero la custodia como si habitara en una sola familia. Conserva una misma fe, como si tuviese una sola alma y un solo corazón, y la predica, enseña y transmite con una misma voz, como si no tuviese sino una sola boca. Ciertamente, son diversas las lenguas, según las diversas regiones, pero la fuerza de la tradición es una y la misma. Las Iglesias de Alemania no creen de manera diversa, ni transmiten otra doctrina diferente de la que predican las de España, las de Francia, o las del Oriente, como las de Egipto o Libia, así como tampoco las Iglesias constituidas en el centro del mundo; sino que, así como el sol, que es una criatura de Dios, es uno y el mismo en todo el mundo, así también la luz de la predicación de la verdad brilla en todas partes e ilumina a todos los seres humanos que quieren venir al conocimiento de la verdad” (Adversus haereses, I, 10, 2).
La unidad de los hombres en su multiplicidad ha sido posible porque Dios, el único Dios del cielo y de la tierra, se nos manifestó; porque la verdad esencial sobre nuestra vida, sobre nuestro origen y nuestro destino, se hizo visible cuando él se nos manifestó y en Jesucristo nos hizo ver su rostro, se nos reveló a sí mismo. Esta verdad sobre la esencia de nuestro ser, sobre nuestra vida y nuestra muerte, verdad que Dios hizo visible, nos une y nos convierte en hermanos. Catolicidad y unidad van juntas. Y la unidad tiene un contenido: la fe que los Apóstoles nos transmitieron de parte de Cristo.
Me alegra haber entregado a la Iglesia ayer ―en la fiesta de san Ireneo y en la víspera de la solemnidad de San Pedro y San Pablo― una nueva guía para la transmisión de la fe, que nos ayuda a conocer mejor y también a vivir mejor la fe que nos une: el Compendio del Catecismo de la Iglesia católica. Lo que en el gran Catecismo, mediante los testimonios de los santos de todos los siglos y con las reflexiones maduradas en la teología, se presenta de manera detallada, aquí, en este libro, se encuentra recapitulado en sus contenidos esenciales, que luego se han de traducir al lenguaje diario y se han de concretar siempre de nuevo.
El libro está estructurado en forma de diálogo, con preguntas y respuestas; catorce imágenes asociadas a los diversos campos de la fe invitan a la contemplación y a la meditación. Resumen, por decir así, de modo visible lo que la palabra desarrolla detalladamente. Al inicio está un icono de Cristo del siglo VI, que se encuentra en el monte Athos y representa a Cristo en su dignidad de Señor de la tierra, pero a la vez como heraldo del Evangelio, que lleva en la mano. “Yo soy el que soy” ―este misterioso nombre de Dios, propuesto en la antigua alianza― se halla escrito allí como su nombre propio: todo lo que existe viene de él; él es la fuente originaria de todo ser. Y por ser único, también está siempre presente, siempre está cerca de nosotros y, al mismo tiempo, siempre nos precede, como “señal” en el camino de nuestra vida; más aún, él mismo es el camino.
No se puede leer este libro como se lee una novela. Hace falta meditarlo con calma en cada una de sus partes, dejando que su contenido, mediante las imágenes, penetre en el alma. Espero que así sea acogido, a fin de que se convierta en una buena guía para la transmisión de la fe.
Hemos dicho que catolicidad de la Iglesia y unidad de la Iglesia van juntas. El hecho de que ambas dimensiones se nos hagan visibles en las figuras de los santos Apóstoles nos indica ya la característica sucesiva de la Iglesia: apostólica. ¿Qué significa?
El Señor instituyó doce Apóstoles, como eran doce los hijos de Jacob, señalándolos de esa manera como iniciadores del pueblo de Dios, el cual, siendo ya universal, en adelante abarca a todos los pueblos. San Marcos nos dice que Jesús llamó a los Apóstoles para que “estuvieran con él y también para enviarlos” (Mc 3, 14). Casi parece una contradicción. Nosotros diríamos: o están con él o son enviados y se ponen en camino.
El Papa san Gregorio Magno tiene un texto acerca de los ángeles que nos puede ayudar a aclarar esa aparente contradicción. Dice que los ángeles son siempre enviados y, al mismo tiempo, están siempre en presencia de Dios, y continúa: “Dondequiera que sean enviados, dondequiera que vayan, caminan siempre en presencia de Dios” (Homilía 34, 13). El Apocalipsis se refiere a los obispos como “ángeles” de su Iglesia; por eso, podemos hacer esta aplicación: los Apóstoles y sus sucesores deberían estar siempre en presencia del Señor y precisamente así, dondequiera que vayan, estarán siempre en comunión con él y vivirán de esa comunión.
La Iglesia es apostólica porque confiesa la fe de los Apóstoles y trata de vivirla. Hay una unicidad que caracteriza a los Doce llamados por el Señor, pero al mismo tiempo existe una continuidad en la misión apostólica. San Pedro, en su primera carta, se refiere a sí mismo como “co-presbítero” con los presbíteros a los que escribe (cf. 1 P 5, 1). Así expresó el principio de la sucesión apostólica: el mismo ministerio que él había recibido del Señor prosigue ahora en la Iglesia gracias a la ordenación sacerdotal. La palabra de Dios no es sólo escrita; gracias a los testigos que el Señor, por el sacramento, insertó en el ministerio apostólico, sigue siendo palabra viva.
Así ahora me dirijo a vosotros, queridos hermanos en el episcopado. Os saludo con afecto, juntamente con vuestros familiares y con los peregrinos de las respectivas diócesis. Estáis a punto de recibir el palio de manos del Sucesor de Pedro. Lo hemos hecho bendecir, como por el mismo san Pedro, poniéndolo junto a su tumba. Ahora es expresión de nuestra responsabilidad común ante el “Pastor supremo”, Jesucristo, del que habla san Pedro (cf. 1 P 5, 4).
El palio es expresión de nuestra misión apostólica. Es expresión de nuestra comunión, que en el ministerio petrino tiene su garantía visible. Con la unidad, al igual que con la apostolicidad, está unido el servicio petrino, que reúne visiblemente a la Iglesia de todas las partes y de todos los tiempos, impidiéndonos de este modo a cada uno de nosotros caer en falsas autonomías, que con demasiada facilidad se transforman en particularizaciones de la Iglesia y así pueden poner en peligro su independencia.
Con esto no queremos olvidar que el sentido de todas las funciones y los ministerios es, en el fondo, que “lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud”, de modo que crezca el cuerpo de Cristo “para construcción de sí mismo en el amor” (Ef 4, 13. 16).
Desde esta perspectiva, saludo con afecto y gratitud a la delegación de la Iglesia ortodoxa de Constantinopla, que ha enviado el Patriarca ecuménico Bartolomé I, al que dirijo un saludo cordial. Encabezada por el metropolita Ioannis, ha venido a nuestra fiesta y participa en nuestra celebración. Aunque aún no estamos de acuerdo en la cuestión de la interpretación y el alcance del ministerio petrino, estamos juntos en la sucesión apostólica, estamos profundamente unidos unos a otros por el ministerio episcopal y por el sacramento del sacerdocio, y confesamos juntos la fe de los Apóstoles como se nos ha transmitido en la Escritura y como ha sido interpretada en los grandes concilios.
En este momento de la historia, lleno de escepticismo y de dudas, pero también rico en deseo de Dios, reconocemos de nuevo nuestra misión común de testimoniar juntos a Cristo nuestro Señor y, sobre la base de la unidad que ya se nos ha donado, de ayudar al mundo para que crea. Y pidamos con todo nuestro corazón al Señor que nos guíe a la unidad plena, a fin de que el esplendor de la verdad, la única que puede crear la unidad, sea de nuevo visible en el mundo.
El evangelio de este día nos habla de la confesión de san Pedro, con la que inició la Iglesia: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). He hablado de la Iglesia una, católica y apostólica, pero no lo he hecho aún de la Iglesia santa; por eso, quisiera recordar en este momento otra confesión de Pedro, pronunciada en nombre de los Doce en la hora del gran abandono: “Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6, 69). ¿Qué significa? Jesús, en la gran oración sacerdotal, dice que se santifica por los discípulos, aludiendo al sacrificio de su muerte (cf. Jn 17, 19). De esta forma Jesús expresa implícitamente su función de verdadero Sumo Sacerdote que realiza el misterio del “Día de la reconciliación”, ya no sólo mediante ritos sustitutivos, sino en la realidad concreta de su cuerpo y su sangre.
En el Antiguo Testamento, las palabras “el Santo de Dios” indicaban a Aarón como sumo sacerdote que tenía la misión de realizar la santificación de Israel (cf. Sal 105, 16; Si 45, 6). La confesión de Pedro en favor de Cristo, a quien llama “el Santo de Dios”, está en el contexto del discurso eucarístico, en el cual Jesús anuncia el gran Día de la reconciliación mediante la ofrenda de sí mismo en sacrificio: “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6, 51).
Así, sobre el telón de fondo de esa confesión, está el misterio sacerdotal de Jesús, su sacrificio por todos nosotros. La Iglesia no es santa por sí misma, pues está compuesta de pecadores, como sabemos y vemos todos. Más bien, siempre es santificada de nuevo por el Santo de Dios, por el amor purificador de Cristo. Dios no sólo ha hablado; además, nos ha amado de una forma muy realista, nos ha amado hasta la muerte de su propio Hijo. Esto precisamente nos muestra toda la grandeza de la revelación, que en cierto modo ha infligido las heridas al corazón de Dios mismo. Así pues, cada uno de nosotros puede decir personalmente, con san Pablo: “Yo vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2, 20).
Pidamos al Señor que la verdad de estas palabras penetre profundamente, con su alegría y con su responsabilidad, en nuestro corazón. Pidámosle que, irradiándose desde la celebración eucarística, sea cada vez más la fuerza que transforme nuestra vida.
Fuente: www.vatican.va
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