Lectio Divina del 29 de Junio de la Solemnidad de Pedro y Pablo, Apóstoles

Hechos de los apóstoles 12, 1-11; Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 ; san Pablo a Timoteo 4, 6-8. 17-18;

Mateo 16, 13-19: Un testimonio firmado con la propia sangre.

“Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…

Dichoso tu, Simón hijo de Juan por que no te ha revelado esto la carne.

Ni la sangre, sino mi Padre que esta en los cielos”

“Donde está Pedro,

allí está la Iglesia”

(San Ambrosio)

Pedro y Pablo, dos columnas de la Iglesia, maestros inse­parables de fe y de inspiración cristiana por su autoridad, son sinónimo de todo el colegio apostólico. A Simón Pedro, pescador de Betsaida (cf. Le 5,3; Jn 1,44), Jesús le llamó Kefas-Piedra y le dio el encargo de guiar y confirmar a los hermanos, a pesar de su frágil temperamento. Su característica distintiva es la confesión de la fe. Es uno de los primeros testigos del Je­sús resucitado y, como testigo del Evangelio, toma conciencia de la necesidad de abrir la Iglesia a los gentiles (Hch 10-11).

Pablo de Tarso, perseguidor de la Iglesia y convertido en el camino de Damasco, es un hombre de espíritu vivaz y brillan­te formación, que recibió de los mejores maestros. Animado por una gran pasión por Cristo, recorrió con su dinamismo el Mediterráneo anunciando el Evangelio de la salvación.

Ambos recibieron en Roma la palma del martirio y la unidad en la caridad, convirtiéndose en ejemplo de diálogo entre institución y carisma.

Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz , que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Tí, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

Una clave para comprender las lecturas del día

Hechos de los apóstoles 12, 1-11

Estamos en tiempos de la persecución contra la Iglesia por obra de Herodes Agripa, en los años Pedro, como Jesús, fue arrestado durante los días pascua judía y encarcelado (cf. Lc 22,7). Lucas hace comprender la suerte que habría correspondido a Pedro si el Señor no hubiera intervenido con un milagro (vv. 1-4). Éste tiene lugar con la liberación de la cierta por medio de un ángel. El evangelista pone relieve, a continuación, la grandeza de la liberación de Pedro, toda ella obra de Dios, hasta tal punto que los cristianos no podían dar crédito a sus ojos. Dios manifiesta así su benevolencia con los primero un modo extraordinario.

El relato de la liberación del apóstol se partes. La primera nos cuenta lo que sucede en la prisión, donde duerme Pedro encerrado, y el procedimiento de su liberación por medio del ángel (vv. 7 y ss). En la segunda parte se describe cómo el ángel y Pedro recorren los caminos de la ciudad, mientras las puertas se abren fácilmente a su paso. Después de esto desaparece el ángel liberador (w. 9ss). Una vez salvado, dice Pedro: “Ahora me doy cuenta de que el Señor ha enviado a su ángel para librarme de Herodes y de sus maquinaciones que los judíos habían tramado contra mí”. Se reúne con su Iglesia, que estaba orando por él. Para Lucas, ésta es la pascua de Pedro, esto es, la liberación definitiva del mundo judío, y la liberación del cabeza de los apóstoles se convierte en un signo concreto de la salvación que deben llevar a los gentiles.

San Pablo a Timoteo 4, 6-8. 17-18

El fragmento nos presenta el testamento de Pablo, que siente ahora próxima su muerte. Tras hacer algunas recomendaciones a Timoteo, el apóstol nos hace conocer su estado de ánimo: se siente solo y abandonado por los hermanos, pero no víctima, tiene la conciencia tranquila y el Señor está con él. Ha conservado la fe y la vocación misionera, en fidelidad al mandato recibido. Es consciente de que ha «combatido el buen combate, [ha] concluido [su] carrera» (v. 7).

Se compara, entonces, con la «libación» que se de derramaba sobre las víctimas en los sacrificios antiguos: quiere morir como un verdadero luchador, tal como ha vivido, consciente de haberse entregado por completo a Dios y a los hermanos. Es consciente de que ahora le espera la victoria prometida al siervo fiel y también a todos los que “esperan con amor su venida gloriosa” (v. 8).

La conclusión del fragmento subraya los sentimientos personales del apóstol de los gentiles, su amor por la causa del Evangelio, su imitación de la persona de Cristo, y su conciencia de haber llevado a cabo la obra de salvación con los gentiles, a la que había sido llamado por el Señor (v. 17).

Sentido de la Solemnidad

“Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él”. La persecución no es un fantasma de gente paranoica. Es una bienaventuranza anunciada por el mismo Jesús. Pero, ¿qué hay de agradable en sentirse perseguido? Nos conviene recordar que las alegrías de Dios no coinciden “necesariamente” con la de los hombres. Los primeros cristianos sentían que sus cabezas estaban pendientes de un hilo. Y la manía del rey Herodes (y esto sí que era paranoia), por dar caza a los seguidores de Jesús, no era algo gratuito, sino que entraba dentro de los planes de Dios. Jesús no murió en la Cruz esbozando una sonrisa, pero sí que dijo: “Todo está cumplido”. Y, ¿qué era lo que le daba la fuerza necesaria para llevar hasta el extremo ese querer de Dios?: la oración.

Toda bienaventuranza, que supone escándalo para tantos, no es otra cosa sino un signo de contradicción para los que no saben (o no quieren) orar. Si llegáramos siquiera a percibir lo que supone un acto de amor de Dios, hecho desde la oración más sincera, los cimientos de este mundo temblarían. Pues bien, supongamos que en vez de ser una oración solitaria, se trata de toda la Iglesia orando incesantemente. Entonces, nada ni nadie podría contra los hijos de Dios. ¿Es que no se reza?, ¿es que se reza mal?… Estoy plenamente convencido de que si las cosas no van a peor es por la oración de tantos, en especial de aquellos, que han entregado sus vidas para interceder ante Dios por los hombres, mediante su existencia contemplativa.

“Date prisa, levántate”. La oración no tiene como finalidad permanecer pasivos ante las dificultades. Le sigue la acción. Es como el que pretende batir el record de los 100 metros lisos, pero sin preparación. Después de meses de entrenamientos, sacrificios y concentración, uno puede empezar a tener esperanzas de hacer algo digno en una carrera olímpica. La oración es ese tiempo constante y necesario (lleno también de sacrificios y renuncias personales), que nos habilita para poner a Dios en medio de nuestras actividades. El secreto de la oración es la perseverancia.

“El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo”. San Pedro y san Pablo, a quienes honramos especialmente hoy, estaban unidos mediante la oración. ¡Qué bien suenan estas palabras de san Pablo! No es una seguridad que provenga de una vida ganada a pulso por un mero esfuerzo personal (¡qué lejos está el Evangelio del voluntarismo!), sino que, mediante la oración, nuestros queridos apóstoles, aún reconociendo sus múltiples debilidades, trazaron la mayor de las verticales hasta el cielo. Traspasados por el amor de Dios, no cabía en ellos otra cosa sino el Espíritu Santo.

“Tú eres Pedro”. Hemos de dar gracias a Dios por tener un Papa, en donde la oración ocupa un lugar fundamental. Me emociono viendo al Santo Padre recogido en oración, y la cantidad de anécdotas que nos hablan de cómo cuida su trato personal con Dios. No tengamos apuro, la Iglesia está en buenas manos. Y ahora falta nuestra correspondencia. Al terminar de leer estas líneas te aconsejo que reces por las intenciones del Papa.

Leamos el Evangelio del día

13 Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?” 14 Ellos dijeron: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas.” 15 Díceles él: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?” 16 Simón Pedro contestó: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.” 17 Replicando Jesús le dijo: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. 18 Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. 19 A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.” 20 Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo. 21 Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día. 22 Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: “¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!” 23 Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: “¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!

Introducción

Mateo nos narra hoy la profesión de fe de Pedro con más detalles que los otros sinópticos, en lo que se refiere a la Persona de Jesús y al discípulo que acoge su misterio.

El lugar concreto donde Jesús es reconocido por los suyos es precisamente Cesarea de Filipo, el lugar quizás más alejado de Jerusalén y reconocido abiertamente como región pagana.

Siguiendo el ritmo del Evangelio de Mateo nos colocamos hoy ante la experiencia de fe más alta y más clara. Después (1) del cuadro negativo de los paisanos de Nazareth, (2) de las interpretaciones erradas del rey Herodes, (3) de la fe en progreso del mismo Pedro y (4) del grito de ayuda reconocido como auténtica expresión de fe la mujer cananea, nos colocamos hoy (5) ante la confesión de fe de Simón Pedro.

El contexto del texto

El contexto inmediatamente anterior es importante. Esta quinta escena se presenta en contraluz con dos relatos previos en los que los fariseos y saduceos:

(1) Son reprendidos por Jesús por pedir un signo para creer (Mt 16,1-4), y de hecho Él no les da un signo diferentes de los de su misión (explorar los signos de los tiempos);

(2) Son puestos como ejemplo de la actitud y de la doctrina que no hay que seguir (Mt 16,5-12).

El evangelista también está suponiendo que conocemos todo el itinerario de Jesús que ha venido narrando y que comprendemos que éste es el punto de llegada de su actividad precedente.

Curiosamente Jesús nunca les pidió a sus discípulos que le dieran una opinión sobre sus discursos o sobre las obras de poder que realizaba sino únicamente sobre su propia persona. Para Jesús esto es importante: ¿qué están comprendiendo acerca de su identidad? Es de esta manera que los quiere conducir hacia un conocimiento claro y profundo, del cual brota una confesión de fe sin equívocos. Pues bien, en el centro del evangelio no está tanto su anuncio sino la mismísima persona de Jesús.

Cuando Jesús pregunta qué opina la gente acerca de él, le responden: “Unos que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas” (16,14). La gente tiene a Jesús en una alta consideración, pero no pasa de una figura profética similar a la de los grandes profetas portavoces de Dios. Si esto es así, sería uno de tantos ya que muchos han venido antes y otros vendrán después. Con esta clasificación se deja entender que ya hay una gran valoración de Jesús pero que corre el peligro de no ir más allá de rotulaciones ya conocidas; por tanto la opinión pública no ha llegado todavía a lo que realmente importa: al descubrimiento de la relación inédita, única y particular, que Jesús tiene con Dios.

Cuando Jesús le solicita a los discípulos su propia opinión, Simón Pedro responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (16,16). El apóstol reconoce la doble relacionalidad que caracteriza de manera inequívoca a Jesús:

· Para el pueblo es el “Cristo” (Mesías): el único, el último y definitivo rey y pastor del pueblo de Israel, enviado por Dios para darle a este pueblo y a toda la humanidad la plenitud de vida (como ya se vio en la multiplicación de los panes y en los otros milagros).

· Para Dios es su “Hijo”: vive en una relación única, singular con Dios, caracterizada por el conocimiento recíproco, la igualdad y la comunión de amor entre el Padre entre ellos (ver 11,27).

Aquí no se habla de un Dios abstracto ni genérico, se trata del Dios viviente, el único verdadero y real, que es vida en sí mismo, que ha creado todo lo que es vida y con su inmenso poder vence la muerte. Jesús es el rey y pastor que en cuanto Hijo del Señor de la Vida se compromete con la vida de su pueblo, es el Mesías que profundamente ligado al poder vital mismo, al Dios viviente. Y el don de la vida será comunicado mediante la donación de la suya propia en el camino de la cruz.

El culmen del camino de la fe no es la confesión de boca sino la confesión con la vida. En la ruta de la cruz tomará cuerpo este tipo confesión de fe que precisaba, en primer lugar, pasar por los labios.

Habrá entonces que comenzar a caminar en esta segunda etapa con una apertura de mente y de corazón total ante el proyecto de Dios: la plenitud de vida que brota del misterio del dolor vivido en íntima comunión con el crucificado, donde toma sentido toda vida, todo proyecto, toda realización.

El ejemplo de Pedro puede ser muy ilustrativo para nosotros. Un buen día él permitió que el Maestro subiera a su barca para predicar desde ella. Le dejó de este modo, entrar en su vida.

Pedro aprendió cómo sus talentos, sus aspiraciones, sus logros no valían nada, si no los ponía a disposición de Jesucristo. Se dio cuenta de que si prescindía del Maestro, se quedaría sólo y con las redes de su vida vacías.

Pedro nos enseña que sólo si aceptamos que el Señor gobierne nuestras vidas podremos salir delante de todas las tempestades y tormentas de la vida. Dejemos que Dios gobierne nuestra barca, naveguemos siempre con Él, echemos en su Nombre, las redes de nuestros proyectos.

Por último consideremos que el diálogo entre Jesús y Pedro hay que trasladarlo a la vida de cada uno de nosotros. La pregunta de “¿Quién dices que soy yo?” se dirige a cada cristiano, porque el cristianismo no es un conjunto de doctrinas o de prácticas sino que es una respuesta personal e íntima a Cristo. Es una relación de amistad personal con el Señor.

Aprendamos de Pedro a creer firmemente en Jesús y a amarlo con todo nuestro corazón. Una manifestación auténtica de esta fe y amor a Cristo será nuestra fidelidad al Magisterio del Papa, sucesor de Pedro.

Un alto en el camino

Hasta este momento en el Evangelio, han sido los otros quienes continuamente se han puesto interrogantes sobre la Persona de Jesús: “¿Quién es éste a quien el viento y la mar obedecen?” (Mateo 8,27), “¿Quién es este que hasta perdona pecados?” (Marcos 2,7; ver Mateo 9,3).

Pero ahora es Jesús mismo quien interroga sobre sí a los discípulos, para hacer brotar la respuesta de la fe. La fe comienza justamente cuando dejamos de cuestionar al Señor y permitimos que sea el quien nos cuestione, nuestra respuesta será entonces la expresión viva de nuestra fe.

I. Dos misterios: del Maestro y del Discípulo

1. Entrando en el misterio del Maestro

Jesús interroga a los discípulos, pedagógicamente, en dos momentos sucesivos.

Primera pregunta: “¿Quién dice la gente que es el hijo del hombre?(16,13).

“Hijo del hombre” es el titulo que más frecuentemente Jesús se aplica a sí mismo. Jesús prefiere siempre este titulo al de Mesías, porque está más relacionado con el del “siervo de Yahvé” que será rechazado y humillado, pero finalmente triunfará.

Con esta pregunta indirecta Jesús da a sus discípulos la oportunidad de expresar todo lo que han oído sobre el en el hablar común, dándole aquella respuesta genérica que no les compromete. “Ellos le dijeron: unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o algunos de los profetas” (7,14).

Las actitudes de Jesús acompañadas por signos, sus denuncias ante las autoridades religiosas y el rechazo a su Persona y a su mensaje, han dado motivos suficientes para que la gente lo considere como un profeta.

Jesús que parece no prestar atención a esta respuesta, va directamente al grano:

Segunda pregunta: “Y ustedes, ¿quien dicen que soy yo?(16,15).

Con estas palabras Jesús se aplica a sí mismo el título de Hijo del hombre y los interpela directamente “Pero ustedes”, ustedes que escuchan mi palabra, ustedes que han creído en mi, que viven conmigo, ustedes que son mi comunidad, ¿qué dicen de mi?

Pedro, responde en nombre de todos. Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo (16).

La profesión de fe de Pedro es la profesión de nuestra fe cristiana. Jesús es el Cristo, el único Cristo, el Hijo de Dios, el Hijo amado del Padre, enviado al mundo para que en el tengamos la vida (ver Juan 3,16). Pedro ha sido, en este momento, admitido a participar en el secreto de Dios.

2. Entrando en el misterio del discípulo

Después de la respuesta de Pedro, Jesús hace caer en cuenta que ésta no proviene de la lógica o de la compresión humana; es una respuesta sugerida en el corazón por el Padre: Dichoso tu, Simón hijo de Juan por que no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que esta en los cielos(16,17).

Pedro ha sido el primero en recibir la revelación del misterio escondido a los sabios y a los inteligentes (11, 25-27), si bien después tendrá que reconocer que Jesús no era el Cristo que él pensaba y tendrá que aceptar, a pesar de su resistencia, que Él se revela como tal, justamente, en lo que el menos el esperaba: la muerte y muerte de cruz.

En esto podemos comprender porque Jesús pidió a sus discípulos que no le dijeran a nadie que Él era Cristo.

Esta Palabra tan cuestionante, nos ayuda a verificar hondamente la calidad de nuestra relación con Jesús, nuestra acogida de su Misterio y nuestra respuesta.

II. la solemnidad de Pedro y Pablo

La de hoy es una solemnidad que nos invita a reposar en la Palabra. El martirio de los apóstoles Pedro y Pablo nos da la ocasión para que nos pongamos de cara al misterio de la Iglesia.

1. Pedro y Pablo: dos caminos y un mismo destino

Una antigua y muy respetable tradición asocia a Pedro y Pablo. Partiendo de Jerusalén, cada uno de ellos llegó por sus propios medios a la capital del Imperio Romano -en ese momento “centro del mundo”- para animar las comunidades daban testimonio de Cristo en este lugar clave. Allí evangelizaron hasta que sellaron su ministerio apostólico en el martirio, hasta que firmaron su testimonio de Jesús predicado con su propia sangre.

Como cuenta el historiador Eusebio de Cesarea:

Por último de sus iniquidades, el emperador Nerón declaró la primera persecución contra los cristianos cuando los santísimos Apóstoles, Pedro y Pablo fueron coronados en el combate por Cristo con la corona del martirio”.

Y también Sulpicio Severo:

Por leyes se prohibió la religión y por edicto se declaró no ser lícito el cristianismo. Entonces fueron condenados a muerte Pedro y Pablo. A Pablo le cortaron a espada el cuello, a Pedro lo levantaron en una cruz”.

Dos martirios grabados en la memoria de la Iglesia

Cuando uno se pasea por las catacumbas romanas como humilde peregrino, uno no puede evitar el estremecimiento al ver los nombres de los dos apóstoles gravados el uno al lado del otro en los grafittis de los pasadizos subterráneos. También dos basílicas mayores en Roma llevan sus nombres. Uno los ve a los dos juntos, llevando en sus manos los instrumentos de su martirio: Pedro, la cruz invertida, porque según la tradición se declaró indigno morir de manera idéntica a su Maestro; Pablo, la espada con la que fue decapitado, probablemente en un sitio conocido como “Tres Fuentes”. Estas imágenes las vemos con frecuencia en los capiteles, vitrales, iconos y retablos.

Por esto no nos extraña que también en el calendario litúrgico de la Iglesia los encontremos asociados en la misma fiesta. Como dijo san Agustín: “Se celebra el mismo día la pasión de los dos apóstoles, pero los dos no hacen más que uno”.

Dos tipos distintos

Pero, ¿qué hay de común entre el humilde pescador de Galilea y el gran intelectual salido de la academia de Tarso y de la prestigiosa escuela de Gamaliel?

Pedro anduvo con Jesús de Nazareth por los caminos de Galilea, siguiéndolo con generosidad, tomando el liderazgo entre sus compañeros, sufriendo las consecuencias de la terquedad de su noble corazón. Él acompañó al Maestro hasta el fin, o mejor, casi hasta el fin, cuando su debilidad lo llevó a negarlo; pero su fidelidad fue finalmente la del amor primero de Jesús, porque la mirada misericordiosa del Señor le llegó bien hondo y lo llamó de nuevo.

Pablo no caminó con el Jesús terreno, ni escuchó sus parábolas, ni compartió con él la cena. Más bien -a pesar de que escuchó hablar de él- lo que hizo fue combatir a los cristianos que propagaban su memoria y afirmaban su resurrección. También él experimentó la misericordia del Resucitado, quien lo llamó en el camino de Damasco e hizo de él el intrépido apóstol que abrió tantos caminos al evangelio y formó muchas de las comunidades que todavía hoy siguen inspirando las nuestras.

Un camino de comunión

Pedro y Pablo, dos hombres bien diferentes en sus orígenes, formación y temperamento que, a pesar de sus resistencias, fueron ambos llamados y moldeados por las palabras y el Espíritu de Jesús. Pero el mismo Señor hizo que sus ministerios fueran complementarios y los constituyó en pilares de la Iglesia naciente.

Hay que destacar que el entendimiento entre ellos no fue fácil. Ambos tuvieron que aprender los caminos de la “comunión”, núcleo del evangelio. Por ejemplo, en Gálatas 2,9, Pablo cuenta con alegría como en la visita a Jerusalén Pedro, Santiago y Juan “nos tendieron la mano en señal de comunión”, pero también como luego tuvo que reprenderlo: “al ver que no procedía con rectitud, según la verdad del Evangelio, lo acusó de arrastrar a otros a “actuar la misma comedia” (ver 2,11-14).

La complementariedad entre los dos apóstoles es necesaria. En materia de “comunión”, la Iglesia no nació “sabida”, ella tuvo que aprender. Es bonito ver eso: a pesar de contar con las “memoria” de la palabras y dichos de Jesús, entre los primeros cristianos nadie sabía de una vez por todas lo que había que hacer en todas las circunstancias de la vida. Por eso, cuando tenían un problema, dialogaban entre ellos y, si era el caso, no tenían reparo en debatir algunos temas polémicos que iban surgiendo. Lo importante era que (1) lo hacían con una fidelidad total al Señor, sin apartar la mirada de Jesús; y (2) se dejaban orientar por los apóstoles. Así, la Iglesia primitiva, fue un verdadero volcán de amor, abierta dócilmente a la guía del Espíritu Santo, pronta para el servicio de la Palabra. Esta era la raíz de la comunión eclesial que fue animada por los apóstoles.

Hoy son motivo de fiesta

Dice una antigua antífona de la liturgia armena: “La Iglesia, hoy se regocija. Es la solemnidad de los Apóstoles que la adornaron con joyas sin precio, en la Gloria del Verbo hecho carne”.

La memoria de los apóstoles Pedro y Pablo no es de ninguna manera secundaria. Cada uno de ellos, con su propio carisma, de Jerusalén a Roma, siguieron el camino de la Palabra, para que la Buena Noticia de Jesús muerto y resucitado pudiera ser escuchada por todos, y para que con su enseñanza la vida en Jesús resucitado tomara forma en los nuevos ambientes en los que penetraba el Evangelio. Su ministerio amasó el pan de la Iglesia con la levadura del Evangelio.

Veinte siglos después de su muerte, nosotros seguimos en esa misma ruta, dejándonos impactar por el ímpetu de su testimonio e intentando aprender siempre de nuevo una vida de “comunión” en todos los niveles de la Iglesia.

2. La “Roca” de la Iglesia

El evangelio se centra en la persona de Pedro, el discípulo que Jesús ha venido educando progresivamente en la fe (ver Mateo 14,31).

La revelación de la filiación divina de Jesús (“el Hijo de Dios vivo”), que hace de Pablo un apóstol (ver Gálatas 1,16), constituye a Simón Pedro en la roca sobre la cual Jesús construirá su Iglesia, una roca que ni aún las fuerzas del mal conseguirán abatir. Su confesión de fe expresa el sentir de la Iglesia entera, su fe es clara e inequívoca

Esta escena se presenta en contraluz con dos relatos previos en los que los fariseos y saduceos: (1) son reprendidos por Jesús por pedir un signo para creer (Mateo 16,1-4; y él no les da un signo distinto a su persona); (2) son puestos como ejemplo de la actitud y de la doctrina que no hay que seguir (16,5-12).

2.1. Simón le dice a Jesús: “Tú eres…”

Después que le hacen el repaso de las diversas opiniones que la gente tiene acerca de él (16,13-14), Jesús les pregunta a los discípulos qué opinión tienen de Él. Entonces Simón Pedro responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (16,16).

En esta confesión de fe, el apóstol reconoce la doble relacionalidad que caracteriza de manera inequívoca a Jesús:

(1) Con relación al pueblo, Jesús es el Cristo (Mesías): el único, el último y definitivo rey y pastor del pueblo de Israel, enviado por Dios para darle a este pueblo y a toda la humanidad la plenitud de vida (como se vio en la multiplicación de los panes y los otros milagros).

(2) Con relación a Dios, Jesús es su Hijo: vive en una relación única, singular con Dios, caracterizada por el conocimiento recíproco, la igualdad y la comunión de amor entre el Padre y entre ellos (ver Mt 11,27).

El Dios que revela Jesús es calificado como “Dios viviente”. Con esto se quiere decir que se trata del único Dios, el verdadero y real, que es vida en sí mismo, que ha creado todo, que su inmenso poder vence la muerte.

Pero esto que Pedro dice de Dios tiene que ver directamente con Jesús. Jesús es el único Mesías que, profundamente ligado al poder vital mismo, al Dios viviente, está en capacidad concederle a la humanidad el bienestar verdadero, el crecimiento integral y armónico, y la plenitud de la existencia. Este don de la vida Jesús lo comunicará mediante su donación en el camino de la cruz.

2.2. Jesús le dice a Simón: “Tú eres…”

Una vez que Pedro confiesa la fe, Jesús se detiene en un bellísimo discurso dirigido a él. Notemos:

(1) Jesús se dirige a él con nombre propio y con su patronímico (nombre del papá) para indicar:

· Su plena realidad humana: “Simón”.

· Su origen y su historia: “Hijo de Jonás”.

(2) Jesús le revela el don extraordinario que hizo posible esta confesión: el Padre celestial le dio este conocimiento (ver 11,27; 17,5) que no se puede alcanzar únicamente por medios humanos. Simón no sólo ha sido llamado por Jesús sino que también ha sido privilegiado por el Padre, por eso tiene todos los motivos para ser “Bienaventurado”, es decir, “¡Feliz!”.

(3) Jesús le pone un nuevo nombre. Al “Tú eres” dicho por Simón a Jesús, Jesús le responde con otro “Tú eres” y le declara su nueva identidad: “Tú eres Pedro”, es decir “Roca”. Este término no aparecía antes en ninguna parte como nombre de persona, es una nueva creación de Jesús. Para Simón comienza una nueva vida.

(4) Jesús le da una nueva tarea. Con la nueva existencia Jesús le da una nueva responsabilidad (como sucede en Gn 17,5.15; Nm 13,16; 2 Re 24,17). Con tres imágenes Jesús describe la nueva tarea del apóstol:

· La Roca: una roca sobre la que Jesús edificará su Iglesia. La Iglesia es presentada como la comunidad de los que expresan la misma confesión de fe de Pedro. Pedro debe darle consistencia y firmeza a esta comunidad de fe. Por su parte Jesús le promete a la comunidad –la casa edificada sobre ella- una duración perenne y una gran solidez (ver la profecía de 2ª Samuel 7,1-17).

· Las Llaves: no significan que Pedro sea nombrado portero del cielo sino el administrador que representa al dueño de la casa ante los demás y que actúa por delegación suya. La imagen está tomada de Isaías 22,15-25, donde se describe el nombramiento de Eliakim como primer ministro del rey Ezequías de Judá. La imagen refuerza que Jesús sigue siendo el “Señor de la Iglesia”.

· El Atar y Desatar: es una imagen que indica la autoridad de su enseñanza (ver lo contrario en Mt 16,12). Pedro debe decir qué se permite y qué no en la comunidad; él tiene la tarea de acoger o excluir de ella. El punto de referencia de su enseñanza es la misma doctrina de Jesús; por ejemplo, en el Sermón de la Montaña Jesús ya ha establecido cuál es el comportamiento necesario para entrar en el cielo (ver 5,20; 7,21). Por esto, aunque su referencia constante es la Palabra de Jesús, la enseñanza de Pedro tiene valor vinculante.

Con sus palabras a Pedro, Jesús se declara una vez más como el Señor de la Iglesia. Jesús es su pastor y nunca la abandona sino que le da una guía con autoridad. En la Iglesia todo proviene de Jesús y apunta a Él. Es cierto que quien edifica la Iglesia es Jesús, Él es el fundamento, la piedra angular. Pedro debe hacer visible este fundamento y esta piedra siendo signo de unidad y de comunión entre todos los discípulos que confiesan la misma fe. Con razón decía San Ambrosio: “Ubi Petrus, Ibi Ecclesia”, es decir, “donde está Pedro, allí está la Iglesia”.

3. Saber decir: “Mi Iglesia”

¿Cómo resuenan en nuestros oídos las palabras del Maestro: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”?

Jesús dice “mi Iglesia”, en singular, no “mis Iglesias”. Él ha pensado y deseado una sola Iglesia, no una multiplicidad de Iglesias independientes, o peor, en conflicto entre ellas.

Mía”, además de ser singular, es también un adjetivo posesivo. Jesús reconoce, por tanto, la Iglesia como “suya”, dice “mi Iglesia” como si un hombre dijera “mi esposa” o “mi cuerpo”. Se identifica con ella, no se avergüenza de ella. Sobre los labios de Jesús, la expresión “mi Iglesia” suena de manera idéntica.

En las palabras de Jesús, notamos un fuerte llamado a todos los discípulos de Jesús a reconciliarse con la Iglesia. Renegar de la Iglesia es como renegar de la propia madre.

No puede tener a Dios por Padre”, decía san Cipriano, “quien no tiene a las Iglesia por Madre”. Un buen fruto de esta fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo sería que aprendiéramos a decir también nosotros los miembros de la Iglesia católica a la cual pertenecemos: “¡Mi Iglesia!”.

En síntesis..

La confesión de Pedro es un texto de gran impor­tancia para la vida del cristianismo y se compone de dos partes: la respuesta de Pedro sobre el mesiaszgo de Je­sús, Hijo de Dios (w. 13-16), y la promesa del primado que Jesús confiere a Pedro (w. 17-19). Por lo que res­pecta a la pregunta que dirige Jesús a sus discípulos, po­demos subrayar dos puntos de vista: el de los hombres (v. 13: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»), con su apreciación humana, y el de Dios (v. 15: «Y vo­sotros ¿quién decís que soy yo?», con el correspondiente conocimiento sobrenatural.

La opinión de la gente del tiempo de Jesús reconocía en él a un profeta y a una personalidad extraordinaria (v. 14). La opinión de los Doce, en cambio, es la expre­sada por la confesión de fe de Pedro: Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios (cf. v. 16). Ahora bien, esa revelación es fruto exclusivo de la acción del Espíritu Santo, «porque eso no te lo ha revelado ningún mortal, sino mi Padre, que está en los cielos» (v. 17).

A causa de esta confesión, Pedro será la roca sobre la que edificará Jesús su Iglesia. A Pedro y a sus suceso­res les ha sido confiada una misión única en la Iglesia: son el fundamento visible de esa realidad invisible que es Cristo resucitado. Ambos constituyen la garantía de la indefectibilidad de la Iglesia a lo largo de los siglos. Por otra parte, el poder especial otorgado por Jesús a Pedro, expresado por las metáforas de las llaves, del «atar» y del «desatar» (v. 19), indica que tendrá autori­dad para prohibir y permitir en la Iglesia.

La Iglesia celebra a través de estos dos apóstoles su fundamento apostólico, mediante el cual se apoya directamente en la piedra angular que es Cristo (cf. Ef 2,19). Pedro y Pablo son los «fundadores» de nuestra fe; a partir de ellos se entabla el diálogo entre institución y carisma, a fin de hacer progresar el camino de la vida Cristiana.

El pescador de Galilea empezó su extraordinaria aventura siguiendo al Maestro de Nazaret, primero, en Judea y, a continuación, tras su muerte, hasta Roma. Y aquí se quedó no sólo con su tumba, sino con su mandato, es decir, en aquellos que han subido a la “cátedra de Pedro”. Pedro continúa siendo, en los obispos de Roma, la «roca» y el centro de unidad sobre el que Cris­to edifica su Iglesia.

Pablo de Tarso, el apóstol de los gentiles, se convirtió de perseguidor de Cristo en celoso misionero de su Evangelio. Cogido por el amor al Señor, Cristo llegó a ser para él su mayor pasión (2 Cor 5,14), hasta el punto de decir: “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). Su martirio revelará la sustancia de su fe.

La evangelización de estas dos columnas de la Igle­sia no se apoya en un mensaje intelectual, sino en una praxis profunda, sufrida y atestiguada con la palabra de Jesús.

Sigamos meditando su palabra en lo profundo del corazón

¿Cuáles son los dos momentos sucesivos en los cuales Jesús interroga a sus discípulos?

¿En el grupo al cual pertenezco cómo es considerada la figura de Jesús? ¿Qué hacemos para conocerlo cada vez más?

¿En qué forma comparto con los demás el paso de Jesús por mi vida?

¿Cómo expreso mi fe en Jesús, con qué términos? ¿Las palabras de Pedro expresan lo que personalmente estoy viviendo de Jesús?

¿Qué podría hacer para la persona de Jesús esté siempre en el centro de mi vida?

¿Qué rol tiene Pedro en la Iglesia de Jesús? ¿Qué actitudes debe tomar la comunidad con él?

¿Qué me dice a mí el texto? ¿Qué me ayuda a descubrir en mi vida de “creyente” en el Cristo e Hijo de Dios viviente?

¿Qué lección me da la complementariedad de ministerios de Pedro y Pablo, para seguir promoviendo la “comunión en la Iglesia”?

oremos..

“Dios omnipotente y eterno,

que con inefable sacramento

quisiste poner en la sede de Roma

la potestad del principado apostólico,

para que a través de ella la verdad evangélica

se difundiera por todos los reinos del mundo,

concede que lo que se ha difundido

por su predicación en todo el orbe

sea seguido por toda la devoción cristiana”

(Sacramentarium Veronense, Ed. L.C. Mohlberg, Roma, 1978, n 292)

Entremos en sintonía con Dios en esta solemnidad entrando en el espíritu de los apóstoles Pedro y Pablo, orando juntos:

Me has dicho: ‘Anda y enseña a todas las naciones’ (Mt 28,19).

Creí y por eso hablé (Sal 116,10; 2 Cor 4,13)

Me prohibieron enseñar en tu Nombre (Hch 5,28),

pero yo obedecí a Dios antes que a los hombres (Hch 5,29).

Fui extremadamente humillado (Sal 116,3),

pero estoy feliz de haber sido considerado digno

de padecer ultrajes por el Nombre de Jesús (Hch 5,41).

Y cada día, en el Templo y en las casas,

no dejé de anunciar, oh Jesús, que Tú eres el Cristo (Hch 5,42).

Apacenté el rebaño que me confiaste,

lo cuidé de buena gana, apacible con todos (1 Pe 5,2).

Los que odiaban la paz me atacaron sin motivo (Sl 12).

Me regocijé por tener parte en tus sufrimientos.

Me alegraré cuando se manifieste tu Gloria.

Fui ultrajado por tu Nombre, pero de eso me regocijé,

pues tu Espíritu, oh Dios, reposó en mí.

Padecí como cristiano y no tuve vergüenza.

Glorifiqué a Dios por el Nombre de cristiano (1 Pe 4,14).

Y tú, rompiste mis lazos (Sl 116,16).

Reconocí verdaderamente que Tú mandaste a tu Ángel

y me libraste de la expectación del pueblo (Hch 12,1-19).

A ti me ofrezco en hostia de alabanza,

y tu Nombre aún lo invoco (Sl 116,4).

Cumplo mi promesa a la faz de todo el pueblo,

en los atrios de tu Templo Santo, en medio de Jerusalén (Sl 116,18-19),

no dejaré de anunciar que Tú eres el Cristo”.

(Oración compuesta con base en el Salmo 116, pasajes de los Hechos de los Apóstoles y 1ªPedro 4 y 5; Preparada por el Monasterio Apostólico Piedra Blanca)

Signos y símbolos del Evangelio de san Mateo 16, 13-19

No es suficiente haber bellísimas confesiones de fe de boca, como hemos visto en este pasaje de hoy. El discipulado es moldear la vida entera en la dinámica del seguimiento del que fue camino a la Cruz para recibir allí, del Padre, la vida resucitada. De esta manera el discípulo reconoce y asume el destino de su Maestro en el propio. El discipulado es un camino de vida, una verdadera vida que vale la pena descubrir. Y es para todos, no sólo para los apóstoles.

* Ser Piedra: Pedro debe ser la piedra, a saber, debe ser el fundamento firme para la Iglesia, de modo que pueda resistir contra los asaltos de las puertas del infierno. Con estas palabras de Jesús a Pedro, Mateo animaba a las comunidades de la Siria o de la Palestina, que sufrían y eran perseguidas y que veían en Pedro el jefe que las había sellado desde los orígenes. A pesar de ser débiles y perseguidas, ellas tenían un fundamento sólido, garantizado por la palabra de Jesús. En aquel tiempo, las comunidades cultivaban una estrecha relación afectiva muy fuerte con los jefes que habían dado origen a la comunidad. Así las comunidades de la Siria y Palestina cultivaban su relación con la persona de Pedro. La de la Grecia con la persona de Pablo. Algunas comunidades de Asia con la persona del Discípulo amado y otras con la persona de Juan el del Apocalipsis. Una identificación con estos jefes de sus orígenes les ayudaba a cultivar mejor la propia identidad y espiritualidad. Pero podía ser también motivo de conflicto, como en el caso de la comunidad de Corinto (1Cor 1,11-12). Ser piedra como fundamento de la fe evoca la palabra de Dios al pueblo en el destierro de Babilonia “Oídme vosotros, los que seguís la justicia, los que buscáis a Yahvé. Considerad la roca de la que habéis sido tallados y la cantera de la que habéis sido sacados. Mirad a Abrahán, vuestro padre y a Sara que os dio a luz; porque sólo a él lo llamé yo, lo bendije y lo multipliqué.” (Is 51,1-2). Aplicada a Pedro, esta cualidad de piedra-fundamento, indica un nuevo comienzo del pueblo de Dios.

* Las llaves del Reino: Pedro recibe las llaves del Reino para atar y desatar, o sea, para reconciliar entre ellos y con Dios . El mismo poder de atar y desatar se les ha sido dado a las comunidades (Mt 18,8) y a los discípulos (Jn 20,23). Uno de los puntos en el que el Evangelio de Mateo insiste más, es el de la reconciliación y el perdón. (Mt 5,7.23-24.38-42.44-48; 6,14-15; 18,15-35). El hecho es que en los años 80 y 90, allá en la Siria existían muchas tensiones en las comunidades y divisiones en las familias por causa de la fe en Jesús. Algunos lo aceptaban como Mesías y otros no, y esto era fuente de muchos desavenencias y conflictos. Mateo insiste sobre la reconciliación. La reconciliación era y sigue siendo uno de los más importantes deberes de los coordinadores de las comunidades. Imitando a Pedro, deben atar y desatar, esto es, trabajar para que haya reconciliación, aceptación mutua, construcción de la verdadera fraternidad.

* La Iglesia: La palabra Iglesia, en griego ekklesia, aparece 105 veces en el Nuevo Testamento, casi exclusivamente en las Actas de los Apóstoles y en las Cartas. Solamente tres veces en los Evangelios, y sólo en Mateo. La palabra significa” asamblea convocada” o ” asamblea elegida”. Ésta indica el pueblo que se reúne convocado por la Palabra de Dios, y trata de vivir el mensaje del Reino que Jesús nos ha traído. La Iglesia o la comunidad no es el Reino, sino un instrumento y una señal del Reino. El Reino es más grande. En la Iglesia, en la comunidad, debe o debería aparecer a los ojos de todos, lo que sucede cuando un grupo humano deja a Dios reinar y tomar posesión de su vida.

Aplicación a la vida

Dios no ha querido cerrar el cielo, no ha querido esconder las llaves o dejarlas en algún lugar inalcanzable, no, ha querido dejar las llaves al alcance de cualquiera «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo. » Le deja las llaves a un pescador, a alguien que le negará y mirará los planes de Dios sólo desde lo humano. Pero ese alguien sabe que Jesús, el Hijo de Dios, le ama y le puede decir, desde su debilidad, “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero.” Y esas llaves que recibió Pedro han ido traspasándose hasta Benedicto XVI. Ha habido Papas santos, pecadores, inteligentes, guerreros, lujuriosos, ambiciosos, humildes y sonrientes, de todo tipo; pero todos sabían que no eran los dueños del cielo, sólo tenían las llaves. Y esa es una responsabilidad muy grande, más grande de la que ningún ser humano por sus propias fuerzas puede soportar, y por eso Pedro puede exhortarnos: “ Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño.” Muchas veces estamos acostumbrados a leer opiniones sobre el Papa en términos políticos, como si fuese un dictador o buscase favorecer a “los suyos.” Puedo comprender, aunque no compartir, que un político busque su beneficio personal y situarse cómodamente en la sociedad. Le darán igual las críticas, ya habrá quien haga las cosas peor o preocuparan otros asuntos. Pero el Papa sabe que quien le pedirá cuentas será el mismo Dios, en quien cree firmemente, y se juega la eternidad. Por eso necesita una especial Gracia de Dios y exige (no me he equivocado de palabra), exige la oración de todos los católicos del mundo. Ni “progres”, ni “carcas,” ni los de la fe del carbonero ni los teólogos pueden permitirse el lujo de no rezar por el que tiene que llevar el peso de la Iglesia en cada momento. A lo mejor tiene que ser un pobrecillo de Asís el que ayude a levantar la Iglesia, o una Catalina de Siena la que le regañe, pero lo hará junto al Papa, nunca contra él.

Hoy se nos invita a mirar a las dos columnas de la Iglesia: Pedro y Pablo, quienes apenas se encontraron (dos veces, que nos conste)… Pero los cabellos les olían a viento, al viento de Pentecostés. Edificaron la Iglesia en la calle, en las plazas, en las azoteas… En el martirio. La iglesia no es un Banco, ni una multinacional; la Iglesia se edifica con santos, la Iglesia se edifica en la calle. Su piedra angular, Jesucristo, no tenía dónde reclinar la cabeza, y pasó su vida al raso. Madre de la Iglesia, Reina de los apóstoles: danos santos, danos mártires, y, por favor… no permitas entrar al carpintero que quiere reparar aquella puerta que Pedro rompió en Pentecostés.

La Virgen debe ver en el rostro de cada Papa el reguero dejado por las lágrimas de Pedro y seguro que los ampara de manera especial. Pidámosle a ella por nuestro Papa, el de cada momento, el de la Iglesia, el que tiene las llaves de la misericordia de Dios.

Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Referencias

P. Fidel Oñoro, Cjm

Zevini Giorgio y Giordano Pier, Lectio Divina para cada día del año, Vol 16, Propio de los santos I (enero-junio), Ed Verbo Divino, Estella, 2004.


ANEXO 1

Homilía de SS Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta de San Pedro y San Pablo, apóstoles, es una grata memoria de los grandes testigos de Jesucristo y, a la vez, una solemne confesión de fe en la Iglesia una, santa, católica y apostólica.

Ante todo es una fiesta de la catolicidad. El signo de Pentecostés ―la nueva comunidad que habla en todas las lenguas y une a todos los pueblos en un único pueblo, en una familia de Dios― se ha hecho realidad. Nuestra asamblea litúrgica, en la que se encuentran reunidos obispos procedentes de todas las partes del mundo, personas de numerosas culturas y naciones, es una imagen de la familia de la Iglesia extendida por toda la tierra. Los extranjeros se han convertido en amigos; superando todos los confines, nos reconocemos hermanos. Así se ha cumplido la misión de san Pablo, que estaba convencido de ser “ministro de Cristo Jesús para con los gentiles, ejerciendo el sagrado oficio del Evangelio de Dios, para que la ofrenda de los gentiles, consagrada por el Espíritu Santo, agrade a Dios” (Rm 15, 16).

La finalidad de la misión es una humanidad transformada en una glorificación viva de Dios, el culto verdadero que Dios espera:  este es el sentido más profundo de la catolicidad, una catolicidad que ya nos ha sido donada y hacia la cual, sin embargo, debemos avanzar siempre de nuevo. Catolicidad no sólo expresa una dimensión horizontal, la reunión de muchas personas en la unidad; también entraña una dimensión vertical:  sólo dirigiendo nuestra mirada a Dios, sólo abriéndonos a él, podemos llegar a ser realmente uno. Como san Pablo, también san Pedro vino a Roma, a la ciudad a donde confluían todos los pueblos y que, precisamente por eso, podía convertirse, antes que cualquier otra, en manifestación de la universalidad del Evangelio. Al emprender el viaje de Jerusalén a Roma, ciertamente sabía que lo guiaban las palabras de los profetas, la fe y la oración de Israel.

En efecto, la misión hacia todo el mundo también forma parte del anuncio de la antigua alianza:  el pueblo de Israel estaba destinado a ser luz de las naciones. El gran salmo de la Pasión, el salmo 21, cuyo primer versículo “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” pronunció Jesús en la cruz, terminaba con la visión:  “Volverán al Señor de todos los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos” (Sal 21, 28). Cuando san Pedro y san Pablo vinieron a Roma, el Señor, que había iniciado ese salmo en la cruz, había resucitado; ahora se debía anunciar a todos los pueblos esa victoria de Dios, cumpliendo así la promesa con la que concluía el Salmo.

Catolicidad significa universalidad, multiplicidad que se transforma en unidad; unidad que, a pesar de todo, sigue siendo multiplicidad. Las palabras de san Pablo sobre la universalidad de la Iglesia nos han explicado que de esta unidad forma parte la capacidad de los pueblos de superarse a sí mismos para mirar hacia el único Dios.

El fundador de la teología católica, san Ireneo de Lyon, en el siglo II, expresó de un modo muy hermoso este vínculo entre catolicidad y unidad:  “la Iglesia recibió esta predicación y esta fe, y, extendida por toda la tierra, con esmero la custodia como si habitara en una sola familia. Conserva una misma fe, como si tuviese una sola alma y un solo corazón, y la predica, enseña y transmite con una misma voz, como si no tuviese sino una sola boca. Ciertamente, son diversas las lenguas, según las diversas regiones, pero la fuerza de la tradición es una y la misma. Las Iglesias de Alemania no creen de manera diversa, ni transmiten otra doctrina diferente de la que predican las de España, las de Francia, o las del Oriente, como las de Egipto o Libia, así como tampoco las Iglesias constituidas en el centro del mundo; sino que, así como el sol, que es una criatura de Dios, es uno y el mismo en todo el mundo, así también la luz de la predicación de la verdad brilla en todas partes e ilumina a todos los seres humanos que quieren venir al conocimiento de la verdad” (Adversus haereses, I, 10, 2).

La unidad de los hombres en su multiplicidad ha sido posible porque Dios, el único Dios del cielo y de la tierra, se nos manifestó; porque la verdad esencial sobre nuestra vida, sobre nuestro origen y nuestro destino, se hizo visible cuando él se nos manifestó y en Jesucristo nos hizo ver su rostro, se nos reveló a sí mismo. Esta verdad sobre la esencia de nuestro ser, sobre nuestra vida y nuestra muerte, verdad que Dios hizo visible, nos une y nos convierte en hermanos. Catolicidad y unidad van juntas. Y la unidad tiene un contenido:  la fe que los Apóstoles nos transmitieron de parte de Cristo.

Me alegra haber entregado a la Iglesia ayer ―en la fiesta de san Ireneo y en la víspera de la solemnidad de San Pedro y San Pablo― una nueva guía para la transmisión de la fe, que nos ayuda a conocer mejor y también a vivir mejor la fe que nos une:  el Compendio del Catecismo de la Iglesia católica. Lo que en el gran Catecismo, mediante los testimonios de los santos de todos los siglos y con las reflexiones maduradas en la teología, se presenta de manera detallada, aquí, en este libro, se encuentra recapitulado en sus contenidos esenciales, que luego se han de traducir al lenguaje diario y se han de concretar siempre de nuevo.

El libro está estructurado en forma de diálogo, con preguntas y respuestas; catorce imágenes asociadas a los diversos campos de la fe invitan a la contemplación y a la meditación. Resumen, por decir así, de modo visible lo que la palabra desarrolla detalladamente. Al inicio está un icono de Cristo del siglo VI, que se encuentra en el monte Athos y representa a Cristo en su dignidad de Señor de la tierra, pero a la vez como heraldo del Evangelio, que lleva en la mano. “Yo soy el que soy” ―este misterioso nombre de Dios, propuesto en la antigua alianza― se halla escrito allí como su nombre propio:  todo lo que existe viene de él; él es la fuente originaria de todo ser. Y por ser único, también está siempre presente, siempre está cerca de nosotros y, al mismo tiempo, siempre nos precede, como “señal” en el camino de nuestra vida; más aún, él mismo es el camino.

No se puede leer este libro como se lee una novela. Hace falta meditarlo con calma en cada una de sus partes, dejando que su contenido, mediante las imágenes, penetre en el alma. Espero que así sea acogido, a fin de que se convierta en una buena guía para la transmisión de la fe.

Hemos dicho que catolicidad de la Iglesia y unidad de la Iglesia van juntas. El hecho de que ambas dimensiones se nos hagan visibles en las figuras de los santos Apóstoles nos indica ya la característica sucesiva de la Iglesia:  apostólica. ¿Qué significa?

El Señor instituyó doce Apóstoles, como eran doce los hijos de Jacob, señalándolos de esa manera como iniciadores del pueblo de Dios, el cual, siendo ya universal, en adelante abarca a todos los pueblos. San Marcos nos dice que Jesús llamó a los Apóstoles para que “estuvieran con él y también para enviarlos” (Mc 3, 14). Casi parece una contradicción. Nosotros diríamos:  o están con él o son enviados y se ponen en camino.

El Papa san Gregorio Magno tiene un texto acerca de los ángeles que nos puede ayudar a aclarar esa aparente contradicción. Dice que los ángeles son siempre enviados y, al mismo tiempo, están siempre en presencia de Dios, y continúa:  “Dondequiera que sean enviados, dondequiera que vayan, caminan siempre en presencia de Dios” (Homilía 34, 13). El Apocalipsis se refiere a los obispos como “ángeles” de su Iglesia; por eso, podemos hacer esta aplicación:  los Apóstoles y sus sucesores deberían estar siempre en presencia del Señor y precisamente así, dondequiera que vayan, estarán siempre en comunión con él y vivirán de esa comunión.
La Iglesia es apostólica porque confiesa la fe de los Apóstoles y trata de vivirla. Hay una unicidad que caracteriza a los Doce llamados por el Señor, pero al mismo tiempo existe una continuidad en la misión apostólica. San Pedro, en su primera carta, se refiere a sí mismo como “co-presbítero” con los presbíteros a los que escribe (cf. 1 P 5, 1). Así expresó el principio de la sucesión apostólica:  el mismo ministerio que él había recibido del Señor prosigue ahora en la Iglesia gracias a la ordenación sacerdotal. La palabra de Dios no es sólo escrita; gracias a los testigos que el Señor, por el sacramento, insertó en el ministerio apostólico, sigue siendo palabra viva.
Así ahora me dirijo a vosotros, queridos hermanos en el episcopado. Os saludo con afecto, juntamente con vuestros familiares y con los peregrinos de las respectivas diócesis. Estáis a punto de recibir el palio de manos del Sucesor de Pedro. Lo hemos hecho bendecir, como por el mismo san Pedro, poniéndolo junto a su tumba. Ahora es expresión de nuestra responsabilidad común ante el “Pastor supremo”, Jesucristo, del que habla san Pedro (cf. 1 P 5, 4).

El palio es expresión de nuestra misión apostólica. Es expresión de nuestra comunión, que en el ministerio petrino tiene su garantía visible. Con la unidad, al igual que con la apostolicidad, está unido el servicio petrino, que reúne visiblemente a la Iglesia de todas las partes y de todos los tiempos, impidiéndonos de este modo a cada uno de nosotros caer en falsas autonomías, que con demasiada facilidad se transforman en particularizaciones de la Iglesia y así pueden poner en peligro su independencia.

Con esto no queremos olvidar que el sentido de todas las funciones y los ministerios es, en el fondo, que “lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud”, de modo que crezca el cuerpo de Cristo “para construcción de sí mismo en el amor” (Ef 4, 13. 16).

Desde esta perspectiva, saludo con afecto y gratitud a la delegación de la Iglesia ortodoxa de Constantinopla, que ha enviado el Patriarca ecuménico Bartolomé I, al que dirijo un saludo cordial. Encabezada por el metropolita Ioannis, ha venido a nuestra fiesta y participa en nuestra celebración. Aunque aún no estamos de acuerdo en la cuestión de la interpretación y el alcance del ministerio petrino, estamos juntos en la sucesión apostólica, estamos profundamente unidos unos a otros por el ministerio episcopal y por el sacramento del sacerdocio, y confesamos juntos la fe de los Apóstoles como se nos ha transmitido en la Escritura y como ha sido interpretada en los grandes concilios.

En este momento de la historia, lleno de escepticismo y de dudas, pero también rico en deseo de Dios, reconocemos de nuevo nuestra misión común de testimoniar juntos a Cristo nuestro Señor y, sobre la base de la unidad que ya se nos ha donado, de ayudar al mundo para que crea. Y pidamos con todo nuestro corazón al Señor que nos guíe a la unidad plena, a fin de que el esplendor de la verdad, la única que puede crear la unidad, sea de nuevo visible en el mundo.

El evangelio de este día nos habla de la confesión de san Pedro, con la que inició la Iglesia:  “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). He hablado de la Iglesia una, católica y apostólica, pero no lo he hecho aún de la Iglesia santa; por eso, quisiera recordar en este momento otra confesión de Pedro, pronunciada en nombre de los Doce en la hora del gran abandono:  “Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6, 69). ¿Qué significa? Jesús, en la gran oración sacerdotal, dice que se santifica por los discípulos, aludiendo al sacrificio de su muerte (cf. Jn 17, 19). De esta forma Jesús expresa implícitamente su función de verdadero Sumo Sacerdote que realiza el misterio del “Día de la reconciliación”, ya no sólo mediante ritos sustitutivos, sino en la realidad concreta de su cuerpo y su sangre.

En el Antiguo Testamento, las palabras “el Santo de Dios” indicaban a Aarón como sumo sacerdote que tenía la misión de realizar la santificación de Israel (cf. Sal 105, 16; Si 45, 6). La confesión de Pedro en favor de Cristo, a quien llama “el Santo de Dios”, está en el contexto del discurso eucarístico, en el cual Jesús anuncia el gran Día de la reconciliación mediante la ofrenda de sí mismo en sacrificio:  “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6, 51).

Así, sobre el telón de fondo de esa confesión, está el misterio sacerdotal de Jesús, su sacrificio por todos nosotros. La Iglesia no es santa por sí misma, pues está compuesta de pecadores, como sabemos y vemos todos. Más bien, siempre es santificada de nuevo por el Santo de Dios, por el amor purificador de Cristo. Dios no sólo ha hablado; además, nos ha amado de una forma muy realista, nos ha amado hasta la muerte de su propio Hijo. Esto precisamente nos muestra toda la grandeza de la revelación, que en cierto modo ha infligido las heridas al corazón de Dios mismo. Así pues, cada uno de nosotros puede decir personalmente, con san Pablo:  “Yo vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2, 20).

Pidamos al Señor que la verdad de estas palabras penetre profundamente, con su alegría y con su responsabilidad, en nuestro corazón. Pidámosle que, irradiándose desde la celebración eucarística, sea cada vez más la fuerza que transforme nuestra vida.

Fuente: www.vatican.va

Meditemos la Palabra Junio 20 de 2008 Click aquí para escuchar el audio

Comparto con ustedes la reflexión de la Palabra del día de hoy en la celebración eucarística de la Emisora Minuto de Dios (107.9 FM, Bogotá, Colombia).

P. Pablo Velazquez Abreu, cjm

22 de Junio de 2008
Lectio Divina del Decimosegundo Domingo de Tiempo Ordinario
Primera lectura: Jeremías 20, 10-13 / Salmo responsorial: 68, 8-10. 14-17. 33-35 / Segunda lectura: Romanos 5, 12-15
Mateo 10, 26-33: El Manual de los Buenos Obreros del Evangelio: El perfil espiritual del misionero. “¡No tengan miedo!”

Un famoso slogan decía: «Busca la Verdad; la Cruz ya te la pondrán».

Oración Inicial
Viendo que en este pasaje el Señor Jesús nos ayuda a conocer más al Padre, pidámosle que cada vez más lo conozcamos y así vivamos con alegría nuestra fe en Él. Dios Padre bueno, Tú que nos conoces hasta lo más profundo de nosotros mismos, Tú que sondeas nuestro corazón y nos llenas de ti, Tú que sabes hasta los cabellos que tenemos en la cabeza, Tú que dispones todo para nuestro bien.
Tú a quien podemos llamar: PADRE NUESTRO, que nos atraes a ti, danos la gracia de corresponder a tu amor, de abandonarnos totalmente en tus brazos paternales, sabiendo que Tú nos amas con amor incondicional. Regálanos Señor, un corazón dócil a tu presencia en nosotros, y ayúdanos a dejarnos inundar por tu amor, viviendo en tu presencia, realizando lo que Tú nos pides y quieres de nosotros, siendo conscientes que eres nuestro Padre y que nos amas con amor eterno. Que así sea.

Breve comentario a las lecturas
El libro de Jeremías, que parece un Evangelio escrito con anticipación, nos relata hoy las dificultades que el discípulo tiene que afrontar para permanecer fiel al Maestro y transmitir a los demás sus enseñanzas. Jeremías tuvo que sufrir muchísimo para permanecer fiel a su misión; se le opusieron hasta los amigos y familiares. Experimentó plenamente la advertencia del Evangelio de que los enemigos del hombre (es decir, del discípulo) serán los de su propia casa. A pesar de todo, el profeta supo vencer el abatimiento y la tentación de abandono, hasta exclamar: “El Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo”. La confianza de Jeremías en la fidelidad de Dios se transforma en esperanza, la esperanza en certeza que se expresa en una oración de alabanza: “Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos”.
Pablo nos habla desde el punto de vista de la justificación por la ley. Las comunidades cristianas estaban deslumbradas por la creencia de que el cumplimiento estricto de los preceptos religiosos conducía inevitablemente a la salvación del individuo. Pero, Pablo denuncia esta falsa creencia al denunciar que el mero cumplimiento de la letra de la ley no conduce a la justicia. La ejecución de los deberes del culto, como las ofrendas, los baños rituales, los sacrificios, las peregrinaciones… no garantizan una auténtica experiencia de Dios. La reunión de grandes masas en los templos o en las sinagogas no son sin más expresión de un auténtico encuentro con el hermano. Los favores intercambiados entre parientes, colegas, coterráneos o correligionarios no constituyen genuina solidaridad. Pablo denuncia precisamente la incapacidad de los mecanismos habituales de la religión para brindar a la comunidad humana una auténtica experiencia de fraternidad, esperanza y comunión.
Pablo invita a la comunidad a no dejarse engañar por las artimañas de el legalismo, el ritualismo y la religión de masas. La justicia que nos une al Dios de la vida es un don para toda la comunidad. La auténtica religión es aquella que nos conduce del hermano hacia Dios, mediante la compasión, la misericordia y la solidaridad.

EL MIEDO
Hace ya bastantes años fui con unos JÓVENES de la parroquia al parque de atracciones. Quisieron entrar en la “casa del terror,” recién inaugurada, que tenía fama de asustar al más pintado. Como era el mayor me tocó ir delante de la fila de muchachos. Eso de ir el primero en esa situación me resultó bastante aburrido: los sustos y las sorpresas aparecían una vez que ya había pasado, la niña de “El Exorcista” dormía plácidamente cuando pasé a su lado, el hombre de “La matanza de Texas” me regañó por equivocarme de camino (¿Qué culpa tengo yo que eso estuviese tan oscuro?), y “Freddy Kruger” me acompañó amablemente al buen camino. En resumen, escuchaba gritos a mis espaldas pero me aburrí como una ostra.
“Entonces escuché la voz del Señor que decía: ¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí? ; Contesté: Aquí estoy, mándame;” Isaías no tarda en responder al Señor, a pesar de ser “hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros”, no busca excusas para ofrecer su vida al Señor. La disponibilidad debe ser una virtud del cristiano. El cristiano tiene que estar disponible, dispuesto a hacer lo que Dios quiera de nosotros, a ofrecernos “los primeros” y no “escaquearnos” de la voluntad de Dios buscando nuestra propia voluntad. Ir en cabeza para hacer lo que Dios quiere no es presunción, es servicio, entrega, docilidad.
A veces el mundo nos puede parecer como la “casa del terror,” lleno de peligros, tentaciones, enemigos y pruebas. Si marchamos en cabeza seguramente pasemos de una situación a otra sin darnos cuenta de “las tentaciones del mundo” pues tenemos un objetivo: hacer lo que Dios quiere en mi vida. Si queremos que “nos lleven” -sin poner nada de nuestra parte-, seguramente nos llevemos los sustos más grandes de nuestra vida.
“Temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo.” El diablo, nuestro enemigo, siempre querrá que avancemos en segundo, tercer o último lugar. Siempre nos presentará “razones” para dejar que sean otros los que hagan las cosas (que otros recen, que otros sean castos, que otros se entreguen, que otros vivan la caridad, que otros sean fieles, que otros …) y nosotros esperemos a ver si “les sale bien.” Los santos siempre han ido en cabeza, no por protagonismo sino porque tenían el arrojo del amor, de saberse acompañados por Cristo, porque avanzaban sin miedo (ni tan siquiera a los que podían matar el cuerpo) y sabían que son una gozosa realidad las palabras de Cristo: “si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo.”
¿Miedo? Para los pusilánimes, los cobardes, los desconfiados y los de corazón estrecho. Para ti y para mí, arrojo, valentía, audacia, confianza.
Ante las dificultades -que encontrarás-, agárrate de la mano de la Virgen. Ella que abrió el camino de la Redención con su “hágase,” te dará fuerza en tu corazón para “anunciar desde la azotea” la misericordia y el amor de Dios, para superar todos los obstáculos, para avanzar en cabeza. Y además descubrirás que no eres “nadie especial” pues si caminamos con Cristo todos vamos en cabeza.

Evangelio según san Mateo 10-26-33
En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: “No teman a los hombres. Lo escondido tiene que descubrirse, y lo oculto tiene que saberse. Así, pues, lo que les digo a oscuras, repítanlo a la luz del día, y lo que les digo al oído, predíquenlo desde los techos de las casas. No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede echar el alma y el cuerpo al infierno*. ¿No es cierto que dos pajaritos se venden en unos centavos? Y, sin embargo, no cae a tierra ni uno solo, si no lo permite el Padre. Entonces no teman, pues hasta los cabellos de sus cabezas están contados: con todo, ustedes valen más que los pajaritos. Al que me reconozca delante de los hombres, yo lo reconoceré delante de mi Padre que está en los cielos; y a los que me nieguen delante de los hombres, yo también los negaré delante de mi Padre que está en los cielos”.

*Gehenna: un barranco al sur de Jerusalén donde en la antigüedad se ofrecían sacrificios humanos a los dioses paganos, y en tiempos posteriores se quemaba la basura. Su fuego constante se convirtió en un símbolo de los tormentos que aguardan a los malvados. Las palabras de Jesús se basan en la descripción del Antiguo Testamento de la gehenna con sus inmundicias y su fuego continuo. (Comentario Bíblico San Jerónimo)

Presentación
Como ya sabemos, la comunidad para la que Mateo escribió estaba formada predominantemente por judíos cristianos, para quienes Jesús representaba la consumación del Antiguo Testamento. Mateo dividió su evangelio en cinco sermones que representaban los cinco libros de Moisés (el Pentateuco). Según Mateo, Jesús era el nuevo Moisés, el proclamador de la nueva ley, el Maestro. Cuando Mateo escribió su evangelio, alrededor del año 85 d.C., los cristianos eran cruelmente perseguidos y, ante los peligros, algunos perdían su fe. En el texto de hoy, la frase: “No teman” aparece tres veces. Con estas palabras Jesús animó a los discípulos y atacó los miedos que podrían causar que ellos abandonaran su misión. El Maestro les aseguró que sus perseguidores podrían matar el cuerpo, pero nunca el alma. La venida del Reino de Dios era inevitable y los discípulos no podían permitir que el miedo los paralizara.
A lo mejor a todos nos gustaría que lo que emprendamos siempre salga bien y sin ningún problema. Pero no siempre es así, y lo peor es que a veces dan ganas de desistir. Esto que es válido para tantos otros ámbitos de la vida, lo es también para el ejercicio de la misión.
En el contexto de la comunidad a la cual el Evangelio de Mateo le transmitía el Evangelio, parecía notarse un ambiente de escepticismo y desencanto debido a una serie de fracasos y problemas que habían surgido dentro de la comunidad. El hecho que el evangelista Mateo insista tanto en el tema de la persecución (comenzando por el mismo Jesús ya desde su infancia; ver Mateo 2,13-18) refleja la complejidad del ambiente en el cual los cristianos vivían y luchaban su fe: no era nada fácil, era como un pasar por una puerta estrecha (ver 7,13).
Por eso, en el “manual de la misión” del evangelista Mateo nos encontramos con una sección que está hecha para renovar los ánimos de una comunidad misionera que está perdiendo el impulso. Tres veces, ¡que insistencia!, hace sonar el imperativo: “¡No tengan miedo!” (10,26.28.31).

Introducción
El miedo paraliza la aventura, enclaustra en falsas seguridades, mata los proyectos. El miedo genera resistencias internas que llevan a la postre a claudicar de las opciones tomadas y a renunciar a los sueños. Por eso los adversarios saben que es por medio del “miedo” que se hace el mayor daño. Pues bien: es ahí mismo donde Jesús fortalece a sus discípulos.
¿Qué hace brillar Jesús en el corazón del misionero? ¿Cómo lo fortalece interiormente? En el pasaje de hoy aparecen tres certezas que el misionero graba en su vida interior:
Este pasaje que es uno de los más bellos de todo el Evangelio de Mateo centra su atención en tres ideas principales:
1) La confianza plena y total en el Padre, sabiendo que Él es un Dios, que nos conoce, nos ama, que está pendiente de nuestra vida, que sabe perfectamente todo lo que estamos viviendo, lo que estamos haciendo, porque nos dice de manera gráfica, que Él, tiene contados hasta los cabellos de nuestra cabeza (Mt 10,30) y es esto aquello que da sentido a todo lo que somos y a todo lo que hacemos, porque nuestro Dios es alguien que está implicado y comprometido con nuestra vida, es Alguien que busca siempre nuestro bien y que nos ama con amor eterno.
2) Ante esta afirmación de la paternidad de Dios, del cuidado que tiene de nuestra vida, el Señor Jesús nos invita a la confianza, a creer en el Padre, a esperar en Él, a confiar en su amor, a esperar todo de Él. Por eso nos dice que no tengamos miedo a aquellos que solo pueden matar nuestro cuerpo (Mt 10,28), pero no nuestra alma. En cambio nos invita sí a tener miedo y estar atentos ante los que sí pueden: “…echar el alma y el cuerpo al infierno…” (Mt 10,28), sin duda que esto resulta impactante, por lo que se dice y por lo que eso implica para nuestra vida, de ahí, que sea un llamado de atención para estar pendientes de nuestra salvación eterna, a no descuidar nuestra práctica religiosa y así lo que significa el encuentro definitivo con el Señor.
3) A su vez, coloca otro aspecto no menos importante, como es el testimonio de nuestra fe, el dar razón de aquello que creemos y de lo que da sentido a lo que hacemos, por eso, utiliza una doble imagen, para ver lo que implica reconocer al Señor ante la gente o el negarlo. En este sentido es que nos dice, que Él nos reconocerá delante del Padre (Mt 10,32), es decir, intercederá por nosotros ante Él si nosotros hemos dado testimonio de lo que hemos creído. En cambio si lo hemos negado, Él también nos negará, nos rechazará cuando estemos ante su Padre (Mt 10,33).
Por lo tanto este pasaje aunque corto, es sumamente rico en revelaciones sobre el Padre, donde se nos da a conocer como un Dios cercano y amigo, como Alguien que está pendiente de nuestra vida y que busca nuestra felicidad. Pero esto, se vuelve compromiso, cuando el Señor Jesús nos hace tomar conciencia de la necesidad de dar testimonio de lo que creemos, de manifestar nuestra fe con nuestra vida, con nuestras actitudes y con nuestra manera ser, en todo momento y en todas las circunstancias.
Breve explicación por versículos
vv. 26-28: Conque no les cojáis miedo, porque nada hay cubierto que no deba descubrirse ni nada escondido que no deba saberse; 27lo que os digo de noche, decidlo en pleno día, y lo que escucháis al oído, pregonadlo desde la azotea.28Tampoco tengáis miedo de los que matan el cuerpo pero no pueden matar la vida; temed si acaso al que puede acabar con vida y cuerpo en el fuego.
Instrucción sobre el temor, que desarrolla la última bienaventuranza (5,10). Ante la amenaza que supone la sociedad, no hay que amedrentarse. El mensaje no puede ocultarse, y proclamarlo es la labor de los discípulos. No les recomienda Jesús que se enfrenten con los perseguidores, pero si que no cesen por ningún motivo de propagar el mensaje. Lo que un tiempo ha estado escondido, tiene que llegar a saberse en todas partes. No hay motivo para vivir en el miedo, pues los hombres pueden suprimir la vida física (el cuerpo), pero no la persona (psykhê = el yo vivo, consciente y libre). Jesús vuelve a insistir en que la muerte no es una derrota (28; cf. 10,22). En caso de que hubiese que temer a alguien, ese temor estaría justificado sólo respecto a Dios Creador, el único que podría destruir al hombre.
vv. 29-31: ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo caerá al suelo sin que lo sepa vuestro Padre. 30Pues, de vosotros, hasta los pelos de la cabeza están contados. 31Conque no tengáis miedo, que vosotros valéis más que todos los gorriones juntos.
Pero para los discípulos Dios es Padre (5,9) y Jesús exhorta a la confianza en él; nada de lo que sucede se le esconde, ni siquiera las cosas más mínimas, como la muerte de los pajarillos. Su amor abraza la creación entera. De la vida de los que trabajan con Jesús, la solicitud de su amor («vuestro Padre») hace que no se les escape nada (cabellos); por eso, la confianza en él ha de ser total. Explica Jesús qué significa «tener a Dios por Rey» en medio de la persecución (5,10).
v.v. 32-33: En conclusión: Por todo el que se pronuncie por mí ante los hombres, me pronunciaré también yo ante mi Padre del cielo, 33pero al que me niegue ante los hombres, lo negaré yo a mi vez ante mi Padre del cielo. Concluye la exhortación.
De la postura que tome el discípulo ante los hombres depende su suerte final. El que, sin miedo, se pronuncia por Jesús es quien resiste hasta el fin y corona su vida con éxito (se salva). Quien se acobarda y niega a Jesús, está abocado a la ruina, acaba en el fracaso. Mt presenta la doble suerte del discípulo en términos de una declaración de Jesús ante el Padre. La fidelidad del discípulo a Jesús en la persecución (5,10.11) es la que lo salva a través de la muerte.

1. La palabra del profeta no será callada (10,26-27)
Lo que está escondido, no está reservado a unos pocos, sino simplemente guardado en espera de ser manifestado. Hay un tiempo para tener escondido y hay un tiempo para manifestar, diría el Qoelet… saber guardar la verdad en el secreto de los días que pasan: esto es lo que forja la credibilidad de la manifestación. No se puede arrojar una semilla al aire, se guarda en el surco del corazón, se deja a sí misma mientras se transforma muriendo, se le sigue atentamente en su germinar a la luz, hasta que la espiga no esté madura y lista para la siega. Cada palabra de Dios pide pasar a través del surco de la propia historia para llevar a su tiempo fruto abundante.
Jesús habla en el secreto, nosotros hablamos en la luz. Dios habla, nosotros escuchamos y nos convertimos en su boca para otros. Las tinieblas de la escucha, del poner dentro, de asimilar preceden a la aurora de todo anuncio. Y cuando desde los terrados se oiga la buena noticia los hombres se verán obligados a mirar a lo alto. Un tesoro de gloria contiene cada momento de escucha, es un momento de espera que prepara al nacimiento de la luz
Los misioneros deben tener claro cuál es la propuesta de Jesús. Jesús no los manda a que enfrenten a sus perseguidores sino a que continúen predicando sin miedo, públicamente, desde lo más alto: “proclamadlo desde los terrados” (10,27). Esta es la manera propia de actuar de quien vive la bienaventuranza de la “mansedumbre” (5,5) y también la del que es “puro de corazón”, quien por no tener nada que esconder no tiene nada que temer.
La Palabra de todas maneras se manifestará por la fuerza propia que tiene, no podrá ser paralizada o “encubierta”: “No hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse” (10,26).
Además el discípulo sabe que la palabra que proclama no es suya. Como “profeta” que es, él ha recibido la Palabra de Dios como un don que no es para él mismo sino para los demás. Lo que Dios le ha dado internamente eso es lo que anuncia: “Lo que a vosotros os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados” (10,17).
He aquí un rasgo fundamental de la espiritualidad del misionero: cultiva una profunda vida interior. La Palabra que allí “escucha” es su mayor fuerza.

2. La vida del misionero está en los brazos poderosos del Padre (10,28-31)
Se puede tener miedo de aquéllos que pueden golpear lo que no es el hombre en su plenitud: quitar la vida terrena no equivale a morir. El único verdaderamente temible es Dios. Pero Dios también después de la muerte conserva la vida del hombre, por esto no hay que temer.
Suceda lo que suceda Dios está con el hombre Y esta es una certeza que permite navegar entre las borrascas más devastadoras porque los tesoros del hombre están guardados por Dios, y de la mano de Dios ninguno puede quitar a los elegidos.
Dos pajarillos, un as. Un mínimo valor que sin embargo está en el pensamiento del Padre. Donde la vida palpita, allí está Dios, completamente. Este cuidado profundo encanta y consuela…e invita a poner oído a todo lo que vibra y lleva la imagen santa del Eterno esplendor. Dos pajarillos: dos pequeñísimas criaturas, de vida breve. El valor de las cosas no se viene por su grandeza o potencia, sino por aquello que anima a lo que es “cuerpo”. Por tanto, todo espacio habitado que acoge la impronta del Creador es lugar de encuentro con Él, testimonio de su atención.
Esta certeza también acompañó a Jesús en sus dificultades, particularmente a la hora de la Cruz.
Jesús se lo transmite también a los suyos: Dios es Papá que tiene cuidados maternos con su comunidad, en Él se puede confiar. La vida está segura en sus manos: “hasta los cabellos de su cabeza están todos contados” (10,30). La preocupación de Dios por sus criaturas llega hasta contar los cabellos de nuestra cabeza ¡Es absurdo el Señor en su manera de amar! Cuando la desolación y el abandono se convierten en las palabras de hoy día, bastará contar cualquier cabello de nuestra cabeza recordar la presencia de Dios en nosotros. La protección del Padre celestial no faltará nunca a los discípulos de Jesús. El Misterio que todo lo abraza no puede desaparecer en aquéllos que han elegido el seguir a su Hijo, dejando la tierra de sus seguridades humanas.
Cada persona vale mucho para Él (10,31). Si Dios derrocha sus preocupaciones por dos pajarillos, cuanto más las tendrá por nosotros. De frente a esta imagen viva de la sensibilidad humana y religiosa de Cristo, desaparece el temor. Dios está a favor del hombre, no contra él. Y si calla, no es porque no se preocupe de nosotros, sino porque sus pensamientos sobre nosotros tienen prospectivas más grandes que traspasan los horizontes de la temporalidad terrena. El conocimiento de esta jerarquía de valores de Dios Padre infunde una gran seguridad.
Pero la confianza debe ir acompañada de la vigilancia: el mayor riesgo del misionero no es su vida física sino el que consigan desviarlo de su opción (10,28). Esta estrategia de los perseguidores es bien conocida: cuando no consiguen callar al profeta ni siquiera con las amenazas de muerte le ofrecen atractivos para cambiarle su manera de pensar. En el libro del Apocalipsis se denuncia esta estrategia.
El misionero debe estar siempre muy centrado en su opción, con la mirada puesta donde es, porque sino no, el mundo que él encuentra difícil de cambiar puede terminar cambiándolo a él. Por eso: “Teman más bien al que puede destruir al hombre entero en el fuego que no se apaga” (10,28).

3. La fidelidad de Jesús con su misionero (10,32-33)
Con una misma frase dicha primero en positivo y luego en negativo, Jesús dice que el comportamiento del discípulo determina su posicionamiento en el juicio final.
En positivo se dice: “Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los Cielos” (10,32). El “declararse” por Jesús describe la terquedad del misionero cuando las circunstancias le piden que esconda su identidad. El “sí” por Jesús no se quedará en el vacío.
Esta triple certeza enclavada en el corazón del discípulo-misionero le da fuerza interna para el ejercicio de la misión, le ayuda a superar sus crisis y salva su vocación. Hagamos hoy un buen reposo sabático para reflexionar sobre nuestras crisis y temores, y sanarlas.
Reconocerse. Cuando en una plaza llena, te encuentras entre rostros desconocidos, experimenta la sensación de extranjero. Pero apenas vislumbra un rostro familiar se te agranda el corazón y te abres camino hasta llegar a él. Este reconocerse permite manifestarte delante de los otros y de exponerte. Cristo entre la gente es el rostro familiar que debe ser reconocido como Maestro y Señor de nuestra vida. ¿Y qué temor se puede tener pensando que Él nos reconocerá delante del Padre en los cielos?
En fin….
Todo esto viene a propósito de una frase que nos dice el Señor en el Evangelio de la Misa de hoy: “no tengáis miedo a los hombres” y, un poquito más adelante, insiste de modo parecido: “no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”.
No se me ocurría otro modo que fundamentara mejor el “no-miedo”, es decir, la seguridad, la entereza, la alegría, el vivir sonriendo a la vida y el no tener miedo a nada ni a nadie, que es la fe.
Pienso que esa debería de ser la fortaleza de los primeros cristianos que eran conducidos al martirio. Bueno, de los primeros cristianos y de los segundos cristianos y de los terceros y de los cristianos del siglo XXI, que es en el que estamos: la seguridad me la da Dios que es mi Padre y sé que aunque me faltaran cosas de la tierra, “el que crea en mí (fe) vivirá para siempre (felicidad eterna junto a Dios)”.

El texto confronta mi actitud ante la vida
1) El Señor Jesús nos dice, que no tengamos miedo, que confiemos y esperemos en el Padre, pero nos advierte de la necesidad de temer a aquellos que pueden matar el alma…, siendo así…, ¿qué estoy haciendo para prepararme para la vida eterna, cuando ahí, solo podremos cosechar lo que hemos sembrado, recoger aquello que hemos vivido? ¿Es esto un tema que me preocupa y que llena mi alma? ¿Me esfuerzo por hacer vida el proyecto del Padre, siendo cuidadoso en vivir de acuerdo a sus mandamientos y a su voluntad?, ¿en qué sentido?
2) De acuerdo a lo que el Señor nos dice, el Padre nos conoce tan íntimamente, que tiene contados hasta los cabellos de nuestra cabeza, siendo así…, ¿de qué manera me relaciono con el Señor?, ¿qué hago para vivir en comunión con el Padre, sabiendo que Él me conoce y me ama, que busca siempre mi bien y que dispone todo para mi bien?, ¿es Él el referente y el centro de toda mi vida?, ¿vivo por Él y para Él?, ¿busco en todo momento su voluntad y así vivir en un dependencia amorosa con Él?, ¿de qué manera?
3) ¿Busco vivir en la presencia de Dios?, ¿me esfuerzo para que mi vida sea expresión y realización de su voluntad, actualizando en mí aquello que el Señor Jesús nos ha dejado en los Evangelios?, ¿de qué manera?
4) El Señor exige de nosotros coherencia, testimonio, manifestando aquello que creemos, dando a conocer nuestra fe con nuestra vida y con nuestras actitudes, por eso Él nos dice que Él nos reconocerá delante del Padre si nosotros hemos dado testimonio de nuestra fe, pero que nos negará si nosotros lo hemos negado…, siendo así, ¿de qué manera estoy viviendo mi fe, qué hago para dar testimonio de lo que creo?, ¿soy de los que defiendo nuestra fe y busco dar razón de lo que creo, o soy de los cristianos Light (superficiales), que tienen su fe colgada de alfileres, y que contemporizo aquello que creo con la posición del mundo y de los que no creen?

El ejemplo de Edith Stein
Iluminó con su grito aquella noche de junio de 1921, cercano ya el amanecer, y cerró el libro. Se hallaba en Bergzabern, en casa de los Conrad-Mathius. La tarde anterior había bajado a la biblioteca, y, Dios sabe por qué razón, sus dedos, tras recorrer los lomos de cada fila de volúmenes, habían ido a pararse en la “Vida de Santa Teresa de Jesús”… ¿Qué hacía un libro como ése en la casa de un matrimonio luterano? ¿Por qué no había esperado a que sus anfitriones volvieran a casa, en lugar de perderse en semejante maraña de estantes? Dios sabe… Subió a su habitación, y se dispuso leer antes de caer dormida. Sin embargo, tras la primera media hora, el sueño se había batido en retirada. En su lugar, el entusiasmo la poseía por completo. Cada línea, cada palabra parecían ser un torrente de luz. Cielo y Tierra se abrían ante sus ojos a través de aquellas páginas, del mismo modo que se divisa un paisaje nuevo y sobrecogedor a través de una ventana recién abierta. Edith quería mirar, quería saber, quería ser iluminada hasta saciarse, hasta reventar de luz. No cedió hasta que hubo devorado la última página, y, entonces, con aquel “¡Aquí está la verdad!”, cayó rendida; por vez primera en muchos años, descansó. Era católica.
Nacida en el seno de una familia hebrea, Edith Stein perdió la fe cuando alcanzó la juventud. Insaciable buscadora de la verdad, se sumergió en las aguas de la fenomenología, recientemente alumbradas por Husserl. La filosofía volvió a dirigir su mirada hacia Dios, pero las ideas no tienen la densidad necesaria para tumbar a nadie.
Hacía falta algo más “pesado” que una idea para revolucionar la vida. Al fallecer su profesor, Adolf Reinach, la viuda de éste la llamó a su casa. Acudió temblorosa. ¿Cómo consolar a nadie, cuando no tenía un solo argumento? Y, cuando llegó a la puerta esperando encontrar a un ser humano desmoronado por la angustia, topó de bruces con una mujer serena, que sufría con la mirada puesta en el cielo y una inexplicable paz. Edith quedó conmovida… ¿Acaso Husserl podía explicar esa alegría pacífica que parecía venir de otro mundo a infiltrarse en las venas del alma? Había que volver a leer; ahora tenía la realidad, pero necesitaba la idea, la doctrina, el maestro que la explicase.
Años después, por fin, las páginas de un libro la habían situado ante el foco luminoso más grande que jamás había visto: La Cruz. Teresa de Ávila se lo había explicado a la perfección: la Cruz, la Cruz, la Cruz… ¡Allí estaba todo! Edith Stein durmió en paz, aquella noche, abrazada a la Cruz, para no separarse jamás de Ella. Al año siguiente recibiría el Bautismo; ingresaría en el Carmelo poco después; apresada en 1942 por las SS y deportada a Auschwitz, moriría el 9 de agosto en la cámara de gas. Y, en brazos de María, convertida ya en Sor Teresa Benedicta de la Cruz, quien en aquella noche de junio fuera seducida por el Madero Santo, murió de un abrazo; un abrazo que duró veintiún años porque ella, Edith Stein, no sabía vivir, ni buscar, ni amar, ni morir de otra forma, sino así: apasionadamente.

Tres ideas importantes para recordar de la lectura
1) El miedo no debe impedir que proclamemos el evangelio con todas sus exigencias.
2) Jesús promete que nunca estaremos solos cuando luchemos por hacer lo que es bueno y correcto.
3) Al final de nuestra vida seremos juzgados por la fidelidad a Jesús aún en los momentos difíciles.

Para nuestra reflexión personal y comunitaria
¿Qué me llama la atención de todo esto que el Señor nos dice en este pasaje?, ¿qué siento al escuchar lo que nos dice sobre el Padre?, ¿por qué?
¿Cuál es el sentido de la afirmación que nos hace el Señor cuando nos dice: “…no teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede echar el alma y el cuerpo al infierno…” (Mt 10,28)?, ¿a qué y a quien se refiere con eso?, ¿qué nos inculca con esto?, ¿por qué?
¿Qué pretende inculcarnos y qué busca cuando nos revela que: “…hasta los cabellos de sus cabezas están contados: ustedes valen más que muchos pajaritos…”(Mt 10,30-31)? A partir de esta afirmación, ¿cómo debe ser mi relación con el Padre y con los que nos rodean?
¿A qué nos compromete el pasaje donde nos dice que quien lo reconozca delante de la gente Él nos reconocerá delante del Padre y a quienes lo nieguen, Él los negará delante del Padre (Mt 10,32-33)?, ¿qué busca con esto?
De acuerdo a esto, ¿cuál debe ser nuestra actitud de fe, nuestro comportamiento y nuestro compromiso para manifestar nuestra fe?
¿Cuáles son los miedos que no me dejan compartir el mensaje del evangelio? ¿Las burlas, las críticas, la pérdida de un trabajo, el rechazo, etc.?
¿Me he comportado alguna vez inadecuadamente porque: “todo el mundo lo hace”, o, “nadie se va a enterar”?
¿Qué entendemos cuando afirmamos que la vida del misionero está en los brazos misericordiosos del Padre?
¿He sentido alguna vez el miedo ante una misión que se me confía? ¿Me he sentido impotente, sin ánimo?, ¿Cuál ha sido mi primera reacción?, ¿Rechazarla?, ¿Evitarla?, ¿Arriesgarme y confiar? ¿Qué papel jugó aquí mi relación con Jesús?
¿Todo lo que hago en mi casa, en mi trabajo o estudio, está sostenido por una profunda vida interior o simplemente lo hago con motivaciones puramente humanas y materiales?, ¿Cómo puedo ayudar a otros a tomar conciencia de que las cosas tienen valor cuando brotan del interior?
Oración Final
Con la alegría de saber que el Padre nos conoce y nos ama, pidámosle que cada vez más vivamos en comunión con Él, dejándonos inundar de su amor y de su misericordia. Señor Jesús, así como Tú has vivido siempre en la presencia del Padre, dejándote conducir por el Espíritu Santo, realizando en tu vida el proyecto de amor del Padre, y nos has dicho que tu alimento era hacer la voluntad del Padre, de la misma manera Señor, ayúdanos a que nosotros vivamos nuestro seguimiento a ti, con tus mismas actitudes, correspondiendo al amor del Padre, siendo testigos tuyos, manifestando en nuestra vida con todo lo que somos y todo lo que hacemos, que Tú eres el único fundamento y la razón fundamental de nuestra vida. Derrama Señor en nosotros tu Espíritu Santo, para que nos dejemos seducir por su presencia viva en nosotros, viviendo y actualizando la voluntad del Padre, así como Tú lo has hecho. Que así sea.
“Señor, tú me llamaste
para salvar al mundo ya cansado,
para amar a los hombres
que tú, Padre, me diste como hermanos.
Señor, me quieres para abolir las guerras,
y aliviar la miseria y el pecado;
hacer temblar las piedras
y ahuyentar a los lobos del rebaño”
(De la Liturgia de las Horas)

NO SE PUEDE MATAR EL ALMA
Se me acumula la ropa para la plancha. Con este calor no es una de mis aficiones favoritas. Normalmente le llevo la ropa a mi madre y me la devuelva limpia y planchada y con las rayas en su sitio, que a mí me salen rayas misteriosas imposibles de planchar). Como mis padres no son de la generación de Internet no hay problema en que lean este comentario, así que puedo presumir de ellos. Ahora mis padres están de vacaciones. La verdad es que podríamos decir que están fuera de Bogotá, pero vacaciones no lo llamaría yo. Este mes acompañan a unos tíos míos. Él tiene alzehimer y ya no habla y casi no se mueve, mi padre se encarga de él. Mi tía, que también es santa, puede dedicarse a pasear con mi madre, hablar de distintos temas, con tranquilidad y descansar algo más. Durante años mis padres se han dedicado a sus siete hijos, luego a sus madres y ahora cuidan de sus hermanas mayores y sus maridos. No recuerdo que estuviesen en estos últimos veinte años de vacaciones para ponerse moreno el ombligo. Pero ese testimonio siembran, y espero que recojan con abundancia: van perdiendo su vida por los demás y el Señor hará que la ganen.
En las lecturas de hoy Jacob prepara su muerte. La muerte puede parecer para muchos algo horrible. Cuánta gente se queja de Dios al encargar un funeral por sus seres queridos y tacha a Dios de malo, injusto y cruel. E incluso algunos se atreven a decidir quién debe y no debe morir: “Siempre se lleva a los buenos, cuando hay terroristas, delincuentes, drogadictos …,” cuando llegan aquí suelen seguir “desbarrando” y citan al noventa por ciento de las clases sociales, así no se salva nadie. Lo cierto es que los terroristas, delincuentes y todos nos moriremos, ninguno nos quedaremos aquí. La muerte del cuerpo es tan natural como el nacimiento, pero si nacemos sin nada –excepto el amor de Dios y de nuestros padres-, nos solemos ir de este mundo con el regalo de nuestra vida, que tendremos que presentar ante el Señor. El que quiera guardar su vida sabe que acomete una misión imposible. La vida no hay que intentar conservarla, sino gastarla. “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Cuando leo esta frase me acuerdo de los matrimonios jóvenes que no quieren tener hijos “de momento” pues no quieren perder su vida; a los que “aparcan” a sus mayores para no perder el tiempo cuidándolos. Por supuesto me acuerdo de los que les han quitado la vida física violentamente, y de los que viven con miedo a que los maten. Me acuerdo, y me dan lástima, de los que temen perder su fama, su dinero, sus amistades más que la vida física. Pues no saben por qué ni para quién viven. Cuando miramos la cruz nos damos cuenta de que la vida se puede dar, se puede gastar, pues “no pueden matar el alma.” “Por eso no tengáis miedo: no hay comparación entre vosotros y los gorriones”.
Vivir sin miedo. Si aprendiésemos de verdad a vivir sin miedo el mundo sería muy distinto. La cruz, por muy artística que sea, da miedo. Pero da miedo pues en ella están crucificados todos nuestros miedos: el rechazo a Dios y el desprecio a los hombres. Eso es lo único que debería darnos miedo, matar nuestra alma. Nadie puede matar nuestra alma, sólo nosotros podemos “suicidar” nuestra alma, perder nuestra vida, negar a Jesús ante los hombres e incluso ante nosotros mismos.
No me da el tiempo para más, tengo que ir a trabajar. Ponte delante del Sagrario, delante de la cruz, con María a su pie, firme, y pregúntale al Señor: ¿A qué debo tener miedo?. Seguro que la respuesta es bien clara: Sólo a lo que te aparte de mí. ¿mis padres están perdiendo su vida? Creo que están haciendo una buena inversión.

Referencias
Comentario Bíblico San Jerónimo
Fidel Oñoro, cjm
Padre Jesús Antonio Weisensee

Meditemos la Palabra Junio 13 de 2008 Click aquí para escuchar el audio

Comparto con ustedes la reflexión de la Palabra del día de hoy en la celebración eucarística.

P. Pablo Velazquez Abreu, cjm